En momentos como este, nos sumamos a este llamado a respetar la dignidad de las personas, evitar la especulación y exigir justicia. Reiteramos nuestra solidaridad con sus familiares, amistades y colegas, a quienes ofrecemos todo nuestro respaldo y acompañamiento.
1. Difundir detalles innecesarios sobre un crimen no contribuye a la exigencia de justicia; por el contrario, suele desplazar la conversación de lo verdaderamente importante. Lo hemos visto muchas veces. Más aún, buena parte de lo que ha circulado sobre las circunstancias de la muerte proviene de notas periodísticas elaboradas bajo lógicas propias de selección y jerarquización informativa. En otras palabras, se están construyendo narrativas sobre hechos que aún no han sido plenamente esclarecidos.
2. Las víctimas y sus familias exigen justicia, no la exposición pública de aspectos íntimos de su vida privada. Si alguien tuviera el derecho de decidir qué elementos personales compartir, serían ellas mismas en vida. Convertir la crudeza de un hecho en materia prima para la indignación digital es una práctica que corre el riesgo de revictimizar.
3. Y ocurrió algo previsible. La conversación en redes dejó de centrarse en la memoria de la persona y en la exigencia de justicia para desplazarse hacia una disputa sobre quién posee la supuesta autoridad moral para hablar del caso. El foco se movió del daño sufrido por la víctima a la confrontación entre posiciones enfrentadas.
4. Al menos el medio de comunicación que publicó originalmente la información pareció reconocer el dilema ético detrás de este tratamiento informativo: corrigió una de sus notas y eliminó la otra por completo.
5. Exigir que las autoridades investiguen y actúen no requiere desmantelar la privacidad, la dignidad ni el recuerdo de nadie. Justicia y respeto no son principios incompatibles.