🔊 Lo que no quieres escuchar.

Colombia
El Lula colombiano Por: @SantiHenaoC Para escuchar leyendo: Coplas a Fray Martín, Chabuca Granda. Tras el triunfo de @Lulaoficial, en Colombia todos quieren subirse al barco. A la izquierda le gustaría que aquí se hubiera votado como allá, al centro le gustaría tener un Lula colombiano, y a la derecha tradicional, uno parecido para debatir. La nueva derecha la sospecho tranquila con su ausencia. Pero todas olvidan que Lula no es solo una persona: es un proceso. El PT nació de los sindicatos metalúrgicos a comienzos de los ochenta. Perdió elecciones durante dos décadas, aprendió a negociar, a tejer alianzas y a gobernar con quienes no pensaban igual. Llegó al poder en 2003 con una izquierda que ya había pasado por el aprendizaje. Esa madurez no se improvisa ni se importa. La izquierda colombiana no tuvo ese lujo. Entró al siglo sobreviviendo, escondida o exiliada. La Unión Patriótica fue exterminada por la ultraderecha, y lo que sobrevivió fue minado desde la ultraizquierda, que le regaló al país el argumento perfecto: si ser de izquierda es lo mismo que empuñar un fusil, ser de izquierda es peligroso. En Colombia la palabra “guerrillero”, que es sinónimo de “terrorista”, lo fue también de cualquier idea progresista. Ningún partido madura bajo esas condiciones. La izquierda enterró a sus dirigentes cada década, no formó cuadros, formó mártires. Ahora bien, con esa realidad puesta de presente, breguemos a entender por qué se lee tanto por estos días que necesitamos un Lula. Una izquierda moderna debe entender que el muro de Berlín cayó, y también que no conquista indecisos hablándoles de la metafísica del alma de la pacha mama. Tampoco ganará exigiendo el voto como certificado de bondad moral, como si quien piensa distinto fuera peor persona. Persuadir no es sermonear. El votante que decide en la segunda vuelta no busca un guía espiritual: busca que el bus pase a tiempo, que el hospital atienda, que el arriendo alcance. (En este punto, suscribo casi a totalidad la buena columna de mi compañero Juan Carlos Bolívar @juancarbolivar “La izquierda que sí remonta”). Esa izquierda puede empezar con tres cosas fundamentales. Primero, cifras antes que consignas: saber de dónde sale la plata y cuánto cuesta cada promesa. Segundo, instituciones antes que caudillos: partidos con cuadros, reglas y relevo, no movimientos que dependen de un solo apellido. Tercero, la capacidad de ganar sin humillar: gobernar para el que no votó por vos es lo que distingue a un proyecto de un bando. También debe reconciliarse con la producción, la empresa y el campo, y dejar de tratarlos como sospechosos. Lula gobierna con banqueros y con sindicalistas, y por eso logró algo que nunca se había registrado en la historia democrática de Brasil, remontar una derrota en primera vuelta. Por eso lo de “el Lula colombiano” me parece un error de enfoque. No necesitamos un hombre, necesitamos décadas de construcción que nos robaron en parte, y que debemos empezar sin esperar a que nadie nos haga el favor. Quien busque un Lula en el espejo de este año encontrará un disfraz. Quien busque liderazgos, partidos y paciencia encontrará, ojalá, el comienzo de algo. ¡Ánimo!
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Sostener las estrellas Por: @catalinafrancor "La importancia de ponerle rostro humano, rostros humanos, a la palabra patria". Luis García Montero. No sé en qué momento perdimos la dulzura. La capacidad de mirar sin veneno. Normalizamos calificar a quien elige pensando en el bien común —o simplemente en el ajeno— de idiota o iluso o “comunista” (!), como dijo Susan Sarandon que la llaman a ella, agregando que así es como les ha dado a muchos por describir a quienes consideran locos. La comodidad de llamar locura a lo que no se comprende. Que lo humano sea hoy sinónimo de absurdo define nuestro tiempo. Así como que la insania les parezca lo cuerdo a ciertas tristes mayorías. Recordaba Javier Cercas que el nombre de su columna, Palos de ciego, surgió de una idea de William Faulkner: “La literatura tiene el mismo impacto que una cerilla encendida en medio de un campo en medio de la noche; la cerilla ilumina relativamente poco, pero nos permite ver cuánta oscuridad nos rodea”. Algunos pasamos por locos o inocentes porque, a la hora de elegir a nuestros gobernantes, visualizamos por ejemplo la profundidad de la selva amazónica con sus árboles centenarios, sus delfines rosados y osos perezosos, sus 1.300 especies de aves, sus ríos voladores vitales para el clima del planeta y para respirar y cultivar, y sus más de 400 pueblos indígenas que llevan cerca de 14.000 años conviviendo con la naturaleza. ¿Saben? La Amazonia es lo que es gracias a la magia que ha surgido entre la naturaleza y esos pueblos indígenas, que la han transformado en un jardín ancestral, coexistiendo con el entorno sin destruirlo, sembrando selectiva y sabiamente, y moldeando la selva de forma tan sostenible que los científicos modernos investigan hoy su ingeniería ecológica como una clave para salvar el planeta. Debo traer estas palabras, caídas del cielo, de Juan José Saer en El entenado: “…esos indios ocupan, invencibles, mi memoria. No puedo verlos separados del cielo inmenso, azul y luminoso, que a la noche se llenaba de estrellas. Cuando no había luna eran infinitas, enormes y chisporroteantes. En invierno, verdes, azules, violetas, rojas, amarillas, gélidas, cintilaban. Ahora me doy cuenta de que si estaban ahí, rodeándonos como a una franja delgadísima de pavor, ignorancia y palpitaciones, era porque los indios, a cada momento, sin tregua, las sostenían. El gran río, que las duplicaba, llenándose a su vez de destellos, corría hacia el sur con el aliento que ellos le daban, y los árboles, a cada primavera, reverdecían porque la sangre de los indios se confundía con su savia. Pagaban, día a día, hasta el desgaste, el precio inacabable que costaba haberse arrancado a medias de una cuna pantanosa que les dejó, para siempre, un sabor a extravío”. Miren, yo no les pido que sientan todos poesía, que les sonría el alma oyendo cantar a los pájaros y que ese canto sea genuinamente una de sus razones para vivir, ni tampoco que tiemblen al oír una motosierra destrozando el universo que es un árbol. Pueden simplemente partir de que si la Amazonia muere, la vida de sus hijos será un infierno. O, si lo prefieren, préstenle atención al Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz que, sobre ese que huyó al perder como huyen los criminales, anticipó: “sin medias tintas: si gana Bolsonaro, el desempleo aumentará, el crecimiento se desacelerará, la pobreza crecerá y la situación de la clase media empeorará”. No crean en promesas milagrosas, esas sí ilusas, locas, comunistas. Por lo general, cuidar pacientemente la casa y a sus habitantes enaltece la vida de todos. Valdría la pena que, desde la particularidad de cada mirada, tuviéramos presentes estas ideas de Nuria Labari: "La violencia iguala todas las cosas porque todas las destruye, también la infancia, también la conciencia, también la democracia" y "si te toca ser niño en un mundo como este, lo último que debieran quitarte tus padres es la capacidad de ponerte en el lugar del otro". Escribió Luciana Peker (refiriéndose al discurso vomitivo de Milei): "Pero no veo la hora que se pase esta turbulencia y que volvamos a aterrizar a una convivencia donde la amabilidad sea una buena palabra. Bendita la posibilidad de pronunciar una idea sin dejar la vida a cambio". ¿Saben? El mundo sería extraordinario si miráramos con más dulzura, si enseñáramos a los niños a ponerse en el lugar del otro en vez de hacerlos crecer odiando a quienes odiamos a partir de nuestra propia ignorancia, si les mostráramos que la violencia es la fuente de la sangre que no queremos derramar, si les posibilitáramos esa cerilla encendida para comprender la oscuridad y ensancháramos su vida entrenando su mirada en la contemplación de la belleza, que es la que sostiene el universo: si les enseñáramos a sostener las estrellas.
