En los años 60, un promotor quiso presentar a su joven promesa con el apodo ‘La Voz’, pero ese título ya tenía dos dueños intocables, por lo que registrarlo era imposible. Para esquivar el dilema, inventaron un juego de palabras que terminaría cambiando la historia de la salsa...
El promotor era Arturo Franquis y el cantante, un joven llamado Héctor Juan Pérez Martínez recién llegado de Ponce a Nueva York. Franquis vio en él una potencia digna de Felipe Rodríguez, el ídolo boricua conocido como ‘La Voz’. Pero bautizarlo así en Nueva York era una trampa, le lloverían comparaciones con Felipe, y en inglés nadie podía llamarse ‘The Voice’ porque ese trono ya le pertenecía a Frank Sinatra.
Copiar el apodo de otro, que para un artista equivale a un título nobiliario, traería problemas legales y comparaciones inevitables. Así que la solución surgió buscando en otro idioma: ‘La Voix’, el equivalente en francés. Su pronunciación aproximada es ‘la vuá’, pero al intentar castellanizar ese sonido en la calle terminó mal pronunciado, primero sonó como ‘Lavó’ y luego sumó la ‘e’ al final para ganar sofisticación gráfica, dando paso definitivo a ‘LaVoe’.
Aunque existen otras versiones que atribuyen el apodo a una deformación directa de ‘La Voz’ ajustada por Jerry Masucci, lo cierto es que el impacto fue inmediato. En 1967, las primeras grabaciones junto a Willie Colón en el álbum ‘El Malo’ ya acreditaban oficialmente al cantante con su nombre recortado unido a su nuevo apellido: ‘Héctor LaVoe’, sellando la marca artística que lo acompañaría hasta la eternidad.
Hoy, recordando a ‘El Jibarito’ Héctor Lavoe a 80 años de su nacimiento.