Tras 18 días, toca despedirse de Argentina.
Argentina es un país increíble y que te atrapa desde que aterrizas el primer día en el aeropuerto de Ezeiza. Todas las personas que me he encontrado han sido amables, abiertas y con un espíritu de solidaridad que me llamó mucho la atención. Da igual la situación del país. Todos ponen su granito de arena para que te sientas como en casa.
Aquí la gente vive por y para el resto. El individualismo es prácticamente inexistente. Todos esos prejuicios que surgieron en las redes sociales (infundados), se desmontan en prácticamente milésimas de segundo una vez recorres sus calles y te cruzas con cualquier transeúnte que te ayuda de manera desinteresada.
El fútbol lo entienden como una religión. Una religión que permite que familias, trabajadores y gente de a pie se reúna cada fin de semana en el estadio de su equipo para brindar y para vibrar en las gradas. Es un ambiente muy distinto al europeo, pero mucho más cercano. Sus fragorosos estadios te embadurnan de pasión y de emoción.
Solo puedo decir que ojalá pueda volver pronto. Han sido 18 días cortísimos. Los países los hacen sus habitantes. Argentina rebosa carisma, honestidad y bondad. Te acogen como si fueras un hermano sin importar la procedencia.
Ojalá en unos años pueda volver a recorrer sus animadas calles, sus bares tan variopintos o volver a cruzarme con gente tan maravillosa y altruista.
Si tenéis la posibilidad de viajar a Argentina, hacedlo. Merece mucho la pena.
Ahora toca volver al fútbol francés. Hasta pronto!!