ESTAMOS ANTE CUENTAS DE DIVULGACIÓN O ANTE UNA RED DE PROPAGACIÓN IDEOLÓGICA?
Quiero invitar a la comunidad de X a observar con atención un patrón que se repite en varias cuentas muy activas, entre ellas:
@EconomiaMises
@QuotesforGoal
@xestadominimo
No se trata de condenar ideas ni de pedir censura. Se trata de mirar el método.
Estas cuentas publican constantemente frases de Mises, Rothbard, Hayek, Hoppe, Rand, Friedman y otros autores vinculados al liberalismo y al libertarismo.
Hasta ahí, nada extraordinario.
Pero conviene detenerse en qué seleccionan.
No predominan explicaciones amplias sobre teoría de precios, cálculo económico, capital, productividad, competencia o formación empresarial.
Predominan las frases más agresivas contra:
el Estado, los impuestos, la regulación, las instituciones públicas y la autoridad política.
El formato se repite:
frase radical + nombre prestigioso + difusión masiva.
Y después, silencio.
Cuando aparecen respuestas cuestionando la frase, introduciendo contexto, señalando contradicciones o desarrollando objeciones, estas cuentas rara vez regresan a defender seriamente la tesis.
Vale la pena reflexionar sobre ese comportamiento.
La publicación parece haber cumplido su función con solo haber sido lanzada.
No importa demasiado que después veinte personas la refuten.
Mañana aparece otra.
Pasado mañana otra.
Y luego otra cuenta publica prácticamente la misma idea.
Detengámonos en lo que produce esa repetición:
familiaridad.
El lector encuentra una y otra vez mensajes como:
“El Estado es violencia.”
“Los impuestos son robo.”
“El gobierno es una organización criminal.”
“Toda regulación destruye libertad.”
“El mercado es voluntario; el Estado es coerción.”
Después de leerlo cien veces, una posición filosófica enormemente discutible puede empezar a parecer una verdad elemental.
Ese mecanismo merece atención.
No porque pruebe una conspiración, sino porque muestra cómo una idea puede instalarse mediante repetición constante y simplificación doctrinal.
Conviene mirar también otro detalle.
Autores muy diferentes terminan presentados como si todos defendieran exactamente la misma doctrina.
Hayek no era Rothbard.
Friedman no era Hoppe.
Reagan no era anarcocapitalista.
Thatcher tampoco.
Sin embargo, mediante una selección muy específica de frases, todos terminan incorporados a una misma narrativa:
Estado malo. Mercado bueno. Menos Estado equivale necesariamente a más libertad.
No aceptemos esa simplificación sin examinarla.
Una cosa es criticar al gobierno.
Otra es limitar constitucionalmente al poder público.
Y otra muy distinta es deslegitimar al Estado como institución.
Recordemos por qué existen constituciones, tribunales, separación de poderes, elecciones y controles ciudadanos:
precisamente porque el poder puede abusar.
Pero si se convence al ciudadano de que todo Estado es esencialmente criminal, parasitario o ilegítimo, ya no estamos hablando solamente de economía.
Estamos ante una doctrina política que puede terminar desacreditando la estructura institucional mediante la cual una sociedad organiza y ejerce su soberanía.
Y aquí conviene prestar especial atención a una asimetría:
su anticomunismo es explícito; su antiestatismo opera principalmente sobre el Estado liberal y capitalista que realmente existe.
No confundamos esto con afirmar que libertarios extremos y comunistas son lo mismo.
No lo son.
Pero sí debemos reflexionar sobre un posible resultado común:
desde posiciones completamente opuestas, ambos pueden terminar atacando la legitimidad del mismo Estado constitucional.