Otra chica llevaba mi tatuaje.
Mismo dibujo, mismos detalles y prácticamente en el mismo sitio donde yo iba a hacérmelo.
Le escribí bastante cabreada.
—Si has utilizado mi diseño con otra clienta, quiero que me devuelvas los 100€.
—La señal no pagaba el diseño. Pagaba reservarte unas horas que tú cancelaste con dos días de margen.
—Pero has cobrado a otra persona por un diseño que preparaste para mí.
—Son dos cosas distintas. La cita la perdiste tú. El diseño lo hice yo y, si tú decides no tatuártelo, sigue siendo mío.
—Entonces explícame qué he pagado yo exactamente si te has quedado mis 100€ y además has vuelto a cobrar por el mismo trabajo.
Él insistió en que había perdido una tarde por mi cancelación y que tenía derecho a reutilizar un diseño que había creado él.
Yo seguía pensando que, si finalmente había ganado dinero con aquel diseño, lo justo era devolverme al menos una parte.
No llegamos a ningún acuerdo.
Y desde entonces tengo clarísimo que perder una señal puedo entenderlo. Pagar por algo que después termina exactamente igual en la piel de otra persona, bastante menos.