Si el Estado pierde la capacidad de maniobra y de planificar, el desastre siempre está servido.
Pagar más impuestos, tener una recaudación récord, no sirve de nada si se renuncia a los activos reales como la energía, la banca, los trenes o la vivienda.
Cuando se cede su gestión al mercado (alquileres, trenes, sistema financiero...) se antepone el beneficio privado al interés general. Reina la incertidumbre y se premia al tiburón. La ley de la selva impera. Lo peor es que este paradigma de austeridad y privatizaciones es común a PSOE, PP y VOX. Es el modelo de la UE.
Recuperar el control sobre nuestras vidas es recuperar la gestión común colectiva de todos nuestros recursos. Por eso el ejercicio será apuntar al sector público, ya debilitado, y nunca a los procesos progresivos de desposesión de activos (nuestras casas, nuestros trenes, nuestra electricidad). Aunque nos termine costando todo.