Acabo de leer Deshumanizando al varón, de Daniel Jiménez (autoedición en Amazon, 2019). Este libro de 500 páginas, escrito en un estilo sobrio y riguroso, merecería ser publicado en una editorial de prestigio. Descubrí su existencia por la cuenta del psiquiatra Pablo Malo,
@pitiklinov. Me parece una obra totalmente imprescindible. A diferencia de otras que se limitan a criticar los excesos de la ideología de género, este va directamente a cuestionar el propio concepto de patriarcado, que incluso mucha gente que es crítica con el feminismo predominante sigue aceptando, al menos como esquema aplicable al pasado y a culturas no occidentales. Daniel Jiménez no niega obviamente la existencia de roles sexuales tradicionales, sino que la aisla de su interpretación neomarxista (aunque él no usa esta palabra), es decir, como una relación de opresores y oprimidos. Lo que sostiene Jiménez, con un uso acerado de la lógica y un notable acopio de datos, es la existencia de un reparto de funciones en el que el sexo femenino recibe una protección específica (asimilable a una "infantilización"), de la que no se beneficia el masculino, a cambio de conferir al varón un estatus superior, como detentador de la autoridad familiar y política. Sin entrar a valorar moralmente este reparto de roles, el autor sostiene que, lejos de ser una imposición de los hombres sobre las mujeres, ha beneficiado a ambos sexos y ha sido defendido por ambos. La principal crítica que se le puede hacer a este "arreglo" es que prioriza en exceso los intereses de la comunidad sobre el individuo, cuya libertad no debería estar constreñida por el rol asignado a su sexo biológico. Es aquí donde las diferencias entre culturas como la occidental y otras, particularmente la islámica, cobran especial relieve. El autor sin embargo no entra en este tema, y más bien tiende a achacar el discurso sobre el machismo de otras culturas a la xenofobia, en lo que a mi parecer incurre en una confusión. Cuando desde la llamada "extrema derecha" se critican los efectos de la inmigración masiva sobre los derechos de las mujeres, no dejan de señalarse hechos innegables, ya se interpreten perezosamente con un lenguaje feminista al uso o partiendo de la pura y simple defensa de los derechos individuales. Los cuales se ven doblemente amenazados por el hecho de que los códigos culturales que protegen a la mujer incluso en el islam no rigen para las "infieles", que se convierten en presas para la delincuencia importada. La otra crítica que haría el libro, ya puestos un poco puntillosos, es su propuesta, en el duodécimo y último capítulo, de una perspectiva masculinista para equilibrar el feminismo dentro de un igualitarismo integral. En mi opinión lo que sobran en nuestro mundo son ismos, incluso el propio igualitarismo, empeñado en igualar lo que de suyo es diferente. La igualdad que está en la base de nuestra cultura judeocristiana consiste en tratar con caridad y justicia a todos, independientemente de las diferencias de género, raza, clase, etc. El igualitarismo, por el contrario, tiende a posponer la fraternidad universal a una utópica uniformización que en sí misma ni siquiera es deseable, y que se convierte en pretexto para eternizar las injusticias cuando no para añadir otras nuevas, de cuño revanchista. Lo que sí podemos y debemos hacer es desmontar el discurso femimarxista que criminaliza al varón, y sin duda el libro de Daniel Jiménez ofrece una contribución inestimable, sobre todo en su primera parte, capítulos 1-5, en el capítulo 10, dedicado al sesgo mediático, y el 11, donde apunta lo que sería un enfoque despolitizado de la violencia de pareja. Ello sin desdeñar los capítulos 6 a 9, donde ofrece con cierto detalle las desventajas de ser varón en el mundo, principal víctima de la violencia legal e ilegal o bélica y otras lacras, lo que pone de relieve el carácter insostenible del concepto al uso de patriarcado. Recomiendo encarecidamente esta lectura.