Era habitual, cuenta mi amigo, que el mandatario se “escapara” del personal de la Casa Militar con la misma naturalidad con que uno se escapa del dentista. Un día desapareció en Europa y el canciller de entonces tuvo que inventar explicaciones. En Cartagena la técnica era más artesanal: salía por una puerta lateral, subía a un carro particular que operaba como transporte individual a través de plataformas digitales con conductor sudoroso, aire acondicionado a media potencia y música champeta a bajo volumen, para regresar en estado de embriaguez avanzada, olor a ron barato y decisiones peores.
Una de esas noches el vehículo llegó casi al amanecer. El presidente bajó tambaleante. Hubo que pagarle al conductor. No solo el viaje: también el silencio. Personal de la Casa Militar tomó nombre, dirección, números de familiares cercanos y una foto discreta del documento. “Por si acaso se le ocurre hablar”, murmuró alguien. El conductor asintió con la cabeza como quien firma un contrato con la muerte y se fue. Nunca más se supo de él. O al menos eso dijo el Capitán mientras removía el tinto con la cucharita.
Otra noche la fiesta fue “brava”, palabra que en boca de un militar significa que la música estaba demasiado alta, que la lista de invitados incluía gente de risa fácil, travestis de paso firme y mujeres de vida alegre que no figuraban en ningún protocolo. En el frenesí de la madrugada, a uno de los comensales, nadie recuerda si era amigo, asesor o simple sobreviviente de la noche; se le ocurrió apagar el cigarrillo sobre el lienzo de una obra que adornaba el salón. El cuadro chisporroteó un segundo, como si protestara y quedó con un agujero circular negro, una firma accidental del poder. Nadie respondió. Nadie levantó acta. Al día siguiente el cuadro seguía allí, quemado y silencioso, como un testigo al que nadie le cree.
Desaparecieron también varios elementos de valor histórico: candelabros, pequeños objetos de plata, piezas que habían sobrevivido a gobiernos anteriores. El personal de mantenimiento y seguridad empezó a perder el sueño. Hasta que llegó el alivio inesperado: la Primera Dama. Según el relato de mi amigo, ella no tenía el menor gusto por “esas cosas viejas y tristes”. Un día dio la orden clara: recojan todo lo histórico y pongan algo moderno, algo de amigos, algo que se vea vivo. Llegaron entonces objetos de diseño dudoso, colores chillones y un estilo que el Capitán describió como “chabacano con pretensiones”. El personal respiró. Ya no había patrimonio que cuidar. Solo había decoración de temporada.
- Y lo más jodido, me dijo el Capitán mientras pagaba el tinto porque él gana un salario mejor que el mío, es que cuando Darcy empezó a preguntar por el Cóndor y por la Monja de Botero en Bogotá, nosotros en Cartagena ya sabíamos que el verdadero saqueo no siempre se lleva los cuadros. A veces se lleva la dignidad del lugar y la deja tirada en el piso, junto al filtro del cigarrillo.
Salimos del café. La lluvia seguía fina. Él se metió en un carro oficial y desapareció entre el tráfico de Bogotá como quien vuelve a su puesto. Yo me quedé con la historia, la volví ficción y la firmo aquí, porque en este país hasta los cuentos necesitan firma para que alguien los lea.
@JCaicedo6
Fácil corroborar.
Cc
@infopresidencia