En Mayo del 68 la población inmigrante en Francia era menor y de origen principalmente europeo.
Eso no impidió que también hubiera graves disturbios, incendios y saqueos.
La inmigración, por tanto, no es condición necesaria para la violencia urbana.
Cuidado con los prejuicios.
La violencia que se ve en Francia, Italia y otras partes de Europa no es casual. Hay un patrón claro: se ha metido mucha gente de países con culturas y valores muy distintos, sin exigir que se adapten, y al mismo tiempo una parte de la izquierda radical ha tratado de silenciar cualquier crítica con el argumento de que es racismo.
Los números oficiales lo muestran. En Italia, por ejemplo, los extranjeros son menos del 10% de la población, pero representan más de un tercio de los denunciados por delitos. En Suecia y Alemania pasa algo parecido con ciertos grupos. Cuando hay protestas, como las de ahora en Francia, se mezclan extremistas de izquierda que quieren reventarlo todo con delincuentes de las barriadas que aprovechan el caos para saquear.
Esto no se puede parar solo con discursos. Se frena con tres cosas concretas: deportar rápido a quien comete delitos graves, frenar la llegada masiva de gente que no se puede integrar, y dejar de tratar como tabú hablar de diferencias culturales. Si no se hace eso, la violencia no va a bajar; se va a normalizar.