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La víctima que no llama Por: César Herrera De la Hoz El Gaula se creó hace treinta años para atender a una víctima que pide ayuda. Una familia recibe una amenaza, llama a la línea y un grupo mixto de policías, militares y fiscales entra en acción. La extorsión de hoy, en muchos casos, no produce esa llamada. Con la misma palabra se nombran negocios distintos. Desde el patio de una cárcel, un interno marca miles de números hasta que alguien paga. En un barrio, una cuota pequeña y semanal sostiene la presencia de un grupo. En una ruta de buses, el cobro determina quién puede trabajar. En el campo, se paga por producir o por no ser atacado. Cada uno tiene su propia lógica, su propia víctima y su propia forma de pagar. Es una renta alta y de bajo riesgo. Quizá no sea la más rentable del crimen organizado, pero sí una de las más constantes: una vez establecido el cobro, se repite y quien lo impone arriesga poco. Y deja algo más que dinero. Quien cobra pasa a decidir quién puede trabajar, qué se permite y cómo se resuelven los conflictos. Esa doble ganancia, el dinero y el control, explica por qué es tan apetecida. Como se vive de maneras distintas, se denuncia poco. Quien paga una cuota pequeña muchas veces no se siente víctima de una extorsión. Siente que compra tranquilidad. Otros pagan por miedo, o porque no creen que denunciar sirva. Las estimaciones oficiales sugieren que la gran mayoría de los casos nunca se registran oficialmente. El Gaula tiene un diseño que ha dado resultados. Nació con el secuestro como modelo: una línea de denuncia, un equipo unificado que reacciona y un fiscal que dirige. Con la víctima que llama, puede capturar en el momento del cobro o desmontar una red de llamadas desde una cárcel. Su punto de partida es la denuncia, y por eso el reto es llegar a la extorsión que no la produce. La pregunta útil, entonces, no es si el Gaula está preparado. Es qué se necesita para llegar a la extorsión que no se denuncia. Esa parte del problema pide otras vías de entrada, como el rastro del dinero, el mapa de los cobros por barrio y el análisis de las llamadas que salen de las cárceles. Eso exige inteligencia financiera y territorial que complemente su trabajo. Exige también medir distinto: además de las capturas, cuántas terminan en condena y cuánto baja el cobro en el territorio. Un documento de política con metas medibles, como el que propone el DNP, sería un primer paso. El Gaula seguirá siendo la respuesta para quien se atreve a llamar. La pregunta para los próximos años es qué hará el Estado por quien paga en silencio, que es la mayoría. Esa persona vive cerca de un grupo que la conoce y lejos de un Estado que todavía no la ve. Cerrar esa distancia no depende de esperar la llamada, sino de llegar antes, con información y presencia en el territorio. Mientras eso no ocurra, la extorsión seguirá cobrándose a plena vista y casi sin dejar registro oficial.
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Cuentas claras para Medellín Por: @piedadrestrepor Ha generado ruido en Medellín el anuncio de que EPM no transferirá lo planteado en el plan financiero del Plan de Desarrollo para el 2027, fruto de unas menores utilidades proyectadas para el segundo semestre de este año. Aproximadamente un billón menos, que impacta directamente la inversión de la ciudad. El ruido no solo obedeció a este desfase sino al anuncio de que el Distrito terminará endeudándose más, justo para cubrir las menores transferencias, así como también  por las razones expuestas para dicha reducción: Afinia y el fenómeno del Niño. Las inquietudes surgen porque solo hasta el momento de llevar al Concejo el proyecto de acuerdo para el presupuesto de la ciudad en 2027 se conoció la situación por la que atraviesa @EPMestamosahi. No hubo alarmas previas, pero tampoco los argumentos expuestos son sólidos y dejan claridad sobre el panorama para el Distrito y para la empresa que más recursos le reporta. La situación financiera de Afinia no es nueva. Es de público conocimiento las dificultades que ha atravesado la empresa, más allá de las denuncias por posible corrupción de la anterior administración. Desde la veeduría Todos por Medellín se expresaba desde 2024 los compromisos en que estaba incurriendo EPM para apalancar a Afinia: “Si bien la empresa muestra una generación de flujo de caja operacional, este es insuficiente para cumplir las inversiones en activos fijos y mejorar la calidad del servicio y la pérdida de energía, por lo que la empresa ha debido acceder a créditos y préstamos de forma continua y en ascenso… Los créditos y préstamos bancarios muestran un continuo aumento, este dinero se ha destinado a la inversiones, no obstante los intereses pagados son altos deteriorando sustancialmente los resultados de la compañía. Entre 2023 y 2024, EPM le ha transferido entre préstamos y capitalizaciones $1,8 billones (Capitalizaciones $600.000 millones y préstamos $1,2 billones), situación que estresa el flujo de caja del grupo. (Todos por Medellín, Sept 2024, todospormedellin.org/afinia-…). Al adquirir Afinia, EPM se comprometió con la CREG a ejecutar unas inversiones billonarias. Entre 2021 y 2023, se cumplió con el 63,8% de lo planeado, para el periodo 2024-2026 se tenían compromisos por casi 2 billones (pesos de 2023), con lo cual era esperable que EPM debía respaldar dichas inversiones, como efectivamente lo ha venido haciendo. La otra razón esgrimida para las menores transferencias al Distrito es lo que tiene que ver con el fenómeno del niño, el cual empieza a plantearse como probable desde el primer trimestre de 2026, y fue declarado oficialmente por el IDEAM desde el 8 de octubre.  Se espera que vaya con fuerza hasta el primer trimestre de 2027 y pueda extenderse por todo el primer semestre. Así las cosas, era un fenómeno que estaba anunciado y sus consecuencias muy identificables por parte de EPM y el Distrito. Ahora bien, todo lo anterior debía ser recogido por el último Marco Fiscal de Mediano Plazo -MFMP- 2027-2036, presentado al Concejo para la discusión del presupuesto de 2027 del Distrito. Revisando el documento hay varios asuntos que es necesario ahondar porque dejan muchos vacíos. Atendiendo que la gran novedad es que las transferencias se reducen frente a lo presupuestado inicialmente, pasando de $2,7 billones a $1,55 billones, llama la atención que en el documento no se dé una explicación de los motivos detrás de la reducción. Es más, en el MFMP se establece que: “En conclusión, EPM cerró la vigencia 2025 con una estructura financiera sólida, adecuada capacidad de generación de utilidades y fortalecimiento patrimonial. La mejora en los indicadores operacionales y financieros evidencia una gestión eficiente; sin embargo, persisten retos asociados a la ejecución de inversiones, la sostenibilidad de las fuentes de financiación y la exposición a riesgos macroeconómicos y cambiarios, aspectos que deberán continuar siendo monitoreados estratégicamente.” No obstante, más adelante se contrasta este buen panorama con una caída de las transferencias para el Distrito del 43,7% y la única explicación es que el cálculo sale de la información brindada por EPM, bajo el supuesto de que se siga obteniendo el 55% de las utilidades (30% ordinarias y 25% extraordinarias). La opción que encuentra la administración distrital es endeudarse por encima de los presupuestado, así de acuerdo con el MFMP anterior 2025-2036, la ciudad se endeudaría en $400.000 en el año 2027, pero ahora esa proyección sube a $1,5 billones, esto es, $1,1 billones más de deuda. El resultado es que el indicador de sostenibilidad de la Ley 358 de 1997  estará por encima del límite legal del 100% entre 2027 y 2028. El argumento de la administración es que: “debido a una estrategia temporal y extraordinaria de financiamiento para infraestructura, lo cual eleva el Saldo de la deuda por encima de los recaudos corrientes, pero descartando cualquier escenario estructural de insolvencia en el mediano plazo”. En el MFMP 2026-2037 se dice que esos recursos de deuda irán principalmente a financiar  proyectos de infraestructura como el corredor vial de la 80, mejoramiento de escenarios deportivos, la modernización y operación del Estadio Distrital, entre otros. No obstante, en entrevista de agosto, el secretario de hacienda había afirmado que vía recursos obtenidos de alivios tributarios a los contribuyentes recaudaron más y pudieron financiar el Gran Parque Medellín y Primavera Norte, mientras en el caso del Estadio en estos años pudieron tener $454.000 millones para su financiamiento, aunque insuficientes para una proyección de un billón, que sería obtenido mediante una figura de Project Finance, de Alianza Pública Privada (El Colombiano, 28 de agosto de 2026). Así las cosas, al parecer los ahorros no fueron suficientes y si o si la Alcaldía está pidiendo que la ciudad se endeude más. El MFMP presentado al Concejo muestra inalterados los excedentes de EPM desde 2028 hasta 2037, con entre $3,1 billones hasta $5,5 billones anuales y un endeudamiento de la ciudad a partir de 2028 que no pasa de un máximo de $175.000 millones. En otros términos, la situación de Afinia se resuelve si o si en este año- cosa improbable- el fenómeno del niño no repercute en las finanzas de EPM en 2027, y la parecer el próximo alcalde contará con baja capacidad de endeudamiento, para que los resultados del índice de sostenibilidad de la deuda efectivamente tenga un quiebre estructural en 2029 y no sobrepase el límite legal del 100%. En la discusión en el Concejo ojalá se ahonde en estos vacíos de la información, en las proyecciones del Marco Fiscal de Mediano Plazo presentado y en la financiación de proyectos que no estaban contemplados en el Plan de Desarrollo Distrital como el Gran Parque Medellín y la modernización del estadio. Unas cuentas claras siempre serán la cuota inicial para dar mejores discusiones y tomar decisiones más conscientes y estratégicas para Medellín.
