Existe una ignorancia histórica brutal en los fandoms actuales cuando intentan minimizar el imperio de Shakira diciendo que «su ventaja fue cantar en inglés», como si el mercado anglosajón de principios de siglo regalara carreras por caridad.
Cuando Shakira ejecutó el crossover con Laundry Service, no hizo lo que hicieron otros latinos de su época. Ella aprendió un idioma desde cero leyendo poesía de Walt Whitman con un diccionario en la mano para no ceder el control de sus letras, y obligó a las radios de Estados Unidos y Europa a programar quenas andinas, charangos, tango y percusión árabe en plena dictadura del pop rubio de Britney y Christina.
Y por si fuera poco, cuando el mercado anglo quiso encapsularla, les soltó Fijación Oral íntegramente en español antes de convertir Hips Don’t Lie en un número uno mundial inapelable. Demostró que se podía ir y volver sin pedir permiso.
El mayor delirio de la industria actual en Latinoamérica es creer que liderar una lista de Spotify entre Miami, México y Madrid ya te convierte en una leyenda mundial.
Creen que ponerse una peluca de colores, hacer cosplay de la estética que Shakira ya usaba hace veinte años o rogarle una colaboración para salvar las ventas de un álbum alcanza para reclamar su corona.
Son turistas tomándose fotos en una carretera que ella y otros Latinos de la época pavimentaron a pico y pala, y la realidad los golpea apenas salen de su zona de confort.
Shakira mostró que el mercado aceptaba sonidos latinos si venían empaquetados con calidad y personalidad.
Shakira combinó canciones que ella misma escribía, cambios de género que no sonaban a moda, una imagen que se quedaba y la capacidad de reinventarse sin dejar de ser ella. Por eso sigue siendo el estándar con el que se mide a las demás artistas latinas.