Colapsó la política infame de
@nayibbukele de hacinar personas como cucarachas en enormes galpones patibularios, sin fórmula de juicio y de manera indefinida.
Ya tiene al 1,67% de la población del país en esas mazmorras infrahumanas y se acaba de ver obligado a reconocer el desastre humanitario y judicial que ocasionó, debido al cual ya han muerto varios millares de personas sin que nunca se les hubieran hecho cargos formales y controvertibles.
Para dorar la píldora, ha celebrado “juicios” en los que “juzga” en gallineros enormes a miles de seres humanos ante un mismo juez y con un solo abogado defensor (de oficio) para todos. Los acusados comparecen acurrucados, semidesnudos, amarrados de pies y manos y sin derecho a emitir palabra alguna. Al final, en todo los casos, las sentencias masivas, redactadas por Bukele, no sorprenden a nadie: son condenatorias y sin segunda instancia para una apelación.
Solamente contra menos del 1% de los confinados hay pruebas relativamente sólidas.
El Salvador es el país con la tasa de población penitenciaria más alta del mundo.
Mientras todo esto ocurre, Bukele, su familia y su entorno están entregados a la más vergonzosa y descarada corrupción oficial. Saquean los bienes públicos a manos llenas y a la vista de todos.
Este régimen del terror les quitó los bienes y borró del Registro Civil a los periodistas que se atrevieron a denunciarlo. Los que sobrevivieron están en el exilio y se esconden de sicarios que el dictador suele mandar a buscarlos.
A estas alturas, Bukele le ha hecho más daño a ese país que todas las bandas o “maras” que dice combatir.
La paz de El Salvador no es tal sino miedo y silencio generalizados. Es el inconfundible avasallamiento del terrorismo de estado con careta de orden y libertad, como la que pretenden montar, por ejemplo, Espriella en Colombia y Noboa en El Ecuador.