«Nadie quiere ser humilde. Yo no quiero ser humilde, yo lo que soy es un güevón.»
La diferencia no es de diccionario. Es de responsabilidad.
El humilde, en el habla que se le pegó a Venezuela, acepta su condición y la vuelve virtud. Pobreza con sermón. «Somos gente humilde» no describe un alma medida: describe a quien no debe ambicionar. El que se queda callado es bueno. El que quiere más es soberbio. La escasez se disfraza de grandeza.
El güevón no firma ese contrato. Sabe que está jodido, pero no dice que lo eligió. Su condición no es humildad: es obligación. No tiene margen, no tiene empuje, no tiene salida, o se la quitaron. Llamarse güevón es negarse a santificar eso. Es decir: esto no me ennoblece; esto me pesa.
La Rochefoucauld ya había visto la primera mitad, en francés:
Force gens veulent être dévots, mais personne ne veut être humble.
Muchos quieren parecer virtuosos; nadie quiere el costo de la bajeza. En Venezuela el truco se afiló: se le pide al otro que sea humilde para que no reclame. La humildad deja de ser medida interior y se vuelve disciplina social. Aguanta. Agradece. No te creas.
El viejo se sale por el lado grosero. No se declara santo pobre. Se declara güevón. En venezolano eso es el que se deja, el que no se mueve, el que carga las agallas pesadas. Pero aquí el taco es más fino: el güevón todavía distingue causa y pose. El humilde oficial no. El humilde oficial transforma la obligación en mérito. El güevón deja la obligación en crudo.
Por eso también pegan las otras frases del vagón. «32 años perdidos.» «Por la maleta se saca al pasajero.» El país partido entre vivos y güevones. No está vendiendo miseria ejemplar. Está nombrando un arreglo: hay quien medra, hay quien se agacha, y al que se agacha le dicen virtuoso para que no se levante.
La literatura antigua conocía el mecanismo. Lao-Tse vio que se predica lo bajo y se ambiciona lo alto. Jesús vio a los invitados peleando el primer asiento. Diógenes prefirió llamarse perro antes que santo de cartón. Aristóteles separaba la justa medida del inflado y del apocado. El apocado se achica y llama sabiduría a ese achicarse. El discurso de «hay que ser humilde» pide a menudo eso.
El viejo no se achica con halo. Admite el defecto y rechaza el nombre lindo. Nadie quiere ser humilde, porque la humildad que le venden no es virtud: es resignación bendecida. Él no la acepta. Dice güevón. Es decir: estoy así por peso que le hacen llevar, no por querer o alabanza a dios, cosas muy distintas aquí.
Cuando intentas ridiculizar a alguien mayor y te dan un paseo con la riqueza expresiva de una civilización superior.