El 23 de septiembre de 1936, hace ya 90 años, fueron fusiladas por milicianos republicanos Sofía Ximénez Ximénez, su hijo Luis del Río Ximénez, minusválido psíquico, y dos religiosas de la misma familia: María de la Purificación de San José Ximénez, hermana de Sofía, y María Josefa del Río Mesa, hijastra suya. Dos generaciones de una misma familia, borradas en un solo fusilamiento.
El delito de Sofía Ximénez había sido acoger en su domicilio a religiosas perseguidas y acudir a las checas de Valencia a llevar alimentos a los secuestrados por los milicianos e interceder por su libertad. Fue una persona que trabajaba en su casa la que la delató.
Los milicianos irrumpieron en su domicilio y comenzaron a detener a cuantos encontraron dentro. Entre ellos estaba Luis, el hijo de Sofía, un hombre enfermo y con discapacidad psíquica que probablemente ni siquiera comprendía lo que ocurría a su alrededor. No hizo falta inventarle un cargo: bastó con que estuviera allí, junto a su madre, para que también a él lo subieran a la camioneta. Nadie sabe con certeza en qué momento se sumaron a la desgracia María de la Purificación, la hermana religiosa de Sofía, y María Josefa, su hijastra, también consagrada a la vida religiosa; solo que aquel día las cuatro vidas quedaron unidas por el mismo destino.
El trayecto terminó en el Picadero de Paterna, el descampado a las afueras de Valencia donde, entre agosto de 1936 y enero de 1937, se fusilaba a diario a cientos de personas llegadas de las checas de la capital. Allí, bajo el mismo cielo que había visto pasar a tantos otros condenados, los milicianos formaron el pelotón. Primero cayó Luis, el más indefenso de todos, incapaz de entender por qué le apuntaban. Después, casi sin pausa, cayeron su madre, su tía y su hermanastra. Cuentan quienes reconstruyeron después su historia que, mientras las conducían hacia la muerte, las tres mujeres iban rezando, dando gracias a Dios con la voz entrecortada, como si aquel último tramo de camino fuera ya, para ellas, el umbral del cielo.