El ocio y el arte son esenciales. Nos enseñan a valorar la vida y a respirar en medio de tanta podredumbre. Nadie debe sentir culpa por disfrutar. Pero descansar no es lo mismo que vivir anestesiado.
Es absurdo ver a miles defendiendo a capa y espada a famosos, políticos y deportistas, como si algo les debieran, como si fueran a recibir algo a cambio. No lo recibirán. Ellos ni siquiera saben que existes, y si desaparecieras mañana, te reemplazarían sin pestañear. Lo más indignante es que fuimos nosotros quienes los pusimos donde están, con nuestro voto, nuestro tiempo y nuestro dinero, y aun así permitimos que nos traten como basura.
Mientras tanto, nuestros países se desangran en problemas que casi nadie menciona y que merecen mucha más atención. Pobreza, corrupción, inseguridad, servicios que no funcionan: todo eso nos toca, y todo eso exige que nos involucremos. No basta con indignarse en redes ni con mirar hacia otro lado esperando que alguien más lo resuelva.
Disfrutar la vida y comprometerse con ella no son opuestos. Lo inaceptable es que el aplauso a unos pocos nos haga callar frente a lo que nos afecta a todos. Un pueblo que adora a sus ídolos pero no exige nada a sus gobernantes no es un pueblo libre: es un público.