Qué raro es el ser humano.
Se pelea con los vivos y le regala flores a los muertos.
Deja de hablarle a un vivo por orgullo, y cuando se muere, le hace un homenaje.
No tiene tiempo para visitar a un vivo, pero se queda todo el día en el velorio.
No tiene un minuto para tomar un café con alguien, pero hace fila por horas para despedirlo en un ataúd.
No llama, no abraza, no perdona en vida,
pero se lamenta, llora y le pide perdón a un muerto.
Le exige perfección a los vivos y les encuentra santidad a los muertos.
Se guarda el "te quiero", el "te extraño" y el "gracias" hasta que ya nadie lo puede escuchar.
Hasta parece que valoramos más la muerte que la vida.
Que honramos más la ausencia que la presencia.
Y que entendemos el valor de alguien solo cuando ya es demasiado tarde para decírselo.
Me tocó verlo, desgraciadamente, hace unos días.
Un maestro que siempre estuvo solo. Que vivió en silencio, sin que nadie lo notara demasiado. Murió muy joven.
Y entonces, de pronto, el funeral fue enorme. Hubo música, hubo flores, hubo una cantidad exagerada de gente. Gente que en vida nunca lo consideró, que nunca le dedicó un minuto, pero que en su muerte quiso estar en primera fila.