Hay días en que el sol parece tener memoria. En una esquina cualquiera de Buenos Aires, mientras el ruido de la ciudad se confunde con las urgencias del tiempo, sentí que algo cambiaba. No era un discurso, ni una consigna: era una certeza caminando a mi lado.
@rlopezmurphy avanzaba con esa mezcla de serenidad y fuego que solo tienen los que creen de verdad. Y en ese paso compartido entendí que la esperanza también se contagia.
Hay gestos que dicen más que mil planes de gobierno. La forma en que mira, escucha y responde sin cinismo, como si aún fuera posible enderezar lo torcido sin perder la fe. Lo he visto desafiar la comodidad del poder, señalar lo que otros callan, hablar de eficiencia y justicia con la naturalidad de quien no busca aplausos, sino resultados. Y en cada palabra suya late la promesa de un país que podría levantarse si dejáramos de acostumbrarnos al derrumbe.
A veces lo escucho y pienso que el verdadero cambio empieza así: con alguien que no teme nombrar lo que duele, pero tampoco deja de soñar. Su defensa de la República no suena a consigna vieja, sino a juramento íntimo, como quien promete cuidar una llama que otros dan por extinguida. Habla de austeridad sin resentimiento, de libertad sin odio, de unión sin ingenuidad.
Caminando junto a él, siento que cada paso tiene peso. No el de la incertidumbre, sino el de una convicción que madura en silencio. Como si, entre tanto ruido, por fin se abriera paso una música nueva: la del trabajo, la decencia y la esperanza volviendo a encontrarse.
Y entonces, sin necesidad de decirlo, sonrío. Porque lo sé: algo se está moviendo. Y esta vez, va en la dirección correcta.