En la mañana del 2 de noviembre de 1975, un carpintero que salía de Roma con su familia encontró un cuerpo en un descampado de Ostia, junto a la playa. Estaba tan golpeado que costó reconocerlo: lo habían apaleado y después atropellado varias veces con su propio coche. Era Pier Paolo Pasolini, poeta, periodista y uno de los cineastas más importantes de Europa. Tenía 53 años, y hoy se cumplen 51 de su asesinato.
Pasolini era incómodo para casi todos. Comunista que discutía con el Partido Comunista, ateo que dirigió «El Evangelio según San Mateo», quizá la mejor película sobre Jesús jamás rodada, intelectual que defendía a los marginados y avisaba de que la televisión y el consumo iban a uniformar a la gente mucho más que cualquier policía. Detalle escalofriante: un debate que había grabado denunciando la censura no se emitió hasta el día después de su asesinato.
Aquella noche detuvieron a Pino Pelosi, un chico de 17 años, conduciendo el coche de Pasolini. Confesó el crimen y fue condenado. Pero en 2005, veintinueve años después, se retractó: dijo que habían sido tres personas «con acento del sur» y que insultaban a Pasolini llamándolo «comunista asqueroso». La policía reabrió el caso, luego lo cerró por falta de pruebas, y en 2023 se volvió a pedir su reapertura: las nuevas pistas apuntan a la Banda della Magliana, la mafia de Roma, con vínculos con la logia masónica P2 y la extrema derecha. Cincuenta y un años después, aún no sabemos quién mató a Pasolini.
Lo que más me gusta de él es que nunca buscó caer bien, sino decir lo que veía. En consulta pasa algo parecido: preferimos las mentiras amables a las verdades incómodas, y sin embargo son las segundas las que nos hacen libres. Los Pasolini molestan mientras viven y se echan de menos cuando se van.
¿Quién es hoy el incómodo que dice lo que nadie quiere oír?