La guerra de Milei con los periodistas puso al descubierto al elefante que teníamos escondido en la habitación durante décadas:
Sabíamos que la mayoría de periodistas mentían.
Sabíamos que los periodistas eran agentes políticos con sus propios intereses.
Sabíamos desde hacía décadas que el periodismo había dejado de ser imparcial.
Sabíamos todo eso.
Y, sin embargo, lo permitimos, e incluso lo normalizamos.
Durante años aceptamos que los periodistas pudieran presentar opiniones políticas como si fueran hechos objetivos, construir relatos, seleccionar qué debía informarse y qué debía pasar desapercibido.
El problema no es que un periodista tenga una ideología. Es inevitable que las personas tengan ideas políticas.
El problema es cuando esas ideas dejan de reconocerse como tales y se presentan como información.
Y Milei, en una jugada política realmente muy arriesgada, decidió confrontarlos abiertamente y sin ningún tipo de tapujos.
No intentó quedar bien con ellos, no buscó su aprobación ni trató de suavizar el trato.
Los señaló, los cuestionó y desnudó frente a todos la indecencia de la prensa argentina.
Es decir, hizo lo que debió hacerse desde hace mucho tiempo, pero que nadie había tenido el valor de hacer hasta ahora.
FIN.