Leer a un legislador de la República disertar sobre legítima defensa sin evidenciar siquiera una comprensión elemental de sus fundamentos dogmáticos resulta, cuando menos, preocupante. Que, además, lo haga exhibiendo su condición de abogado y una generosa colección de maestrías convierte el asunto en una auténtica curiosidad académica.
Ante semejante contraste entre credenciales y conocimientos, surgen dos inquietudes inevitables: la primera, preguntarse qué universidades otorgan tantos títulos sin que aparentemente venga incluido el conocimiento; la segunda, comprender en qué momento la acumulación de diplomas comenzó a confundirse con la solvencia jurídica.
Porque una cosa es desconocer el Derecho, carencia que siempre puede remediarse estudiando, y otra, bastante más grave, es pretender impartir cátedra sobre aquello que manifiestamente no se comprende, con la suficiencia que solo parece conferir la ignorancia sumada a una interminable lista de credenciales.
Al final, los títulos pueden adornar una pared, pero jamás sustituir la solidez de un argumento. La ignorancia siempre ha sido atrevida; cuando se reviste de maestrías y ocupa una curul, por lo visto, adquiere también pretensiones de autoridad doctrinal.