Jefe: «Has llegado 10 minutos tarde».
Empleado: «Ayer me quedé dos horas más para terminar el informe urgente que me pediste».
Jefe: «Te agradezco el esfuerzo, pero las normas son las normas. El horario hay que cumplirlo».
Al día siguiente, el empleado llegó a las 9:00 en punto.
A las 17:00 apagó el ordenador, dejó varios correos pendientes y se marchó.
Su jefe lo llamó:
«Necesito que termines ese informe antes de irte».
El empleado miró el reloj.
«Lo siento. Mi jornada termina a las 17:00. Las normas son las normas».
El jefe le recordó que en aquella empresa siempre habían sido flexibles cuando había urgencias.
Y él respondió:
«Ayer también había una urgencia. Pero mis dos horas no contaron. Solo contaron los diez minutos».
Si exiges puntualidad al minuto, no puedes esperar flexibilidad ilimitada a cambio.
A veces, la forma más rápida de perder a tu mejor empleado es enseñarle que su esfuerzo solo cuenta cuando beneficia a la empresa.