Quien controla la riqueza, los medios de comunicación y la educación tiene una enorme capacidad para imponer sus ideas. Nos enseñan a aceptar la sociedad tal y como es, como si la pobreza, la explotación y las desigualdades fueran naturales y no el resultado de un sistema creado por los hombres.
Al obrero le enseñan a competir con otro obrero, a culparse por su pobreza y a soñar con convertirse en empresario, pero no a preguntarse quién se beneficia de su trabajo.
Por eso, la clase obrera necesita comprender sus propios intereses, organizarse y dejar de mirar la sociedad con los ojos de quienes la explotan.
Porque ninguna clase dominante educa a la sociedad para que cuestione los fundamentos de su propio dominio. Y como escribió Marx: no basta con interpretar el mundo, hay que transformarlo.