Nací en Barcelona. Soy catalán, español y culé.
Llevo 20 años viviendo en Madrid y me ha costado sudor y lágrimas conseguir que mis cuatro hijos, nacidos en Madrid, sean del Barça. Contra todo pronóstico y contra todo su entorno.
Hoy mis hijos me preguntan por qué el Barça no homenajea a sus jugadores que acaban de ganar un Mundial y, en cambio, su presidente promueve un acto de “exaltación de la estelada”.
Y no sé qué contestarles.
El Barça era precisamente eso: un sentimiento capaz de unir a un padre nacido en Barcelona con cuatro hijos nacidos en Madrid.
Laporta está consiguiendo lo contrario.
Qué vergüenza. Qué bochorno.
Cada día es más difícil seguir siendo culé en un club empeñado en anteponer la política al fútbol.