"Qué grande era el cabrón", escribe usted, Don Harry, y "¡Qué grande es Don Harry!", escribo yo, con hartísima admiración.
"...mueble bar con una botella de Marie Brizard con campanilla y el tapón atascado por el azúcar".
Madre mía, ¡cuánta verdad al escribir!
¡Cuánta emoción!
Antes, la gente ponía en el salón una barra de bar, detalle finísimo de clase media con ínfulas, para darse su golpecito de Pippermint o tirar de Licor 43. Y parecía que de un momento a otro iba a llamar al timbre Florinda Chico o iba a cruzar el salón Arturo Fernández en batín. Y el dueño de la casa se ponía detrás de la barra como si fuera el barman de Chicote y te preparaba un Lubumba. O te ponía un Martini y te ponía una asituna con un palillo porque lo había visto en un anuncio en la tele. Era glamour de medio pelo, elegancia del todo a cien. En mi casa de niño no hubo nunca una barra de bar porque éramos tiesos de cuna. “Lo que faltaba ya, quitar el tresillo del salón pa convertirlo en una sala de fiestas”, decía mi padre mientras se pelaba una pera de agua. “Ay, hijo qué antiguo eres” le decía mi madre mientras espulgaba lentejas. Sinencambio había un mueble bar con una botella de Marie Brizard con campanilla y el tapón atascado por el azúcar. Y una caja de puros. Y una botella de Fundador. Y dos discos de Emilio el Moro, qué grande era el cabrón.