El principal problema de España, para mí, es que la llamada derecha todavía castiga a sus dirigentes. La izquierda más sectaria les justifica cualquier cosa.
Ciudadanos creció, entre otras cosas, porque muchos votantes del PP se sintieron traicionados por Rajoy y buscaron otra opción. El voto no era propiedad del partido.
Con Sánchez parece funcionar al revés: primero cambia la posición del líder y después sus defensores fabrican la explicación.
Los pactos con independentistas que antes rechazaban pasan a ser imprescindibles. Tragan.
El Gobierno rechazaba la amnistía. Después Sánchez necesitó los apoyos de quienes la exigían y pasó a defenderla. Tragan.
Y si mañana una medida alterase el censo, ¿también encontrarían una excusa?
Cuanto más se encierran en el sectarismo, menos preguntas hacen. Basta con señalar al rival para que cualquier contradicción quede perdonada.
¿Formó gobierno legalmente? Por supuesto. Eso no convierte cada pacto en intocable ni obliga a aplaudirlo.
Defiendo una reforma para que los escaños reflejen mejor el porcentaje de voto en toda España. Y quiero que PP y PSOE expliquen por qué no la convierten en una prioridad.
En demasiados debates televisivos veo la misma descompensación: uno defendiendo lo que ese día toque justificar desde Ferraz; enfrente, otro explicando que las reglas deberían ser iguales para todos.
Uno cambia de criterio según lo que necesita su jefe. El otro sigue discutiendo como si el criterio fuera compartido.
Una derecha que quisiera disputarles el poder de verdad tendría que disputarles también el relato, exigir responsabilidades y dejar de aceptar el marco que le preparan.
A mí, esa obediencia de proteger al jefe y señalar al que pregunta me parece una mentalidad mafiosa.
Dejen de comprarle el relato al lobo. Miren al rebaño. Protéjanlo.