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¿Dónde están las feministas? Por: @Tania_Torres___ He leído esta frase tantas veces con los escándalos de los últimos días. @petrogustavo y su vida sexual activa, el caricaturista Matador refiriéndose a la primera dama y, como siempre, la pregunta de los sectores ultraconservadores: ¿ahora sí dónde están las feministas? Aquí estamos, para defender lo que es defendible y no para alimentar polémicas ni convertirnos en comentaristas de chismes. Porque parece que algunos esperan que las feministas salgamos a pronunciarnos cada vez que una mujer está involucrada en un escándalo político, pero solo si lo hacemos en los términos que ellos esperan. Sobre las burlas de Matador contra la primera dama, Ana Lucía, estoy de acuerdo en algo: ninguna persona debería ser motivo de burla por su apariencia física, mucho menos cuando quien lo hace tiene un canal con semejante alcance. No necesitamos simpatizar con una mujer, compartir sus posiciones políticas o respaldar al Gobierno para entender que su aspecto físico no debería convertirse en un argumento para humillarla. Sin embargo, me preocupa que estemos concentrando toda la discusión en las caricaturas y dejando de lado otras preguntas. Todavía hay asuntos por esclarecer sobre el Fondo Milagro, que se anunció como una iniciativa destinada a las víctimas del terremoto y cuya gestión se ha relacionado con la primera dama. ¿Qué pasó con esos recursos? ¿Qué explicaciones se han dado y qué cuentas están pendientes? Defender a una mujer de las burlas no significa renunciar a cuestionar su gestión pública. Las dos cosas pueden hacerse al mismo tiempo. Y lo ocurrido hoy en el Senado abre otra discusión. Que no se le permita a Matador intervenir, en medio de una controversia en la que se han invocado las burlas contra la primera dama y los señalamientos relacionados con su vida personal, merece una explicación que vaya más allá de la indignación política. Y es curioso que algunas de las voces que hoy se muestran tan preocupadas por la dignidad de las mujeres sean las mismas que utilizan el feminismo como arma arrojadiza contra sus contradictores políticos. ¿Dónde están las feministas?, preguntan. Estamos aquí, pero no para defender políticos ni para escoger a quién se le aplican nuestros principios según su partido o sus simpatías. No tenemos que salir a defender a una mujer de todo cuestionamiento por el simple hecho de ser mujer, así como tampoco podemos justificar las violencias contra ella por no compartir sus ideas. En estos días Gustavo Petro publicó un comunicado en el que rechaza los señalamientos sobre su vida sexual y denuncia que se está intentando invadir su intimidad. Hay una discusión importante allí. Defiendo la vida íntima de quienes hacen política, porque tener un cargo público no significa renunciar a todos los espacios privados. Ya es suficientemente agotador vivir bajo el ojo público para que, incluso después de dejar un cargo, la vida sexual siga siendo uno de los temas centrales de la conversación política. Suelten a Petro un rato y pónganle el ojo a la avalancha que se aproxima. Por supuesto, si existen denuncias concretas sobre posibles delitos o sobre el uso del poder público para obtener beneficios sexuales, deben investigarse. La intimidad no puede utilizarse como escudo frente a hechos de interés público, pero tampoco podemos convertir la vida sexual de una persona en un espectáculo ni dar por ciertas acusaciones sin pruebas. Una cosa es investigar posibles irregularidades y otra muy distinta es utilizar la sexualidad para humillar o desacreditar a alguien. Las feministas debemos pronunciarnos frente a las violencias contra las mujeres, independientemente de quién las ejerza o de quién sea la víctima. Pero eso no significa que tengamos que convertir cada controversia política en una causa feminista ni que debamos defender a una mujer en todas sus actuaciones. Y no, Jota Pe: la primera dama no representa a la mujer colombiana. Representa, tal vez, la idea de mujer que usted y algunos sectores de la ultraderecha quieren ver: una figura a la que pueden defender cuando les sirve para atacar a sus adversarios, pero cuya representación pretenden extender a todas las mujeres. Las colombianas somos mucho más que las esposas de los presidentes y que las figuras que ustedes convierten en protagonistas de sus disputas políticas. Las feministas estamos aquí. No para defender lo indefendible, ni para alimentar el espectáculo, ni para acomodar nuestros principios a la conveniencia de ningún sector político. Estamos para defender derechos, incluso cuando hacerlo no les conviene a quienes hoy preguntan dónde estamos.
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Disfraz de comandante en jefe para regalar el país Por: @MariantoniaRG El guion del presidente deja más preguntas que respuestas. ¿Tanta parafernalia qué está escondiendo? Algunos días, el presidente se pone atuendo de animador de eventos: lo vemos en las ruinas del terremoto con el casco puesto, jugando con radios, sonriendo. Pide aplausos y sonrisas mientras entrega falsas llaves de cartón y otro sartal de promesas. ¿Dónde queda el respeto por las víctimas y por sus duelos? ¿Dónde está el dinero que recibió la fundación de la primera dama? ¿Cuánto ha rentado ese dinero? ¿Cómo están usando los millones de dólares que prestó el Banco Mundial para atender los estragos del terremoto? ¿Cómo funciona (o funcionará) el Fondo Milagro? En estos días se denominó “comandante en jefe de las fuerzas armadas y del CTI”. Una noche en Medellín, otra en Bogotá. Todo debidamente documentado en video para redes sociales. Dice que llega personalmente a liderar los operativos contra la criminalidad, que ahora sí los delincuentes no van a dormir tranquilos. Más preguntas, porque no solo le falta seriedad al presidente, sino también a los mandatarios locales: ¿El presidente no tiene responsabilidades de más alto nivel que estar trasnochando en estas tareas? ¿Las fuerzas armadas solo funcionan si el presidente amanece trabajando con ellos? ¿Los alcaldes, los secretarios de seguridad, la fuerza pública son actores de reparto?, ¿cumplen cotidianamente con sus tareas contra la delincuencia o necesitan del espectáculo del presidente para mostrar algún pírrico resultado operacional? ¿Las capturas en estos operativos cumplen con el debido proceso? ¿Es necesario humillar a los capturados? ¿El presidente está armado en estos operativos? ¿Esos resultados son el tope máximo al que llega la capacidad institucional con sus grupos de investigación y con sus fuerzas armadas? ¿Entiende el presidente que no es “comandante en jefe” del CTI de la Fiscalía porque esta hace parte del poder judicial de nuestro país, en el que existe la división de poderes? ¿En qué se están usando los presupuestos de seguridad? Los resultados son mínimos frente al inmenso poder del crimen organizado: según estimaciones del Centro de Valor Público de EAFIT, solo por microtráfico y extorsión en Medellín recibe por lo menos un billón de pesos al año. Gobernar es menos divertido que una puesta en escena, pero es su responsabilidad. Ya es hora de que el Gobierno responda por cada peso donado o prestado y de que muestre resultados concretos en la reconstrucción. Es también el momento para que los alcaldes respondan por la seguridad de sus ciudades sin esperar que el helicóptero presidencial llegue cargado con el actor principal y su equipo de producción, y vacío de estrategias de seguridad sostenibles. Y aquí, se prenden las luces del teatro: entretienen al país con semejante espectáculo, posan, se ríen con descaro y mientras tanto, muy calladitos, desde el Gobierno van entregando la soberanía y los recursos del país. Sin ruido, el presidente firmó un acuerdo con Estados Unidos en el que entrega información geológica privilegiada para la explotación de minerales críticos y de tierras raras. Recientemente, revocaron la resolución que protegía el bioma amazónico, dejando absolutamente pavimentada la vía para la explotación de hidrocarburos en el Amazonas. El libreto es preciso: le dice a Estados Unidos “tranquilos, aquí estamos para servirles lo que necesiten”. Presidente, se está acabando octubre, el mes de los disfraces. Cada día se va haciendo más evidente quién es el actor y cuál es el personaje. El vestuario de presidente colombiano le está quedando tan grande que se le está cayendo, dejando a la vista el vestido de ciudadano de los Estados Unidos de Norteamérica.
