Hoy se cumplen veinte años de la muerte de Oriana Fallaci, una mujer valiente que contribuyó a la defensa de Occidente y a la liberación mental frente a ese mainstream modelador del lenguaje y de las doctrinas que deben imperar socialmente. Ella misma denunció ese mecanismo con precisión: «Si eres occidental y dices que tu civilización es una civilización superior, la más evolucionada que haya producido este planeta, vas a la hoguera. Pero si eres un hijo de Alá o un colaboracionista suyo y dices que el Islam siempre ha sido una civilización superior, un faro de luz, y si según las enseñanzas del Corán añades que los cristianos hieden como las cabras y los cerdos y los monos y los camellos, nadie te toca. Nadie te denuncia. Nadie te procesa. Nadie te condena.»
Su figura es una historia en sí, llena de momentos que constituyeron y reforzaron su carácter indómito, desde niña en la Resistencia italiana bajo el nombre de guerra «Emilia», hasta convertirse en la entrevistadora que hizo temblar a Kissinger, Arafat o Jomeini.
La lectura de sus libros - especialmente La rabia y el orgullo y La fuerza de la razón - está llena de actualidad y hace de ella una profeta de los males que aquejan nuestras sociedades como consecuencia de políticas que se fueron abriendo camino sigilosamente. Lo explicó con la lucidez de quien ya lo había entendido todo: «En definitiva no entendí que lejos de ser un normal flujo migratorio el fenómeno formaba parte de una estrategia bien precisa, de un diseño basado en la penetración gradual y no en la agresión brutal y directa contra todos los perros infieles del planeta.» Y describió cómo se ganan guerras sin hacer uso de las armas: «La guerra que se hace robando un país a sus ciudadanos. Paso a paso, precisamente, milímetro a milímetro. Año tras año, década tras década.»
En esas mismas páginas encontramos frases que describieron un tiempo en el que empezaban a desvelarse las terribles consecuencias del buenismo, siempre acompañado de entramados financieros y ganancias para sus promotores. Lo dejó escrito sin ninguna concesión: «Esta Iglesia Católica que, con el pretexto del ‘querámonos-bien’, no se limita a ejercer la Industria de la Beneficencia (…), es decir la industria gracias a la cual a los inmigrados musulmanes los recibe cuando desembarcan, los esconde en sus albergues, les procura asilo político y subsidios estatales, amén de bloquear sus expulsiones u obstaculizarlas. En Francia, por ejemplo, les cede incluso los conventos y las iglesias. Les construye incluso las mezquitas.»
Y sin embargo, la misma mujer que criticó a la jerarquía católica por su ceguera ante el islam nunca dejó de reconocer la civilización que la había formado. Se definía «atea cristiana», y «tan impregnada de la cultura católica que forma parte incluso de mi forma de expresarme.» Esa impregnación, ese reconocimiento en lo católico, la llevó, meses antes de morir, a mantener un encuentro privado con el cardenal Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI, en quien reconocía a un aliado intelectual en la defensa de las raíces de Occidente.
Veinte años después, una de sus denuncias y sus grandes preguntas sigue sin respuesta: «¿Qué clase de democracia es una democracia que vela el disenso, lo castiga, lo transforma en delito? ¿Qué clase de democracia es una democracia que en vez de escuchar a los ciudadanos los silencia, los entrega al enemigo, los deja abandonados ante los abusos y la prepotencia? ¿Qué tipo de democracia es una democracia que favorece a la teocracia, restablece el concepto de herejía, tortura y manda a la hoguera a sus hijos? ¡¿Qué tipo de democracia es una democracia en la que la minoría cuenta más que la mayoría y, en contra de la mayoría, tiraniza y chantajea?!»