Tenemos la suerte de estar rodeados de gente admirable. Qué menos que intentar estar a su altura en las pequeñas cosas que, sumadas, configuran nuestra participación en el debate público. Y, por cierto, determinan de manera decisiva los incentivos que les damos a los políticos.
Aquí va un decálogo que trato de seguir. No siempre lo consigo, pero creo que merece la pena intentarlo.
1. La evidencia antes que nuestras preferencias. Buscar datos, contrastar fuentes y estar dispuesto a cambiar de opinión. Especialmente cuando la evidencia contradice aquello que nos gustaría creer. Un buen argumento no deja de serlo porque lo formule alguien con quien discrepamos.
2. Aprender a reconocer cuándo hablan nuestras emociones. Hay tuits que parecen magníficos durante los treinta segundos posteriores a escribirlos. Si lo que nos mueve es la indignación, quizá convenga esperar. No toda provocación merece una respuesta y no toda respuesta mejora la conversación.
3. Pedir perdón de verdad. Equivocarse es inevitable. Reconocerlo públicamente, rectificar y disculparse sin buscar inmediatamente una excusa debería ser algo natural. Y aceptar las disculpas sinceras de los demás también.
4. Ser especialmente exigentes con los nuestros. Es muy fácil denunciar el insulto cuando procede del adversario. La prueba de coherencia llega cuando lo utiliza alguien con quien simpatizamos. Si insultas, no cuentes conmigo. Aunque esté de acuerdo con tu propuesta. Y si eres un político, ese comportamiento puede costarte mi voto.
5. Exigir a los políticos que nos traten como adultos. Valorar especialmente a quienes explican la realidad con sus dificultades, restricciones y decisiones dolorosas, incluso cuando los sacrificios nos afectan directamente. Desconfiar de las recetas mágicas, del adanismo y de las soluciones para problemas complejos que caben en tres tuits.
6. Nadie tiene el monopolio de la voz del pueblo. Cuando alguien empieza con «el pueblo quiere», «el pueblo exige» o «el pueblo piensa», conviene recordar que el pueblo también dice Pascual. Una sociedad plural está formada por personas con intereses, valores y preferencias diferentes. Nadie puede arrogarse su interpretación exclusiva.
7. Discutir argumentos, nunca degradar personas. Datos, argumentos, razones y propuestas. Los motes, las burlas sobre defectos personales y las gracietas a costa de las debilidades del adversario sobran. También cuando el insulto es calculado, se pronuncia desde una tribuna o se corea en una manifestación. La frivolidad, para las cervezas con los amigos. En el debate público hay demasiado en juego.
8. Reconocer los aciertos ajenos sin hacer cálculos electorales. Si un adversario hace algo bien, decirlo. Sin preguntarnos primero a quién beneficia ese reconocimiento. La política no debería ser una competición por impedir que los demás se apunten un tanto. Celebrar una buena decisión, venga de donde venga, contribuye a que haya más decisiones buenas.
9. No hacer leña del árbol caído. Exigir responsabilidades, desde luego. Pero distinguir la justicia y la crítica legítima del linchamiento. La humillación gratuita de quien ya ha caído rara vez aporta algo al debate y puede causar mucho sufrimiento a personas de su entorno que nada tienen que ver. No todo lo que puede decirse merece ser dicho.
10. Recordar que detrás de cada cuenta hay una persona. Alguien que puede equivocarse, tener un mal día, aprender o cambiar de opinión. Discutir con firmeza no exige renunciar a la generosidad. Y contribuir a mejorar el debate público empieza por no empeorarlo nosotros mismos.
Quizá lo más difícil de este decálogo sea que obliga a renunciar a algunas victorias fáciles. Al aplauso inmediato o a la satisfacción de ver humillado a quien piensa distinto.
Pero sospecho que una parte importante de la calidad de nuestra vida democrática depende precisamente de esas pequeñas renuncias. Y, sobre todo, de que empecemos por exigírnoslas a nosotros mismos.
Yo me quedo con esta gente,
. Me quedo con la gente que moviliza 200 kg de alimentos mantas y pañales minutos después del accidente.
. Me quedo con el Farmacéutico de Urda que vació su farmacia y salió corriendo a intentar ayudar con lo que tenía.
. Me quedo con el hombre que cogió su cafetera y una mesa y dió café a todo el que necesitaba uno.
. Me quedo con el dueño del restaurante que se puso a cocinar para dar el mayor número de comidas posibles ese día.
. Me quedo con la Guardia Civil
. Me quedo con la UME
. Me quedo con los Bomberos
. Me quedo con los servicios médicos y sanitarios.
. Me quedo con todos los servicios de emergencias.
. Me quedo con nuestros fieles amigos de cuatro patas que siempre nos ayudan en los peores momentos.
. Me quedo con todos los donantes de sangre
Me quedo con todos los que siempre están ahí para ayudar.
Quedaros con ellos y gracias a todos por estar ahí cuando más se os necesita 🩷