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Pobre justiciero no sabe hablar Por: @TrujilloUrrea La condición vital de la política es la palabra. Esta idea parece tener su origen en Aristóteles. El “parece” de la frase anterior no es retórico. El registro civil de la imaginación humana es tramposo. Ha sido confeccionado respondiendo a las estructuras de poder, que deciden de manera arbitraria y siempre ancladas en relaciones de desigualdad, quién es el dueño de un concepto. Las dueñas se nos han ocultado. Dueña es también Hannah Arendt del logos como posibilidad de la política. Es en el encuentro con el otro, con su aparición a través del lenguaje, que es posible considerar los menesteres de lo común, la construcción de una casa habitada por todos y todas. La palabra, al decir de Arendt, es ambivalente en sentido filosófico. Permite el reconocimiento de la igualdad de los seres humanos, sin la cual no es posible pensar lo comunitario, y también la expresión de singularidades. Con la palabra podemos conocer la visión de cada individuo que compone el pacto colectivo. La palabra también es instrumental. Si podemos entender la singularidad de cada individuo haciendo uso de un logos común, la diferencia debería ser alentada por lo político, y tramitada cuando sea contenciosa. Por eso la violencia es la desaparición del logos, y en esa medida, de la política. De la idea de pluralidad también es dueño Bernard Crick, para seguir con el ejercicio muchas veces ridículo de los historiadores de las ideas y sus actas de nacimiento del pensamiento. Crick coincide con Arendt cuando afirma que la política aparece cuando se acepta dentro de un mismo territorio la existencia de distintos grupos con visiones del mundo contrarias. ¿Pero a qué viene esta semántica mínima de la política, el logos y la pluralidad? A que vivimos tiempos, no singulares en la historia de la humanidad, en los que hay una suerte de renacimiento del contrario político como enemigo total, como sujeto de eliminación. Estamos en una nueva época de justicieros que no saben hablar, de trámite violento de la diferencia. El espacio común en donde la singularidad de cada persona que se expresa con la palabra está siendo sepultado por una ola de rabia al distinto, que se alimenta a través de las redes sociales. En medio de esta marea de odio que amenaza lo político hay pequeños gestos que encienden una luz. Luiz Inácio Lula da Silva, en medio de un acto público de proselitismo, les pidió a sus seguidores respeto por la gobernadora de Pernambuco, una adversaria política, que estaba siendo abucheada por los seguidores del reelegido presidente de Brasil. En una manifestación similar Álvaro Uribe Vélez les dijo a sus acompañantes de plaza pública que coreaban su nombre, que en su presencia no les iba a permitir que insultaran al presidente de Colombia de la época, Gustavo Petro, su contradictor casi al grado de némesis. Es obvio, pero casi nunca lo es. Es señalar el sol para decir que es una estrella. Es perogrullo, pero el mundo parece estar empeñado en reabrir conversaciones que pensábamos cerradas. Hubo una sociedad antes de las redes sociales, de las olas de indignación y odio que buscan eliminar la condición humana del antagonista y en ese sentido, acabar con la política. Sin pluralidad, sin gestión no violenta de la diferencia, no hay política, no hay mundo posible.
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El Estado de servilleta Por: @Juanmigo08 Corría la última semana de 2024. Nochebuena ya había pasado y las personas se preparaban para recibir el nuevo año. Entre la maicena para los postres, el coco para la natilla y la masa de los buñuelos no había mucho más en qué pensar por esos días. La voz de Rodolfo Aicardi se escuchaba en emisoras, buses y supermercados. No había cómo escapar de ella. Ese ambiente festivo no se trasladaba al Congreso. El último viernes de ese año, mientras algunos ya se imaginaban bailando con Afrosound de fondo, fue aprobada una reforma constitucional que introducía el cambio administrativo más grande del país en este siglo. Palabras más, palabras menos, el Congreso aprobó ese viernes 27 de diciembre casi que duplicar el dinero transferido a municipios, departamentos y distritos mediante el SGP. Sin mucho rodeo ni alarde, en un escaso texto de cuatro páginas las entidades territoriales recibieron el año con la promesa de que serían el doble de ricas y el Estado central, vaya que asustado, con la tarea de financiar ese regalo. A casi dos años de ese suceso el país no cuenta con la Ley de Competencias que soporte —y viabilice— ese cambio. Es decir, se repartió la plata pero no se ha dicho qué responsabilidades se tienen que asumir con ella. Ante una reforma que movería COP 100 billones la respuesta institucional es un «ahí vamos viendo». Y más allá del dinero y las reglas, es inmensamente preocupante la transformación institucional que tendrá nuestra administración pública. Las capacidades de las administraciones locales se tienen que fortalecer, el monitoreo sobre el erario debe blindarse —y la respuesta para eso no puede venir desde la siempre lenta e inoportuna Contraloría—, la reorganización de la administración central tiene que preverse. No se está hablando lo suficiente sobre esta nueva ola de descentralización. Ni dentro del Estado ni desde la sociedad civil. Que no se les haga raro: Colombia está por pasar a ser un país cuasi federal.
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Afinia apagó la beligerancia del alcalde Por: @palaciotamayo La situación de Afinia es muy grave para Medellín. Ni siquiera en el año de la contingencia de Hidroituango se disminuyeron en esa proporción las transferencias a la ciudad. En esta ocasión hay un ingrediente adicional: al alcalde Federico Gutiérrez se le acabó la beligerancia con el gobierno Nacional. Es por eso que vale la pena preguntarle: Alcalde, ¿prefiere usted endeudar a la ciudad por más de un billón de pesos antes de tener conversaciones —y negociaciones— difíciles con el gobierno nacional sobre Afinia? Alcalde, ¿le da miedo hacerlo porque el Tigre puede ‘morder’ a su hermana, o a su primo en la Vicepresidencia o, quizá, a su candidata al senado que hoy es ministra de Trabajo y quedar así sin trampolín para su candidatura presidencial? Para la administración, las explicaciones de semejante debacle se reducen a dos sospechosos de siempre: la alcaldía de Daniel Quintero y el fenómeno de El Niño. “Es que @QuinteroCalle nos metió en el peor negocio”. Uno puede decir que fue una mala o buena decisión, hay buenos argumentos de ambos lados; pero lo que sabe todo Medellín es que sin esa decisión tomada entre el alcalde Quintero y el presidente Duque —en la que ambos cruzaron favores— no tendríamos el metro de la 80 en ejecución. Ahora, si el negocio era tan malo, no se entenderían las declaraciones del actual gerente de @EPMestamosahi, quien en repetidos espacios ha dicho respecto a Afinia: “vamos bien orientados y podemos cambiar la cultura; si cambiamos la cultura en la Costa se desatan muchas cosas buenas para ese territorio con el potencial que tiene”. Es iluso pretender entrar a un negocio con alta rentabilidad sin asumir riesgos. Era de conocimiento público el lastre de Electricaribe, así como el potencial de esa región para el país. Dominar ese mercado eléctrico le significaba a EPM hacerse con otra gran joya. En cuanto al pretexto climático, vale la pena traer un apartado del concejal Farley Macías “El Niño no firma anticipos. El Niño no aprueba presupuestos. El Niño no se sienta en la junta directiva, no fija las metas de Afinia, no decide qué se paga primero. Esas decisiones tienen nombre, cargo y firma (...) Lo que estamos presenciando es una contabilidad meteorológica: cuando las cifras no cierran, se mira al cielo”. Ahora, ante esta coyuntura, esperaría uno que la administración de Medellín renuncie a obras accesorias que pueden hacer privados —como la remodelación del Estadio—, o que busque cómo generar nuevos ahorros, pero acaba de aprobar también una reforma administrativa con una pesada carga burocrática por más de 12 mil millones de pesos en nómina al año. En fin. Sin Afinia en el portafolio del Grupo EPM, a lo mejor los estudios del metro de la 80 irían muy bien y las transferencias a Medellín hubieran alcanzado para hacer más piscinas con olas. De modo que lo primero es sincerar el debate y, luego, apretarnos el cinturón.
