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@abrosler abre La ley es la ley recordando a un personaje de Alejandro Dolina: el colorado De Felipe, aquel referí que “no solo evaluaba las jugadas para ver si sancionaba alguna infracción”, sino que “sopesaba también las condiciones morales de los jugadores involucrados, sus historias personales, sus merecimientos deportivos y espirituales”. Nunca iba a cobrarle un penal a un defensor decente y honrado, “ni aunque el hombre tomara la pelota con las dos manos”. Para Rosler, De Felipe es “un verdadero paradigma del interpretativismo” (Rosler, 2019: 14). Rosler ubica el interpretativismo en una familia más amplia, la de las teorías que subordinan “indefectiblemente la normatividad del derecho al razonamiento moral” (Rosler, 2019: 14-15). Su caracterización precisa la dejo para la sección IV. En 1989 De Felipe publicó un libro de ética en Dordrecht aunque firmaba como Mario Bunge. En el último volumen de su Treatise on Basic Philosophy, el que dedicó a la ética, Bunge propone el siguiente caso. Dos personas, A y B, cometen la misma falta. A es un graduado universitario con un buen empleo; B abandonó el secundario y no tiene trabajo. Sería injusto, dice, imponerles la misma pena: “A merece un castigo más severo que B”, porque A debería saber más y puede satisfacer sus necesidades sin violar la ley, mientras que B no (Bunge, 1989: 310).[1] Nueve años después, el mismo autor escribió que “una ley ideal está formulada de un modo tan claro y detallado que no requiere ‘interpretación’: clara non sunt interpretanda” (Bunge, 1998: 367). ¿Se contradijo Bunge en este punto? Mi respuesta es que no, o al menos no donde parece que puede haber una contradicción. El caso bajo análisis vale la pena porque muestra, con la nitidez de los ejemplos involuntarios, una distinción que Giovanni Tarello hizo hace ya más de medio siglo y que la discusión sobre la interpretación y el interpretativismo en la Argentina haría bien en recuperar: la distinción entre teorías de la interpretación e ideologías interpretativas.»
@ADCalzetta