La vivienda: refugio del capital
Por Daniel Kiper
Una vivienda tiene hoy dos existencias. En una se duerme, se envejece, se recibe a los amigos. En la otra se calcula una renta, se preserva un capital, se espera una valorización. Durante mucho tiempo ambas compartieron el mismo techo. Ahora, en numerosas ciudades, la segunda ha empezado a cambiar las cerraduras.
Maricarmen tenía ochenta y siete años y había vivido setenta en la misma casa de Madrid cuando, el 23 de septiembre, fue desalojada. La sacaron en camilla mientras cientos de personas la acompañaban desde la calle. El desalojo tenía una orden judicial. La imposibilidad de sacar setenta años por una puerta pertenecía a otra dimensión, difícil de encontrar entre las razones de una sentencia.
Una casa habitada durante tanto tiempo termina aprendiendo a su habitante. Conserva la medida de sus pasos, reconoce sus silencios, acomoda la oscuridad para que pueda llegar al baño sin encender la luz. Para las tasaciones, esas cosas no existen. Una pared que ha escuchado una vida vale lo mismo que otra que no ha escuchado nada.
Cabe imaginar que los años se resistían a salir. Algunos habrán quedado en los rincones, esperando que alguien explicara por qué la mujer debía marcharse y la casa podía quedarse.
Después hubo una negociación y un acuerdo que le permitiría regresar al salir del hospital. La solución apareció después del desalojo, como aparecen ciertas llaves cuando ya se ha roto la puerta.
La historia pertenece a Madrid. La contradicción atraviesa el mundo.
En las oficinas donde se decide el destino de los inmuebles, una casa puede convertirse en una cifra sin perder un solo ladrillo. Se calcula cuánto habrá ganado al cabo de unos años. Quienes viven dentro hacen otra cuenta: cuánto les quedará para comer después de pagar por seguir allí.
La propiedad siempre fue una forma de riqueza. El problema empieza cuando esa función gobierna las demás. Naciones Unidas ha advertido sobre su transformación en instrumento de acumulación, cada vez más distante de la necesidad de ofrecer un lugar donde vivir con seguridad y dignidad.
El edificio se valoriza y sus habitantes se empobrecen. El barrio prospera en los anuncios y se vuelve inaccesible para quienes le dieron sus comercios y sus costumbres. Las personas se marchan; el metro cuadrado celebra su propia subida.
En Estados Unidos, el informe de Harvard America’s Rental Housing 2026 registró que, en 2024, unos 22,7 millones de hogares inquilinos destinaban más del treinta por ciento de sus ingresos al alquiler y los servicios. De ellos, 12,1 millones empleaban más de la mitad.
La porción restante debe alimentar a la familia, llevarla al trabajo y comprar los medicamentos. Cada mes, el alquiler se sienta primero a la mesa. Los demás esperan para saber qué ha dejado.
En Canadá, la OCDE describió una crisis que había desbordado los sectores pobres y los centros urbanos. Señaló una oferta insuficiente y políticas que estimularon la compra sin ampliar adecuadamente las viviendas disponibles. La ayuda puede llegar al comprador y el precio adelantarse a recibirla. Le dan a una familia una escalera y la casa sube otro piso.
En Australia, el informe nacional de 2026 calculó que un hogar con ingresos medianos necesitaba 11,2 años para reunir un anticipo del veinte por ciento. Once años para llegar al comienzo de una hipoteca. Durante esa espera, los proyectos familiares deben aprender a vivir en habitaciones prestadas.
En España, la construcción insuficiente en las zonas de mayor demanda convive con la expansión de alquileres turísticos y temporales. Allí donde alguien necesitaba permanecer, otro podrá pasar unos días. El inventario conserva la casa; el residente pierde la posibilidad de habitarla.
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