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¿De qué lado está América Latina? Por: @jfsuescun América Latina tiene más gobiernos de derecha, pero más habitantes gobernados por la izquierda. ¿De qué lado está, entonces, la región? La reelección de Lula (@LulaOficial) en Brasil, con el 51,79 % de los votos frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro (@FlavioBolsonaro), reabre una discusión sobre el mapa ideológico latinoamericano. Las victorias de Milei (@JMilei), Kast (@joseantoniokast), Noboa (@DanielNoboaOk), Fujimori (@KeikoFujimori) y Abelardo (@ABDELAESPRIELLA), entre otros, han alimentado la idea de un giro regional hacia la derecha. Pero ¿es suficiente contar presidentes para establecer la orientación política de una región? Le pedí a ChatGPT realizar un ejercicio comparativo. Tomamos 19 países latinoamericanos de habla española o portuguesa y excluimos a las dictaduras: Cuba, Venezuela, Nicaragua y El Salvador. El primer criterio fue contar gobiernos. Entre los 15 países seleccionados encontramos 11 gobiernos de derecha o centroderecha y cuatro de izquierda o centroizquierda. Bajo este criterio, predomina la derecha. Pero cambiemos la pregunta. En lugar de contar gobiernos, contemos habitantes. Brasil y México, gobernados por Lula y Claudia Sheinbaum (@Claudiashein), suman 346,6 millones de personas. Si añadimos Guatemala y Uruguay, encontramos que aproximadamente 368,9 millones de latinoamericanos (62 %) viven bajo gobiernos progresistas, frente a 225,7 millones (38 %) gobernados por derechistas. Cambia el criterio y cambia la conclusión. Podríamos incluso contar kilómetros cuadrados. Brasil, por sí solo, ocupa una extensión considerable del territorio latinoamericano. Sin embargo, esta medición reflejaría la distribución geográfica del poder, pero no las preferencias ideológicas de la ciudadanía. Intentamos entonces un cuarto ejercicio: sumar los votos de los tres primeros candidatos de las últimas elecciones presidenciales de cada país, clasificándolos por orientación ideológica. El cálculo inicial fue 122,80 millones de votos para candidaturas de derecha y centroderecha, frente a 122,45 millones para las de izquierda y centroizquierda. Apenas 346.000 votos de diferencia. 21,29 millones corresponden a candidaturas de centro o difíciles de clasificar. El ejercicio tiene limitaciones: las elecciones ocurrieron en años distintos, no incluimos todas las candidaturas y las identidades ideológicas no son homogéneas. Tampoco significa que quienes viven bajo determinado gobierno compartan sus ideas. Pero las cifras permiten cuestionar lo que se dice tan fácilmente: que hoy América Latina es de derecha. Robert Dahl, en ‘La poliarquía: participación y oposición’ (1971), explicó la importancia de la competencia y la participación para comprender las democracias. Una democracia no se reduce a quienes gobiernan: también comprende a quienes compiten, se oponen y aspiran legítimamente a reemplazarlos, además de los ciudadanos que votan por esos candidatos. América Latina no es tan de derecha como sugieren sus gobiernos, ni tan de izquierda como indica su distribución demográfica. Lo que sí resulta evidente es que ninguna mayoría electoral representa por sí sola la totalidad de una sociedad. Confundir la ideología de los gobiernos con la de los ciudadanos es confundir el ejercicio del poder con la democracia misma.
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¿Por qué Lula sí y Cepeda no? Por: @ramondelosrios Luego de la victoria de Lula da Silva, en lo que podría considerarse una heroica remontada, es preciso preguntarse por qué en Colombia la izquierda no pudo replicar algo similar, dado que ambas campañas se enfrentaron a supuestos de hecho, al menos en principio, muy parecidos. Tanto Lula da Silva como Iván Cepeda perdieron en primera vuelta y quedaron segundos. Ambos se enfrentaban al reto de remontar y, en ambos casos, se estaba sometiendo a las urnas la continuidad de un gobierno de izquierda. Sin embargo, Lula logró remontar, mientras que Cepeda no. Y aquí empiezan las diferencias. Mientras que en Brasil votar por Lula significaba revalidar directamente su gobierno, en Colombia Iván Cepeda representaba una imagen diferente a la de Gustavo Petro. Sin embargo, al parecer, esa relación entre Petro, Cepeda y la izquierda no logró construir una identidad clara, lo que pudo terminar pasando factura. Porque si bien Cepeda representaba una opción de izquierda, no logró desmarcarse de la imagen de Gustavo Petro, ni en un sentido positivo ni en uno negativo. Su identidad política terminó atrapada entre la continuidad de un gobierno y la construcción de un liderazgo propio. Otro factor que podemos analizar es el comunicacional. Mientras Lula entró en una disputa por la comunicación digital, la creación de una identidad en redes sociales y el uso de herramientas como WhatsApp y los mensajes de difusión coordinados y masificados, en la campaña de Iván Cepeda no se logró identificar una estrategia digital igualmente clara. Tampoco vimos a un candidato particularmente dinámico frente a las cámaras ni abierto a interactuar con ellas. Por el contrario, parecía resultarle incómoda esta nueva manera de disputarse la política en el ecosistema digital. Y en una época en donde buena parte de la conversación electoral se construye en las redes sociales, esa distancia puede terminar siendo costosa. Un tercer factor, también relacionado con la comunicación, fue el debate presidencial. En Brasil, @LulaOficial y Flávio Bolsonaro se enfrentaron en dos debates televisados. Allí ocurrieron episodios comunicacionales que lograron trascender las pantallas: el cuestionamiento por los nueve dedos de Lula, producto de un accidente laboral, y su respuesta cuando Bolsonaro le reclamó por el supuesto apoyo electoral de las personas privadas de la libertad, a lo que Lula respondió que esperaba contar incluso con el voto de su padre. Fueron acontecimientos políticos y comunicacionales que circularon más allá de los debates. No podemos demostrar en qué medida influyeron en la votación, pero sí que se convirtieron en parte de la conversación electoral. Por su parte, en Colombia, si bien Abelardo de la Espriella también fue reticente al debate, Iván Cepeda desde un inicio se mostró alejado de ese espectáculo comunicacional. En un escenario en donde probablemente tendría que responder por las decisiones de Gustavo Petro, tampoco pareció dispuesto a asumir esa confrontación. Vale la pena pensar qué habría pasado si Colombia hubiera tenido un debate presidencial entre ambos candidatos. Claramente, las realidades brasileña y colombiana no son las mismas. Sus electorados responden a intereses diferentes y sería apresurado atribuir una victoria o una derrota exclusivamente a la comunicación política. Pero la comparación permite identificar asuntos que hoy resultan fundamentales para cualquier campaña electoral. Ya no basta con ser un buen candidato en la plaza pública o tener un discurso político estructurado. Se necesitan candidatos capaces de desenvolverse en el ecosistema digital, identidades políticas claras, relatos construidos y estrategias de comunicación que comprendan las nuevas maneras en que las personas se relacionan con la política. Tal vez la diferencia entre Lula y @IvanCepedaCast no se encuentre únicamente en sus propuestas, sus gobiernos o sus adversarios, sino también en la manera en que cada uno logró construir y comunicar lo que representaba. Y es que hoy una campaña electoral no solo necesita convencer a la gente de que un candidato tiene razón. También necesita lograr que la gente entienda quién es ese candidato.
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La izquierda que sí remonta Por: @juancarbolivar Lula da Silva e Iván Cepeda llegaron a la segunda vuelta desde el mismo lugar: la derrota. Flávio Bolsonaro aventajó a Lula por 2,2 millones de votos; Abelardo de la Espriella superó a Cepeda por casi tres puntos. Veinte días después, el brasileño había dado vuelta al marcador, mientras el colombiano volvió a perder. La diferencia estuvo menos en la ideología que en la capacidad de reconocer una mala campaña. Lula entendió la primera vuelta como una emergencia. Reorganizó su equipo, abandonó los mensajes abstractos sobre soberanía y minerales críticos, salió a buscar jóvenes y mujeres, concentró esfuerzos en Minas Gerais y puso la mira en los 33 millones de abstencionistas. Además, regresó a los debates después de haberlos evitado y llenó las calles de militantes. El viejo animal político olió el peligro y se movió. Cepeda reaccionó de otra manera. Su campaña había comprado su propia propaganda: creyó que el “fervor popular” podía darle incluso una victoria en primera vuelta y llegó al balotaje sin una estrategia para ampliar la coalición. Cuando descubrió que necesitaba al centro, no supo qué ofrecerle. Hubo mensajes contra el fascismo, invitaciones solemnes a “tomar posición” e intermediarios que tantearon adhesiones, pero faltaron acuerdos concretos y una agenda capaz de responder a las preocupaciones de las clases medias urbanas. Ahí está la primera lección incómoda: al votante que no pertenece a la izquierda no se le seduce ordenándole que demuestre sus credenciales democráticas. Lula buscó convencerlo mientras que Cepeda pareció examinarlo. El brasileño, además, convirtió la elección en una decisión material. Su gobierno aumentó en 15% los pagos de Bolsa Família, que llegan a cerca de 50 millones de personas, y promovió la reducción de la semana laboral de seis a cinco días. La utilización de la caja estatal en plena campaña admite reparos serios, pero resultó políticamente eficaz: Lula no se limitó a advertir que Bolsonaro era peligroso, también recordó qué podía perder cada familia si regresaba esa dinastía al poder. Cepeda apostó casi todo al espanto que producía De la Espriella. Denunció sus presuntos vínculos con la parapolítica y presentó la elección como una frontera entre democracia y autoritarismo. El problema fue que su adversario hablaba de inseguridad, riqueza y orden, asuntos que ya estaban inquietando a los votantes, mientras la campaña del Pacto apenas terminó de estructurar un programa detallado diez días antes del balotaje. A esa torpeza se sumó @petrogustavo. Cuando Cepeda necesitaba adquirir identidad propia, el presidente ocupó el escenario con denuncias de fraude y ambigüedades sobre una constituyente. Cepeda tardó en reconocer los resultados de la primera vuelta y tampoco marcó una distancia necesaria frente a su jefe político. Terminó cargando con el desgaste del Gobierno sin poder exhibir plenamente sus logros y defendiendo una continuidad que nunca explicó cómo sería distinta. @LulaOficial también era el poder, pero consiguió presentarse otra vez como el dique frente a una amenaza. Cepeda, en cambio, apareció como el heredero encubridor de un mal gobierno que pretendía continuar y, simultáneamente, como el candidato que pedía ser juzgado con independencia de ese gobierno. Evidentemente, la contradicción nunca se resolvió. La remontada brasileña tuvo, por supuesto, ingredientes poco edificantes: subsidios oportunamente aumentados, miedo dosificado y toda la fuerza de la Presidencia puesta al servicio de la reelección. Aun así, hubo lectura del momento, flexibilidad y operación territorial. En Colombia sobró superioridad moral y faltó oficio. Lula perdió la primera vuelta y decidió cambiar la campaña. Cepeda la perdió y su entorno prefirió explicar por qué los electores se habían equivocado. Uno salió a buscar los votos que le faltaban; el otro esperó que el miedo a su rival se los llevara hasta la puerta. Lula hizo campaña, y mientras Cepeda esperaba un milagro, efectivamente le llegó “la patria milagro”. Entre las muchas lecciones de esta elección hay una particularmente incómoda para Colombia. La izquierda brasileña sabe hablarles a las clases medias y al empresariado porque tiene un proyecto productivo y un legado que defender. La colombiana, en cambio, carece de una idea económica reconocible, estigmatiza al sector privado y convierte sus contradicciones en excusas. La izquierda de papel vs la izquierda que gobierna más allá del discurso.
