En Fuerte Guaicaipuro, una cárcel militar en los Valles del Tuy, la Misión documentó celdas construidas en pozos bajo tierra, donde los custodios, sobre todo de noche, rociaban a los detenidos con agua fría o directamente les orinaban encima. Comían solo dos o tres veces por semana. En algunos casos los obligaban a meter las manos en la letrina antes de comer, sin cubiertos, o les daban alimentos contaminados con heces. Y dentro de ese mismo penal había otro espacio, apodado “La Luciérnaga”, una celda pequeña con la luz encendida las 24 horas, donde mantenían a las personas desnudas, atadas en posiciones dolorosas, suspendidas, golpeadas con látigos y rociadas con agua helada de madrugada, expuestas además a insectos y roedores. (párrafos 349 y 350 del informe)
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