Cuando rezamos por los difuntos, lo hacemos no solo por ellos, sino también con ellos, inmersos en una relación recíproca a la que el Espíritu Santo da vida en nuestros corazones. La Iglesia es un misterio de comunión entre Cristo, la Cabeza, y nosotros, sus miembros: de Él recibimos la vida. Esta comunión une a los espíritus bienaventurados que ya contemplan el Rostro de Dios y a todos aquellos que caminan hacia la meta luminosa.