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Conquistar mujeres Por: @GouffrayMaria Recientemente tuve la oportunidad de conocer el mundo de los hombres cuarentones de la élite bogotana. Fue como entrar en la machósfera. Muchos de ellos tienen esposa, hijos e hijas, pero no ven a la esposa como una igual. Los que sí son sus iguales son los otros hombres, los amigos: con ellos comparten espacios e intereses y tienen conversaciones significativas. Hacen deporte juntos (entre más arduo y difícil sea para las mujeres: mejor, por lo eligen enduro, motocross, fútbol masculino y similares), viajan, se ríen, planean, se quieren, se valoran. Lo más importante para estos hombres, aquello de lo que depende su identidad y su autoestima, es la opinión de sus amigotes, con quienes, además, se comparan y compiten permanentemente. ¿La esposa? Es difícil saber a ciencia cierta qué significado tiene… Sin duda no es la persona que despierta su locura y pasión, de ahí el dicho (que también escuché por primera vez entre este grupo selecto de machos): “el que no consigue con quién, se acuesta con la esposa”. Tampoco es una amiga: con ella no comparten conversaciones interesantes, poco les importa su opinión sobre temas variados, y claro: no hacen deporte juntos (cosa que, para ellos, es importantísimo). Creería que la esposa cumple el rol de brindarles estabilidad: es un lugar seguro a dónde llegar, un espacio de acogida, cuidado y sobretodo, ese dispositivo que garantiza su reproducción y el cuidado de su prole. ¿Y qué hay de las otras mujeres? Amigas, naturalmente, no son. Son su eterno objeto de deseo… o sus amantes. Como bien decía uno de los que conocí: “yo no tengo amigas, porque a mis amigas me las como”. Como cabe esperar, la fidelidad no es un problema. Lo natural, lo que se espera de ellos, es que salgan de fiesta, conozcan, disfruten y se acuesten con varias “chicas, chicas, chicas”. El ritual consiste en salir con los amigotes en busca de, lo que ellos llaman “culos”. A los amigos de la fiesta les llaman “wingmans”: son una ayuda necesaria y eficaz para conquistar “culitos” o “culos” (a secas, ambos términos son frecuentes en las conversaciones). Ah, cabe aclarar que las amantes también deben tener cierto estatus y frecuentar restaurantes y bares específicos, nunca “Salvaje”, pues, como le escuché decir a alguno de ellos: “allí la comida es mala, cara, y sólo hay putas”. Carne. Cacería. La desvalorización de la mujer es radical. Impresionante. Yo, que crecí en una casa machista y me independicé cuando aún era estudiante porque me hastié de la violencia, quedé impactada. Eso es mucho decir. Carne. Cuando estos hombres están solteros, conquistan: en las primeras citas muestran una cortesía extrema. En realidad se trata de una cacería. La planta carnívora seduce a la mosca con ofrendas y olores magníficos. Es un juego de poder movido por el deseo de posesión. Y no me refiero a la posesión carnal, eso es lo de menos, total, el mundo es de ellos, el banquete de chicas, chicas, chicas, es inagotable. Estos hombres buscan, casi de forma desesperada, poseer a la novia respetable o a la esposa: aquel espacio seguro que ha de garantizar su confort. El juego de la conquista es tan solo eso: un juego, una ficción, y por lo mismo, dura poco tiempo. En la medida en que no hay una valoración real de la mujer (¿será que nos considerarán personas?) no existe un interés genuino en ser amable, brindar cariño, atención y cuidado en el largo plazo, de trabajar, con y para la otra persona. Con el tiempo todo cambia. El sexo, que al principio es fantástico y frecuente, se vuelve simple y soso. El interés por conversar y conocer el mundo de la otra persona disminuye. Las atenciones y el trato cuidadoso desparecen. Las salidas a bailar, el erotismo, e incluso el ritual de la fiesta, merma. El hombre ennoviado o casado sale de fiesta sólo con sus amigotes y llega a horas de la madrugada, bebido. Este es el hombre que ya no encuentra una razón para esforzarse. Después de todo, ella ya es “novia” y pinta pa’ esposa: ha sido conquistada.
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Destino Colombia, treinta años después Por: @MachadoRold Un médico aprende pronto que el diagnóstico tardío suele ser un diagnóstico inútil. El paciente llega cuando la enfermedad ya avanzó, y uno se pregunta por qué no vino antes, cuando los síntomas eran leves y el remedio barato. Los países se parecen a los pacientes en eso. Aguantan. Esperan a que el dolor no los deje dormir para pedir ayuda. Colombia hizo una vez algo distinto. En 1997, la Fundación Buen Gobierno juntó en un mismo salón a gente que en ese entonces no se saludaba en la calle. Había políticos y empresarios, sindicalistas y académicos, y también voceros de los grupos armados, algunos de ellos sin poder estar presentes en la sala. A eso lo llamaron Destino Colombia. Lo condujo Adam Kahane, un canadiense que venía de Sudáfrica, donde había ayudado a que blancos y negros, todavía con la desconfianza a flor de piel, imaginaran juntos el país que seguiría al apartheid. El método era sencillo, y por eso mismo exigente. Nadie tenía que renunciar a sus convicciones ni firmar nada. Se trataba de mirar hacia adelante con honestidad y describir a dónde llevaba cada camino. De esas conversaciones salieron cuatro escenarios con nombre de refrán: “Amanecerá y veremos”, “Más vale pájaro en mano”, “Por la razón o la fuerza” y “La unión hace la fuerza”. El primero pintaba un país que se dejaba arrastrar por la inercia. El último, uno capaz de ponerse de acuerdo en lo elemental, que es respetar la vida del otro. En 2027 se cumplen treinta años de aquel ejercicio. Vale la pena preguntarse cuál de los cuatro escenarios terminamos habitando. Sospecho que un poco de todos, y demasiado del primero. Hagamos la historia clínica de esta década, que se nos va en un suspiro. Llegó una pandemia que desnudó la fragilidad de nuestro sistema de salud y la de millones de hogares que viven del día a día. Nos tocó recibir a la mayor parte de un éxodo venezolano sin precedentes en la historia reciente del hemisferio, y lo hicimos con más generosidad que recursos. Perdimos el grado de inversión, que es la manera técnica de decir que el mundo dejó de confiar en nuestra palabra. El populismo, de un lado y del otro, encontró terreno fértil en el cansancio de la gente. Y el conflicto armado, que algunos creyeron en vías de curación, volvió a supurar en regiones que el Estado sigue sin conocer. No sé bien a dónde vamos. Nadie lo sabe. Pero sí sé que a este ritmo y con este rumbo difícilmente esta será una década ganada. Ya no lo fue. Lo que todavía está en nuestras manos es que la siguiente no sea otra década perdida. La violencia, lo he creído siempre, se comporta como una epidemia. Se contagia, se reproduce en condiciones de pobreza y de ignorancia, y cede ante las mismas medidas que curan cualquier mal colectivo: información, prevención, trato digno. Destino Colombia fue, en su momento, un ejercicio de medicina preventiva. Se reunió a los enfermos y a los sanos, a los que causaban el daño y a los que lo padecían, para que juntos describieran el curso probable de la dolencia. Esa conversación no resolvió el conflicto. Tampoco pretendía hacerlo. Dejó algo más modesto y más duradero, la prueba de que era posible hablar. Hoy esa prueba hace falta. Vivimos encerrados en nuestras certezas, cada quien en su trinchera digital, convencidos de que el adversario es un enemigo y de que escucharlo equivale a rendirse. Así no se cura nada. Por eso quiero proponer una nueva versión de Destino Colombia. No tengo la fundación ni el facilitador sudafricano. Tengo esta columna y la disposición a tocar puertas. En los próximos envíos voy a buscar a gente que piensa distinto de mí, y distinto entre sí, para hacerles la misma pregunta que se hicieron hace treinta años: qué país nos espera si seguimos así, y cuál podría esperarnos si cambiamos.
