Ese es el fondo real de la cuestión: no estamos frente a una obra pública que necesita a Zivals para poder hacerse. Estamos frente a una obra pública que eligió hacerse sobre Zivals, teniendo alternativas más económicas, más funcionales y sin costos culturales. Y la conversación honesta con la ciudad — que hoy la ciudad ganó el derecho a exigir — no es sobre cómo "convivir" con esa elección, sino sobre por qué se hizo.