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¿Cuánta agua estamos dispuestos a gastar a cambio de avanzar?
Estos días vuelve con fuerza el debate sobre el consumo de agua de la Inteligencia Artificial.
Sam Altman, CEO de OpenAI, ha intentado ponerlo en perspectiva con una comparación muy llamativa: una sola almendra puede necesitar para más agua que miles de consultas a ChatGPT.
Algunos titulares han llevado esa comparación hasta aproximadamente 38.000 consultas.
Y hay una parte de verdad detrás del argumento.
Altman aseguró anteriormente que una consulta media de ChatGPT consume aproximadamente 0,32 ml de agua. Es una cantidad minúscula vista de forma individual.
Pero esa cifra necesita contexto.
OpenAI no ha publicado una metodología suficientemente detallada que permita saber exactamente qué incluye ese cálculo.
Un estudio de Google sobre el impacto ambiental de la IA señala precisamente que, sin conocer los límites de la medición, resulta difícil compararlo con otras estimaciones.
Porque la IA no consume recursos únicamente cuando nosotros escribimos un prompt.
Hay centros de datos que refrigerar, electricidad que producir, modelos que entrenar durante semanas o meses y chips que fabricar utilizando procesos industriales que también requieren agua.
Y después aparece el verdadero problema:
la escala.
0,32 ml pueden parecer irrelevantes.
Multiplicados por miles de millones de consultas, modelos cada vez mayores y una infraestructura mundial creciendo a una velocidad enorme, dejan de serlo.
De hecho, el propio Altman reconoce que la preocupación razonable está más en el consumo energético total provocado por la expansión de la IA que en lo que consume individualmente una consulta.
Pero aquí creo que estamos olvidando otra parte de la discusión:
¿Qué obtenemos a cambio de esos recursos?
La humanidad siempre ha utilizado recursos para progresar.
Petróleo. Gas. Minerales. Electricidad. Agua.
La industrialización tuvo un coste. Internet tiene un coste. Fabricar nuestros teléfonos tiene un coste. Transportar alimentos por medio planeta también.
La pregunta no puede ser simplemente si una tecnología consume recursos.
La pregunta debería ser si el valor que genera justifica ese consumo y si podemos hacerlo cada vez de forma más eficiente.
Imaginemos sistemas quirúrgicos asistidos por IA capaces de detectar algo que un médico no ha visto, anticipar una complicación o realizar movimientos con una precisión extraordinaria.
Una IA que ayude a descubrir medicamentos en una fracción del tiempo que se necesita actualmente.
Que detecte antes un cáncer.
Que optimice una red eléctrica.
Que encuentre fugas de agua.
Que prediga incendios.
Que diseñe materiales más eficientes.
Entonces el debate se vuelve bastante más complejo.
Porque consumir agua y electricidad para producir millones de vídeos absurdos no tiene necesariamente el mismo valor que utilizarlos para desarrollar una tecnología que pueda salvar vidas.
Y tampoco debemos caer en el extremo contrario: que una tecnología tenga enormes beneficios potenciales no significa que su consumo de recursos deba ignorarse.
Hay que exigir transparencia, centros de datos más eficientes, mejores sistemas de refrigeración, energía más limpia y evitar instalaciones intensivas en agua allí donde esta sea escasa.
Pero quizá el objetivo no debería ser frenar la innovación.
Debería ser conseguir que la innovación produzca cada vez más con cada vez menos.
Y existe incluso una paradoja interesante:
la misma Inteligencia Artificial que hoy criticamos por consumir agua podría ayudarnos mañana a ahorrar cantidades muchísimo mayores.
Quizá el problema nunca fue cuánto consume la tecnología, sino cuánto valor somos capaces de crear con lo que consume.