Necesitamos un cambio de raíz en nuestro sistema educativo.
La violencia que vemos en las manifestaciones de la izquierda radical en Francia, Italia, Chile y Argentina no es casual. En mi opinión, tiene una raíz ideológica común: el marxismo y su concepción de la sociedad como una lucha permanente entre opresores y oprimidos. Una de sus expresiones educativas es la pedagogía de Paulo Freire.
Freire reivindica explícitamente la rabia y la indignación como motores de la movilización política.
En Pedagogía de la autonomía (1996), afirma:
“Tengo derecho a estar enojado, a manifestarlo y a utilizarlo como fundamento motivador de mi lucha”.
En Pedagogía de la indignación (2000) profundiza esa concepción, mientras que en Pedagogía del oprimido presenta las relaciones sociales a través del conflicto entre opresores y oprimidos.
El problema es mucho más profundo que la economía: es psicológico, moral y cultural.
Una educación que fomenta sistemáticamente una identidad de víctima, enseña a interpretar las desigualdades como consecuencia de la opresión de otros y utiliza la indignación como instrumento de movilización termina alimentando el resentimiento, la frustración y la insatisfacción permanente.
En lugar de promover la responsabilidad individual, la superación personal y la cooperación, fomenta el antagonismo, la polarización y el conflicto, creando un terreno fértil para la violencia política.
No se puede construir una sociedad próspera educando a generaciones enteras en el resentimiento y la lucha de clases.
Necesitamos reemplazar el adoctrinamiento por una educación que cultive la libertad, la autonomía, la responsabilidad, la creatividad, el pensamiento crítico y el respeto por los demás.
La educación debe enseñar a los jóvenes a construir un futuro mejor, no a odiar el mundo que heredaron.