Parece que la universidad va de “dar clase” y muchos, particularmente nuestros gestores (lo que ya es el colmo de la ignorancia) menosprecian el valor de la investigación en ese contexto.
Que los profesores que dan clase sean (buenos) investigadores tiene un valor incalculable, en su potencial formador (trasmitiendo espíritu crítico, curiosidad, interés por la innovación), en su capacidad de conectar a los estudiantes con el mundo profesional, y en la capacitación técnica multidisciplinar y global, por ejemplo.
Por eso los profesores de universidad TIENEN QUE ser investigadores y además tener vocación por TRASMITIR y PROYECTAR esa investigación a los jóvenes.
Y esto aplicado a todos los jóvenes que pasan por aulas, laboratorios y bibliotecas. No solo los que en el futuro se dediquen a la academia o la ciencia.
Especialmente importante para trasmitirlo a las empresas, instituciones y estructuras de la sociedad donde se integrarán nuestros universitarios.
Y el binomio universidad-investigación, no nos equivoquemos, es crucial tanto para ciencias como para “letras” y humanidades. Resolver los problemas de todo tipo que tiene y tendrá la sociedad del futuro requerirá las capacidades y aptitudes que espíritu del investigador puede, y debe, trasmitir a los jóvenes que formamos en la universidad.
Lo que mejoraría es la calidad de la investigación, es decir, muchas de las salidas profesionales de esa formación de base. Eso repercutiría en la innovación y la productividad de todo el país. Pero podemos seguir invirtiendo en bares.