No habría fechas marcadas en el calendario. Ni semanas que giran en torno a ti. No habría vuelos buscados. Ni cambios de turno en el trabajo. Ni comidas familiares movidas de día. Ni amistades que existen solo por ti.
No habría cosquilleo en el estómago al despertar. Ni previas interminables. No habría nervios. Ni sobresaltos. Ni abrazos con desconocidos que terminan en el suelo. Ni un “cómo lo estaría disfrutando él si estuviese aquí”. Ni noches sin dormir contando las horas.
Tampoco habría enfados. Ni decepciones. Ni maldiciones. Ni silencios en el camino de vuelta a casa. Ni noches sin dormir repasando lo que pudo ser. Ni juramentos de no volver… para estar ahí la semana siguiente como si fuera la primera vez.
No habría destino. Ni rumbo. Ni ilusión.
Lo que sí habría serían días más planos. Más previsibles. Más grises.
Habría vida, sí. Pero más aburrida. Menos feliz.
Sin ti, Betis, la vida sería menos vida.