Si diriges una organización y nadie te informa de los problemas, o solo te enteras cuando ya son demasiado grandes para ocultarlos y demasiado tarde para corregirlos, quizá el problema seas tú.
Plutarco cuenta que, cuando el rey armenio Tigranes recibió la noticia de que el ejército romano de Lúculo se acercaba, mandó decapitar al mensajero.
El resultado fue bastante previsible. Nadie más se atrevió a informarle y Tigranes permaneció tranquilo, escuchando a sus aduladores, mientras la guerra ya ardía a su alrededor.
Dos mil años después no solemos cortar cabezas, pero seguimos castigando a quien trae malas noticias. Lo apartamos, cuestionamos sus intenciones o lo convertimos en "una persona conflictiva".
En psicología esto se relaciona con el efecto MUM, estudiado por Rosen y Tesser. Tendemos a retrasar, suavizar o delegar la comunicación de información desagradable porque anticipamos incomodidad, rechazo o el riesgo de quedar asociados al problema.
En una empresa, cada escalón de la jerarquía puede quitarle un poco de gravedad al mensaje. Cuando llega al despacho, una avería seria ya se ha convertido en una "incidencia controlada". Después, el jefe pregunta por qué nadie le avisó antes.
La seguridad psicológica no se demuestra diciendo que todos pueden hablar, sino observando qué ocurre con el primero que dice algo que el poder no quiere escuchar.
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