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¿Por qué no se ríen?: Preludio de un mal show Por: @catamontoya Ni un mal payaso le pregunta al público por qué no se ríe o por qué no aplaude. Todo comediante sabe que las risas y los aplausos son una reacción espontánea de una audiencia que entrega admiración gratis como consecuencia de un buen espectáculo. Tal vez el alcalde del municipio de Dosquebradas no tenía nada por qué sonreír esta semana cuando el presidente Abelardo de la Espriella lo regañó en público. Le dijo, en un video que se hizo viral, “Quite esa cara de seriedad (…) Una risita, hermano, está muy serio, ¡estamos trayendo las soluciones!”. El Alcalde tiene entre el pecho y la espalda más de ocho mil familias damnificadas; 600 viviendas destruidas y más de cuatro mil casas no habitables. Y el Presidente le estaba anunciando 300 subsidios. Pudo pensar en lo que piensa todo el mundo: en la lentitud del Fondo Milagro, en la plata que recogió la Primera Dama con su fundación, todavía en el banco, en la inexperiencia del Gobierno para la gestión de la tragedia… Y no se rió porque nada es gracioso. Ni cuando ADLE le dijo que era más serio que un tacaño recién atracado. Tal vez está llegando la hora en la que algunos empiezan a borrar la sonrisa de la cara porque, a medida que pasan los días, se desvela una sombra cada vez más oscura del talante del Presidente y sus asesores. Ellos parecen perder de vista, aunque no dejan de pelar los dientes, que ganaron por poco más de 200 mil votos y que buena parte de los electores optó por ellos para impedir la continuidad del proyecto de Petro. Solo por eso. No por su batalla cultural. Por eso no es gracioso que entre todo lo que se bajó de las salas del Museo Nacional, piezas diabólicas que encarnan el relativismo moral, el espíritu woke y la apología al terrorismo, se haya escondido un video del plebiscito de 1957, con el cual se le otorgó el derecho al voto a las mujeres en Colombia, y la séptima papeleta, con la que se abrió paso la convocatoria para la Asamblea Nacional Constituyente. Dirá el tigre de uñas largas que ambas cosas: el voto femenino y la Constitución que lo cobija y lo pliega, son instrumentos de adoctrinamiento cultural, que impiden que se entronicen la fe y los valores religiosos, con las mujeres en el centro… De la cocina de la casa. ¡Aplaudan! ¿Por qué no aplauden? Tampoco es gracioso que Carlos Suárez, presidente de la junta directiva de Ecopetrol dé una conferencia en la Andi, a nombre de su marca de estrategia política, como si fuera un viandante común. Parecía convocar al empresariado del país para alzarse en ideas y dar la batalla por las elecciones regionales del año entrante. Dijo allí, menos de 48 horas después de hundido el presupuesto, a causa de la improvisación y la inexperiencia, que las campañas no se ganan con planes de gobierno, sino despertando emociones y sentimientos. Le faltó anotar que lo que no se hace es gobernar a punta de emociones y sentimientos, y sin planes de gobierno como se ve que está sucediendo. Parece, pero no es gracioso, que hasta ahora Abelardo venga haciendo lo fácil: decir por walkie talkie, como un niño con un juguete: “ataquen”, “procedan con la demolición”, “quiten esas obras”, para que se adelanten con operativos, se tumben edificios y se desmonten piezas de museo, se despidan funcionarios. Lo difícil, lo aburrido, que es el rigor en los procedimientos, el diseño de políticas públicas, la ejecución pronta de acciones, como la que pide el país post terremoto, ocurre con errores, traspiés y lentitud. En cambio sí es gracioso es que ADLE esté cometiendo los mismos errores de Petro. Encumbrado en el ego del poder, castigando mínimas discrepancias, gobernando para un pequeño club de fanáticos, cada vez más amenazante, va borrando sonrisas como la del alcalde de Dosquebradas y tal vez las de otros en los que crece la perplejidad y el asombro. Está visto, y no es chiste, que las urnas castigan el mal show.
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Tirano sobre lienzo Por: @Juanramirez889 A pocos metros del Museo Nacional, entre policías, estudiantes, maestros y vendedores ambulantes, había instalado un caballete, una butaca y un par de recipientes de plástico repletos de pinceles. El artista no parecía tener prisa, era parte de los manifestantes que protestaban contra la instrumentalización de la cultura. Tenía varias obras apoyadas contra una pared y otras colgadas de una cuerda improvisada. Había de todo: el Che Guevara, Pepe Mujica, los Beatles, Juanes y una colección de personajes que, vistos juntos, parecían formar una pequeña historia política y cultural del continente. Pero ese día trabajaba en otra cosa. Sobre un lienzo aparecía un hombre que caminaba con la mirada puesta en el horizonte. Vestía de civil, aunque algo en su postura recordaba a un general. El pintor se detenía en los pliegues de la ropa, afinaba la sombra de la mandíbula y repasaba con cuidado las botas militares. El personaje tenía algo de aquellos muñequitos de acción que se consiguen en los remates: era pequeño, rígido, impecable y listo para entrar en combate. A sus pies comenzaba a extenderse un campo de bolsas blancas. Para esa parte el artista había escogido una paleta sobria, llena de  blanco, gris y ocre. Solo un poco de rojo aparecía en el piso, el cual había que mirar con atención para descubrirlo. Quizá el pintor sabía que el rojo era demasiado evidente para ciertos ambientes y decidió no aumentarlo. El título de la obra, escrito en una pequeña cinta blanca junto al caballete, decía: Tirano sobre lienzo. La gente se detenía a preguntar por la técnica, el personaje o el significado de una figura. Otros miraban unos segundos y seguían su camino. Nadie, sin embargo, descolgaba sus cuadros. La calle era su museo y, como ocurre con las exposiciones callejeras, solo la lluvia tenía autoridad suficiente para clausurarlas. A pocos pasos de allí, un grupo de maestros había convertido la calle en un salón de clase. Algunos leían en voz alta. Otros, con micrófono en mano, hablaban sobre lo que significa que un gobierno censure, retire o elimine obras, objetos y narrativas relacionadas con la historia del conflicto armado en Colombia. El paisaje parecía escrito por alguien con mucho sentido del humor: tanquetas, policías, estudiantes, maestros, artistas y música alrededor de un museo que alguna vez fue una cárcel. El pintor parecía entenderlo perfectamente. Por eso, cuando alguien se interesaba por su trabajo, explicaba que utilizaba la exageración para retratar lo que sucedía en el país. Mostraba entonces algunos cuadros en los que se veía a Gustavo Petro montado sobre un jaguar dormido. A Iván Duque como cerdo que hacía malabares con tres naranjas mientras era DJ. A Álvaro Uribe convertido en carnicero, cortando en pedacitos a Colombia. Entre otras representaciones de políticos y empresarios que causaban en los observadores risas y comentarios. Dicha galería llevaba por nombre: Ninguno parece haber cometido un error. Cuando le preguntaron qué significaba la obra que estaba pintando, dejó por un momento el pincel sobre el recipiente de plástico y dijo que era una sentencia, donde no solo los cuerpos eran eliminados, sino que también la democracia, la libertad y la cultura terminaban en bolsas blancas. Mientras hablaba, el Museo Nacional permanecía detrás de él rodeado por una cadena de policías, es decir, convertido nuevamente en una cárcel, pero esta vez de alta seguridad. No sería extraño que bajo las órdenes de Abelardo de la Espriella no solo se desmonten todas las obras de todos los museos de Colombia que no estén alineados con la “Patria Milagro”, sino que se incentive la persecución y eliminación de toda muestra artística callejera. Al parecer, en la era del tigre la curaduría de los espacios culturales no es un asunto menor, es un asunto sagrado. Imagino que ahora que Ordóñez ocupa el ministerio del Interior pasaremos de hablar de curadores a hablar del cura Alejandro, quien dará la línea sobre lo que merece entrar y lo que debe salir de los espacios artísticos de la nación. Y ya que estábamos imaginando, tampoco será difícil pensar en la nueva etapa del Museo Nacional, esa que seguramente los emprendedores del nuevo Gobierno ya tendrían diseñada. Habría un estadero con música de Silvestre Dangond y Ron Defensor en la entrada, discursos del director de Caro y Cuervo cada dos horas, eucaristías guiadas y una tienda de souvenirs con frases como: ¿Por qué no aplauden?, Viva Cristo Rey y Bienvenido a la patria milagro. El catálogo ofrecería una experiencia inmersiva en la historia nacional. Cada visitante podría dar de baja al menos dos obras de arte y los menores de 13 años ingresarían gratuitamente, pero con una restricción para el porte de armas de juego. Para quienes estén inscritos en la estrategia: Por la razón o por la fuerza, terminado el recorrido, se les obsequiará un radioteléfono. Para el resto de los ciudadanos quedaría disponible la sala: Plomo es lo que viene, donde la entrada es gratis, pero la salida no. Al atardecer comenzó a llover con fuerza. El aguacero consiguió lo que no habían conseguido las amenazas de la policía antidisturbios, que los manifestantes se retiraran. El pintor también recogió sus cosas. Guardó las pinturas, desarmó el caballete y desapareció con su exposición callejera. Del Tirano sobre lienzo solo quedó un pincel abandonado sobre la calle, el cual, al entrar en contacto con el agua, escurría un color rojizo. Los policías permanecieron bajo la lluvia. La gente siguió su camino hacia el transporte público. Los carros pasaban con prisa y el Museo Nacional quedó envuelto en un gris espeso que parecía tragarse todo. Solo la diminuta línea roja sobre el piso hacía la diferencia. No sé quién terminará siendo dueño de aquel cuadro. Puede ser que algún día aparezca en una colección privada, en una exposición o en la basura. Lo que sí parece claro es que de este cuadro ya existen muchas copias, cada una de ellas más mala que la anterior.
