Señor Canciller
@MinPerezMac
Estimado Ministro:
El problema del Escudo de las Américas ya no es sólo lo que Chile aceptó, sino cómo usted ha intentado explicarlo.
Ante la Cámara declaró: “Para firmar se necesita un papel y un lápiz. En este caso no hubo firma”. Y de esa ausencia concluyó que estamos ante una declaración política no vinculante.
La frase sería pintoresca en una sobremesa, pero en boca del canciller de Chile, resulta bastante menos.
Porque el derecho internacional no funciona como la recepción de un refrigerador: la existencia de efectos jurídicos no depende simplemente de que alguien encuentre un papel, saque un lápiz y estampe una rúbrica.
La Corte Internacional de Justicia lo estableció hace décadas. Una declaración de un Estado puede producir obligaciones cuando existe intención de obligarse; incluso ha señalado que, respecto de ciertos actos unilaterales, que la manifestación sea oral o escrita no constituye una diferencia esencial. La discusión jurídica seria no es si apareció un lápiz sobre una mesa, sino: (1) cuál fue la voluntad manifestada por Chile, (2) cuál es el contenido de la declaración y (3) qué consecuencias puede producir.
Eso no significa que el Escudo sea automáticamente un tratado ni vinculante. Pero reducir la discusión a la existencia física de papel y lápiz resulta muy precario para una Cancillería.
Aquí aparece el segundo problema.
El Gobierno presentó inicialmente el Escudo bajo el amable envoltorio del combate al narcotráfico y al crimen organizado. Sin embargo, el documento contiene bastante más: revisión de inversiones, cadenas de suministro de minerales críticos, abastecimiento mediante fuentes “diversificadas y confiables”, infraestructura digital y coordinación multilateral.
Es decir, cobre, litio y otros recursos estratégicos; inversión extranjera; tecnología y alineamiento geoeconómico.
Demasiado equipaje para describirlo como una sencilla coordinación contra narcotraficantes.
Estados Unidos tiene derecho a defender sus intereses estratégicos. Chile también. La pregunta es si nuestra adhesión preserva esa autonomía, especialmente cuando China representa cerca del 40% de nuestro comercio exterior, cifra que usted mismo mencionó ante la Cámara. Le recuerdo que Estados Unidos no llega al 17%.
Además usted conocía las objeciones. Hubo consultas con excancilleres y advertencias sobre las implicancias de incorporar a Chile a una arquitectura hemisférica promovida por Washington. Sabía que aquello iba bastante más allá que perseguir carteles de la droga.
Por eso resulta insuficiente refugiarse en si Chile “firmó”, “adhirió” o “declaró su intención”.
En relaciones internacionales las palabras importan porque expresan posiciones de los Estados.
El propio texto publicado por Estados Unidos señala que los participantes “declaramos conjuntamente nuestra intención” de realizar determinadas acciones. Chile aparece entre esos países.
Entonces discutamos lo importante: qué intención manifestó Chile, qué alcance político posee, qué efectos jurídicos podría producir y hasta dónde condicionará futuras decisiones sobre inversiones, minerales críticos, proveedores tecnológicos y relaciones comerciales.
Responder esas preguntas requiere derecho internacional, diplomacia y estrategia. El lápiz es lo de menos.
Señor Pérez, usted ha insistido en que el Escudo no es un tratado y no genera obligaciones vinculantes. Esa posición puede intentar argumentarse jurídicamente. Lo difícil de defender es que la razón sea simplemente que nadie tomó un lápiz para firmar un papel.
Los Estados también pueden comprometerse mediante actos y declaraciones cuando concurre la intención jurídica correspondiente.
Quizás el problema no sea que faltaron papel y lápiz. Quizás el problema sea que sobró obediencia y sumisión.
Y mientras usted discute cómo llamar al acto, permanece intacta la pregunta que realmente importa.
No dónde estaba el lápiz.
Sino, qué comprometió Chile.
Atte.,
@MisColumnas