Hay chavales que antes de conseguir su primer contrato ya han aprendido a organizar una acampada, enfrentarse a un desahucio y esquivar una carga policial.
De Madrid a París, de Oporto a Roma, una generación está descubriendo que estudiar y trabajar ya ni siquiera garantiza una vida digna. Y sus gobernantes, en lugar de preguntarse qué cojones han hecho con su futuro, mandan antidisturbios.
Después se sorprenden cuando las calles empiezan a arder.