Algo ha cambiado:
Hasta hace unos días, a muchas personas progresistas les aterrorizaba que el PSOE pudiese desplomarse. Parecía el último dique de contención frente a los bárbaros incluso para quienes cohabitan con él en el Gobierno.
Pero el desahució de Maricarmen, las movilizaciones y la nueva acampada van a ser la puntilla para el PSOE si sigue con su tibieza. La gente no se está manifestando para acabar con un gobierno progresista. Se está manifestando para que el gobierno sea, de verdad, progresista.
Y los que parece que, por fin, empiezan a espabilar son los partidos de la izquierda alternativa. Si saben acompañar y potenciar lo que está pasando en la calle, pueden empezar a cambiar la dinámica desoladora en la que se encontraban. Tienen una ocasión de oro para reivindicar su papel y su valor.
Lo que está sucediendo no va a evitar -y no va de evitar- un hipotético gobierno de la derecha. Va de algo más importante: de reconstruir un tejido social que estaba muerto. De politizar a la siguiente generación, que tiene que liderar la salida del ciclo reaccionario.
Hay esperanza. Hay futuro.