LA LUCHA DEL CAMPO VENEZOLANO: SIN CAMPESINOS NO HAY SOBERANÍA ALIMENTARIA
Hay una Venezuela de la que casi nadie habla: la Venezuela del campesino. La del hombre y la mujer que se levantan antes de que salga el sol, trabajan la tierra, guardan semillas para la próxima cosecha y arriesgan su patrimonio familiar para producir alimentos.
Y hoy tenemos que decirlo con claridad: el campo venezolano está en peligro.
El pequeño productor enfrenta graves retos: combustible insuficiente o difícil de conseguir, maquinaria deteriorada, falta de financiamiento oportuno, costos crecientes de semillas, fertilizantes, repuestos y transporte. Y cuándo finalmente logra cosechar, comienza otra batalla: colocar su producción en el mercado en condiciones justas.
Porque producir no termina cuando se recoge la cosecha. Después vienen el transporte, almacenamiento, intermediación y comercialización. En cada eslabón, el campesino pierde una parte importante del valor de su trabajo.
Entonces aparece una paradoja: quién produce recibe poco, mientras el consumidor paga cada vez más. ¿Dónde queda la diferencia?
Esta pregunta no puede ser ignorada.
Porque el problema del campo venezolano no es solamente agrícola. También es un problema de poder.
¿Quién tiene acceso al combustible? ¿Quién obtiene financiamiento? ¿Quién puede importar? ¿Quién controla la distribución y el almacenamiento? ¿Quién fija las condiciones de compra? ¿Y quién termina asumiendo el riesgo?
Y no se trata de eliminar la agroindustria. La agricultura empresarial y la agricultura campesina pueden coexistir. Pero necesitan reglas claras, competencia efectiva y condiciones equitativas para producir.
La tierra tampoco es simplemente un activo económico. Para una familia campesina significa trabajo, alimento, cultura, arraigo y conocimiento transmitido entre generaciones.
Una nación que expulsa a sus productores primarios termina dependiendo cada vez más de quiénes controlan las cadenas de abastecimiento. Y éso compromete no sólo la economía, sino también la soberanía nacional.
Soberanía alimentaria no significa producir absolutamente todo. Significa tener capacidad nacional para garantizar alimentos y proteger a quiénes los producen.
Por éso no hablamos de caridad. Hablamos de políticas públicas: combustible agrícola accesible y transparente; crédito productivo; vialidad rural; riego; almacenamiento; asistencia técnica; mercados transparentes, bancos de semillas y mecanismos contra la intermediación abusiva.
Y, sobre todo, seguridad jurídica para quién trabaja y produce dentro de la ley.
Pero necesitamos también transparencia: saber quién recibe financiamiento, quién importa, quién distribuye y bajo qué condiciones.
Porque la desigualdad en el campo no se resuelve cambiando discursos.
Se resuelve cambiando las reglas que producen desigualdad.
Defender al campesino venezolano no es mirar al pasado.
Es defender el futuro alimentario, económico y soberano de Venezuela.
MADM