Lo que está ocurriendo en Francia no es una noticia, es el eterno un aviso. Y es el mismo aviso que llevan años dándonos Alemania, Bélgica y Reino Unido,… mientras aquí todavía hay quien finge no saber cómo acaba esto.
Lo sabemos perfectamente. Lo vemos en sus calles convertidas en territorio ajeno, en unas cifras de criminalidad que ya nadie se molesta en disimular, en una cohesión social que se deshace barrio a barrio y en unos Estados que han pasado de garantizar el orden a pedir perdón por intentarlo.
Esa Francia que decía tener más medios, más policía, más tradición republicana y más orgullo nacional que nosotros, y miren hacia donde se dirige. Pensar que España será la excepción ante el paradigma político actual hacerse trampas al solitario. Porque la inmigración ilegal y descontrolada, procedente de sociedades con valores radicalmente incompatibles con los nuestros, no es un fenómeno neutro que se arregle con buenas palabras y cursos de convivencia. Altera la demografía, rompe el tejido social y amenaza la continuidad de una civilización que costó siglos levantar y que hoy se dilapida ante legislaturas de buenismo, indolencia y connivencia con el enemigo.
Nadie nos preguntó. Nos han arrojado a esta situación quienes tenían el deber de evitarla y por eso la respuesta ya no admite medias tintas ni calendarios. No sirven los comunicados, ni los gestos para la foto, ni las promesas que caducan la noche electoral. Sirve el cumplimiento estricto de la Ley. Sirve el control real de las fronteras. Sirve la expulsión sistemática, sin excepciones y sin excusas, de todo el que delinque en nuestro suelo. Y sirve, por encima de todo, una voluntad política que no se arrodille ante la presión mediática ni tiemble cuando le llamen intolerante, porque el único miedo legítimo que debería tener un gobernante es el de fallar a su pueblo.
Los enemigos de Occidente son ya demasiados, están bien financiados y mejor organizados, mientras que la respuesta del Estado sigue siendo débil, titubeante y, demasiadas veces, deliberadamente insuficiente. Que nadie se engañe, quien sustituye la acción por el discurso no está gestionando un problema. Está administrando el declive. Y lo hace con nuestro dinero, sobre nuestras calles y a costa del futuro de nuestros hijos.
Francia ya ha cruzado la línea. A nosotros todavía nos queda un paso. Que nadie diga después que no estaba avisado.