La creciente complejidad de las relaciones de poder, que ya no está concentrado ni desciende unilateralmente sobre una masa de administrados, hace extremadamente difícil encontrar un marco moral preciso para la lucha política. Tal esquema solo puede presentarse con facilidad cuando la catástrofe ya está servida y existe un cauce institucional para esa enemistad: por ejemplo, la guerra. Solo el Estado o la Familia tienen esa capacidad para dotar de una justificación inequívoca la violencia perpetrada.
El individuo está solo frente al Estado: este ha sido el gran logro de la Revolución, y por eso la Revolución y la desobediencia se han integrado en el Estado. Porque el individuo solo puede protegerse integrándose en el Estado, aliándose con alguna facción depositaria de poder en el Estado. Y si desobedece, será revolución mediante o será aplastado.
Pero en la hipótesis "si Maricarmen se hubiera ido de vacaciones y su casa hubiera sido 'okupada', ella pasaría a ser una 'facha' que vive en El Retiro" hay algo más que una maliciosa ficción: la empatía siempre es arbitraria, y su distribución, cuando no viene dictada por el código moral que obliga a proteger al propio grupo frente a una agresión externa, siempre está ideológicamente dirigida. Digamos más: es disimulada Moral de Estado al servicio de una de las facciones oligárquicas que ocupan el Estado.
Sobre el TEMA de estos días, no hay mucho más que decir. Quizá me atrevería a contribuir con esto:
El problema de palabras como «poder», «élite», «sistema», «explotador» o incluso «capitalismo» no es que designen necesariamente entidades imaginarias, como los arcontes gnósticos, los Illuminati de Foucault's Pendulum o cualquiera de las organizaciones internacionales que aparecen en un episodio especialmente paranoico de The X-Files. Algunas de esas palabras describen fenómenos perfectamente reales, mensurables incluso, con departamentos jurídicos, cuentas corrientes, organigramas, consejos de administración, índices de Gini y gente que contesta correos electrónicos a las 23:47.
El poder existe. Lo que ocurre es que quizá se parece menos a Luis XIV sentado debajo de un baldaquino que a la red eléctrica de Red Eléctrica de España: una infraestructura desigual, parcialmente visible, llena de nodos, transformadores, redundancias y puntos de fallo, que circula por instituciones, dinero, reputación, legislación, credenciales académicas, apellidos, contactos de WhatsApp, algoritmos de recomendación, reglamentos internos, contraseñas de administrador y formularios PDF diseñados por alguien que abandonó la organización en 2014.
No está en todas partes con la misma intensidad ni pertenece de una vez y para siempre a quien parece poseerlo.
Un catedrático de universidad puede decidir, mediante una combinación de una firma, dos llamadas y un informe de ciento ochenta palabras, si un doctorando continuará dentro del sistema académico o será expulsado hacia esa región exterior donde la gente explica en LinkedIn que está «explorando nuevas oportunidades»; y ese mismo catedrático, cinco minutos más tarde, puede pasar cuarenta y tres minutos escuchando una versión comprimida de Für Elise mientras intenta convencer a una operadora de una compañía aérea de que su Samsonite cumple las dimensiones reglamentarias y de que, por tanto, no debería pagar setenta pavos del ala.
Las dos cosas son verdad al mismo tiempo.
Y eso resulta intelectualmente insatisfactorio porque la mente humana, que ha tolerado mal la complejidad desde bastante antes de que Fritz Lang construyera la ciudad vertical de Metropolis en 1927, prefiere que las fuerzas tengan cuerpo, entidad, cara de malo (con puro gordo o chirlo cruzando la ceja, según). Si EL PODER es una persona, una clase social, un consejo de administración o una habitación herméticamente cerrada donde seis hombres con trajes de lana fría deciden el precio del trigo y el destino de Bolivia, entonces podemos localizarlo. Podemos dibujar un círculo alrededor, como en los rituales satánicos. Podemos atribuirle frases. Podemos imaginar qué bebe. Sobre todo podemos odiarlo, una actividad que tiene la considerable ventaja cognitiva de convertir un sistema de causalidades recursivas en una narración con protagonista y antagonista.
Pero si el poder emerge de millones de relaciones parcialmente superpuestas (salarios, hipotecas, permisos, títulos universitarios, códigos postales, contratos temporales, reputaciones, herencias, amistades, miedo al despido, conocimiento técnico, capacidad de esperar seis meses sin cobrar) y si cada individuo que ejerce poder dentro de una de esas relaciones puede estar simultáneamente atrapado dentro de otras que no controla, entonces ocurre algo desagradable desde el punto de vista narrativo.
La película pierde al malo con cara de malo. Solo quedan la infraestructura, los incentivos, las jerarquías, los seres humanos haciendo cosas pequeñas porque en ese momento parecen razonables y las consecuencias acumulativas de todas esas cosas.
Queda algo más parecido a "The Wire" que a "Star Wars": nadie dispone del plano completo, casi todos creen comprender la parte que les corresponde y el sistema continúa funcionando con la serenidad de una máquina cuyo rasgo más inquietante es precisamente que no necesita que nadie esté sentado en su centro de mando.