LA POLÍTICA DE LA FE
Cuando el “yo creo” sustituye al argumento, y el “optimismo” reemplaza al conocimiento.
El senador Javier Macaya ha dicho en el programa de canal 13, Mesa Central, que “cree” que en un año más las cosas estarán mejor. También ha dicho que es optimista.
Magnífico, le felicito senador.
El problema es que la economía, el empleo, la inversión, la seguridad y las políticas públicas tienen la desagradable costumbre de no reaccionar al optimismo parlamentario. No conocen la fe, no leen pensamientos positivos y, hasta donde sabemos, tampoco mejoran porque alguien cierre los ojos y desee con suficiente intensidad que así ocurra.
En política pública, “creer” puede ser el comienzo de una conversación, pero jamás debería ser su conclusión.
Imagine usted presentándose ante su jefe después de seis meses de malos resultados y diciendo:
No se preocupe. Creo que el próximo año estaremos mejor. Soy optimista.
Probablemente su jefe cometería la insolencia de preguntarle por qué.
¿Qué medidas tomó? ¿Qué indicadores están cambiando? ¿Qué proyecciones respaldan su afirmación? ¿Qué resultados permiten anticipar esa mejoría?
Preguntas bastante incómodas cuando la respuesta disponible es simplemente la fe.
Imagine al cirujano entrando al pabellón:
No puedo garantizar nada, pero soy bastante optimista y creo que todo saldrá bien.
O al deudor explicándole al banco:
Este mes no tengo cómo pagar, pero creo sinceramente que el próximo año todo mejorará.
O al conductor detenido por exceso de velocidad:
Oficial, tenga confianza. Creo que en adelante manejaré con mucho cuidado, con licencia y sobrio.
Curiosamente, en casi todos los ámbitos de la vida adulta se exigen antecedentes, planes, garantías, resultados o, al menos, una explicación razonable.
En política, en cambio, algunas autoridades parecen considerar suficiente con declararse optimistas.
El problema no es que Macaya tenga esperanza. Sería absurdo reprochárselo. El problema comienza cuando la esperanza pretende ocupar el lugar que corresponde a la evidencia.
Porque antes de decir “creo que estaremos mejor”, una autoridad debería ser capaz de agregar inmediatamente: “y creo esto por estas razones”, y de paso, enumerarlas. Ahora, dado su respuesta, lo normal y esperable habría sido que el periodista le hubiese preguntado, pero de Valenzuela no podemos esperar mucho.
Entonces vienen los datos, las tendencias, las políticas implementadas, sus efectos esperados, los plazos y los mecanismos que permitirían alcanzar aquel resultado.
Eso se llama gobernar.
Lo otro se parece bastante más a pedir un acto de fe.
Y los ciudadanos no eligen parlamentarios para que administren estampitas, enciendan velas o comuniquen estados de ánimo. Los eligen, entre otras cosas, para que fiscalicen, legislen, argumenten y expliquen racionalmente por qué determinadas decisiones producirán determinados resultados.
El optimismo puede ser una virtud personal.
Como política pública, en cambio, tiene aproximadamente el mismo valor predictivo que un horóscopo.
Así que, senador Macaya, puede usted creer todo lo que quiera. Incluso puede estar extraordinariamente optimista.
Pero quienes pagan impuestos, pierden empleos, buscan inversión, esperan atención pública o simplemente observan los resultados, tienen derecho a algo bastante más sofisticado que su estado de ánimo.
Tienen derecho a preguntar:
¿Por qué?
Y mientras esa pregunta no tenga una respuesta fundada en hechos, indicadores y resultados, su “creo que estaremos mejor” seguirá siendo exactamente eso: Una creencia.
Yo también podría formular algunas. Yo creo que usted es un inoperante, y déjeme decirle, que esta creencia la ha generado usted mismo, pero tratándose de autoridades públicas, prefiero las pruebas, y esas en política, también sobran.
@MisColumnas