Hoy, 23 de septiembre, se cumplen 180 años del descubrimiento de Neptuno. Y su historia es fascinante, porque es un planeta que primero descubrimos con las matemáticas, después encontramos con un telescopio y, finalmente, visitamos con una nave espacial.
Dejad que os cuente...
A principios del siglo XIX, los astrónomos tenían un problema con Urano. Desde su descubrimiento en 1781, habían acumulado observaciones suficientes para calcular su órbita, pero había algo que no encajaba. El planeta no estaba exactamente donde los cálculos decían que debía estar.
Las diferencias eran pequeñas, pero persistentes. Así que surgió una pregunta fascinante, ¿y si la gravedad de otro planeta, todavía desconocido, estuviera alterando su trayectoria?
Dos matemáticos se pusieron a trabajar en esa posibilidad. John Couch Adams, en Inglaterra, y Urbain Le Verrier, en Francia. Normalmente, los astrónomos observaban un planeta y utilizaban las leyes de Newton para calcular su órbita. Esta vez tenían que hacer lo contrario: partir de las desviaciones de Urano para deducir dónde debía encontrarse el mundo que las provocaba.
Le Verrier consiguió calcular una posición y envió sus resultados a Johann Gottfried Galle, astrónomo del Observatorio de Berlín. Le pidió que apuntara su telescopio a una región muy concreta del cielo. Así lo hizo Galle.
La noche del 23 de septiembre de 1846, él y Heinrich Louis d’Arrest compararon lo que veían con sus cartas estelares. Allí había un objeto que no aparecía en ellas. Era Neptuno.
Se encontraba a menos de un grado de la posición predicha por Le Verrier. Habían encontrado un planeta desconocido sin necesidad de recorrer el cielo buscándolo a ciegas. Las perturbaciones gravitatorias que producía sobre Urano les habían indicado dónde mirar.
El descubrimiento se convirtió en uno de los grandes triunfos de la mecánica newtoniana, pero la historia tiene una vuelta de tuerca...
Más de dos siglos antes, en 1612 y 1613, Galileo ya había observado Neptuno mientras estudiaba Júpiter y sus satélites . Lo anotó en sus dibujos como si fuera una estrella y llegó a advertir que había cambiado de posición, pero no lo identificó como planeta.
Así que el primero en ver Neptuno fue Galileo... pero lo había visto sin saber qué era. Fueron las matemáticas las que permitieron, mucho después, descubrirlo de verdad. Aún así, todavía tendríamos que esperar casi un siglo y medio más para conocerlo de cerca.
El 25 de agosto de 1989, la sonda de la NASA Voyager 2 llegó a Neptuno tras un viaje de doce años por el sistema solar. Era la última gran escala de una misión que ya había visitado Júpiter, Saturno y Urano.
Hasta entonces, incluso con los mejores telescopios, Neptuno era poco más que un pequeño disco azulado. La Voyager 2 nos mostró por primera vez los detalles de aquel mundo situado a unos 4.500 millones de kilómetros del Sol.
Lo que encontró fue extraordinario. En su atmósfera fotografió enormes sistemas tormentosos, entre ellos la Gran Mancha Oscura, y detectó vientos que alcanzaban velocidades de más de 2.000 km/h. También permitió estudiar sus tenues anillos (sí, Neptuno también tiene anillos) y descubrió seis nuevas lunas cuya existencia hasta entonces desconocíamos.
Pero una de las mayores sorpresas estaba en Tritón, su luna más grande. La Voyager 2 pasó a unos 40.000 kilómetros de ella y fotografió una superficie helada con un aspecto sorprendente. Allí descubrió géiseres que expulsaban material oscuro a varios kilómetros de altura, una señal de que aquel pequeño mundo, a pesar de encontrarse tan lejos del Sol, no era geológicamente tan inerte como cabía imaginar. Las imágenes de Tritón se convirtieron en algunas de las más fascinantes de toda la misión.
Y hay algo que conviene recordar. Treinta y siete años después, la Voyager 2 sigue siendo la única nave espacial que ha visitado Neptuno. Todo lo que hemos observado desde entonces lo hemos hecho a distancia.
La historia de Neptuno abarca casi cuatro siglos de exploración. Galileo lo vio, pero no llegó a saber qué era; Le Verrier calculó dónde encontrarlo; Galle y d’Arrest confirmaron su existencia; y la Voyager 2 nos mostró, por fin, cómo es.