Imaginad que lleváis a vuestro hijo a urgencias y, al salir, os entregan una factura.
Que llamáis a los bomberos porque vuestra casa está ardiendo y, antes de marcharse, os pasan otra.
Que vuestra madre necesita cuidados y asistencia a domicilio y os dicen que tenéis que pagarlo todo de vuestro bolsillo.
O que cada mañana, para ir a trabajar, os pasan la factura de las carreteras que utilizáis y las farolas que iluminan vuestra calle.
Pues bien, esas facturas existen. Porque los hospitales cuestan dinero. Los bomberos cuestan dinero. Los cuidados cuestan dinero. Y mantener nuestras calles también cuesta dinero. La diferencia es que hemos decidido pagar esas facturas entre todos, a través de nuestros impuestos, para que la salud o la seguridad no dependan del dinero que tenemos en el banco.
Por eso, cuando PP y Vox prometen bajar impuestos a lo loco, yo les haría una pregunta muy sencilla: ¿Qué parte de esa factura vamos a dejar de pagar entre todos?
Porque lo que dejamos de pagar colectivamente terminaremos pagándolo individualmente.
Y aquí reside la diferencia entre los modelos de bienestar europeos y la motosierra de Milei que ansía la derecha española. En los primeros recibes atención sanitaria si lo necesitas; en el segundo la recibes si puedes pagar la factura.
La próxima vez que alguien os prometa pagar menos impuestos, preguntadle cuánto más vais a tener que pagar por vivir. Porque esa es la factura de la que nunca nos hablan.