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Por favor, por favor, que el escritor no haya mentido Por: @CamilaAvril Ay, marica, le respondo a mi amiga después de leer la noticia que me mandó por WA: La novela premiada Donde el agua trabaja está escrita por IA al 99 %, según el detector Pangram. David Silva Rojas, de Perú, se ganó con ese libro el primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat. Es la primera noticia, por lo menos tan importante, en la literatura en español, pero hay una reciente en francés: Thélyson Oriel, haitiano-canadiense, usó IA para escribir C’etait ça ou mourir, la novela que estaba en la shortlist del premio Goncourt, el más prestigioso de las letras en Francia, y que era el furor de estos días en ese país. Thélyson negó el uso de IA para escribir partes de su libro: que usó algunas herramientas de búsqueda, especialmente para otros idiomas, pero “ninguna frase de este libro fue creada por una máquina. (La historia) viene de mis propias heridas”. Que además la empezó a escribir en 2017 y terminó el primer borrador en 2019, cuando la IA no había aparecido comercialmente. Pero Pangram concluyó que la novela fue escrita con la ayuda de la IA, y Thélyson aceptó que plagió, hace diez años, para un cuento y unos artículos de opinión. Hace dos días la editorial se desvinculó del autor, tras una investigación interna, y se dijo que sí, que usó la IA. El escritor de Donde el agua trabaja no se ha pronunciado, pero es temprano: la noticia estalló apenas este viernes 23 de octubre. En el artículo de El País, de España, en el que leo la historia dicen que Pangram es uno de los detectores de texto generado por máquinas mejor valorados, aunque no infalible. El estilo del autor, concreto, y que él explicó que lo tomó del haiku, que concentra una experiencia en muy pocos elementos, podría ser confundido, porque algunos modelos de IA justamente tienden a las frases cortas. Sin embargo, dicen en el artículo, “no hay pruebas de que ese estilo confunda a Pangram, que se fija en patrones que no se ven a simple vista, pero tampoco pueden descartarse”. ¿Y entonces? ¡Fueputa! Estoy esperando, con los dedos cruzados, que el escritor salga con todos sus borradores, que nos demuestre que él sí escribió la novela, que la IA no la usó para escribir ninguna frase, que él pensó, que él sufrió, que se divirtió escribiendo, que es suya. Por favor, por favor, que la novela sea del escritor. Pero también: ¿por qué creerle a la máquina primero? ¿Y si es un falso positivo? ¿Por qué hay que demostrarlo? Dónde está la duda, la presunción de inocencia, la conversación con él. El hecho de que la máquina aprende de nosotros. A la IA le encantan los guiones largos —a mí también, hace años que los uso, ¿no los vuelvo a usar? Y mientras pregunto, la editorial Almadía saca un comunicado de prensa. Dice que la rápida evolución de estas herramientas en el último año plantea nuevos desafíos para el sector editorial, que las bases son claras sobre el no uso de la IA, que el autor firmó un contrató en el que declaró que no la usó, que durante la lectura de la novela ni al jurado ni al equipo les pareció que se hubiera usado IA generativa. “Nuestro trabajo empieza con un encuentro humano… Nos preocupa un escenario en el que confiemos a las máquinas la producción de textos y la autoridad definitiva para juzgar su procedencia. Los detectores pueden aportar información, pero sus resultados requieren interpretación y contraste, en especial, cuando están en juego la trayectoria de una persona y la confianza de los lectores”. Van entonces a realizar una revisión detallada y para eso necesitan tiempo. Por favor, por favor Porque es verdad: hay gente usando la IA para escribir libros. Pero no todos. No los escritores. Lo dijo el escritor Patricio Pron en X: “Ningún escritor que tenga un vínculo significativo y real con la escritura renunciaría a ese vínculo permitiendo que una máquina escriba por él”. Y ahí está la cosa: si yo quiero escribir, si me gusta escribir, si mi sueño es escribir, ¿por qué poner a la IA a escribir por mí o que me ayude? ¿Por qué quisiera que hiciera mi trabajo? ¿Por qué preguntarle por ideas si pensar es justamente parte de la escritura? ¿Si una de las cosas más maravillosas de escribir es decirle a un amigo que vayamos a tomar café a ver si me desatasco? Si escribir es eso: uno escribe porque lo necesita, porque hay algo adentro que explota. Parece obvio, pero es mejor decirlo: si la IA escribe por vos, vos no sos el escritor. Es la IA. La IA escribió por vos. La escritora es la IA, vos no. Y luego tenemos todo el dilema de los derechos de autor: de dónde sacó la IA su historia, sus aprendizajes, y etcétera. Y pasa igual con el diseño, la ilustración, y etcétera. La otra cosa es que la IA requiere de una conciencia para la que no sé si estamos preparados: al final, pedirle que nos dibuje un gato sale gratis, está listo en cinco minutos y queda lo más lindo. Qué importa que nos uniforme a todos en la letra, en los trazos, en los colores. Al final, si un periodista puede tener listos —que no escribir— quince artículos en un día, pues cerremos los ojos que la productividad va en aumento. Y quizá ese es el gran problema: que cerramos los ojos. También lo que dijo Pron en el mismo hilo: “Que si se están utilizando las IA para escribir libros, es porque la depreciación de la literatura —producto, entre otras cosas, de la sobreproducción editorial, con su demanda de ‘temas’ por delante, de ‘formas’, ‘sinceridad’ por delante de ‘arte’ y ‘representatividad’ por delante de ‘individualidad’— nos ha habituado a leer libros tan malos que perfectamente pueden haber sido escritos por máquinas”. Entonces un día nos despertamos, y ya estamos en el estómago del dinosaurio. Pero todavía no: que nos digan si los libros están escritos con IA —que no nos engañen ni nos pongan a ser Sherlock Holmes, que pone además un manto de duda innecesario— y los lectores decidamos si queremos leerlos —yo no quiero, por ejemplo. Porque una cosa es que la IA esté en nuestras vidas —y la vamos a usar, pero la pregunta es para qué, en qué. Bien decía la profesora de octavo: una cosa es la herramienta y otra su uso—, y otra que la queramos y necesitemos en todas partes. Por favor, por favor.
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Una risita, hermano Por: @mariod2118 «Quite esa cara de seriedad (...) Una risita, hermano», le pide Abelardo de la Espriella al alcalde de Dosquebradas, Roberto Jiménez Naranjo. O le exige, quizá, porque al presidente le gusta ordenar para revestirse de poder. Buena parte de las edificaciones del municipio risaraldense sigue en el suelo. Ante la lenta respuesta del Gobierno Nacional para atender a los damnificados del terremoto y la puesta en escena del cuentagotas de las ayudas, el presidente pide sonrisas y manda a decir que habrá pronta recuperación espiritual. Ya antes había pedido ovaciones para sí mismo. «¡Aplaudan! ¿Por qué no aplauden?» La revista Semana —convertida en la oficina de prensa de la Presidencia— publica en sus redes sociales un video que bien podría ser el final de un melodrama: De la Espriella y Ana Lucía Pineda, su esposa, se abrazan, besan y bailan con el mar de fondo. Estamos ante el gobierno como impostura, de la simulación. «Por respeto al público, este programa no contiene risas grabadas», advertían antes de que empezaran los episodios de Chespirito. Lo que está pasando aquí produciría risa, si no supiéramos que la derrota definida por el actual gobierno y sus áulicos —por convencimiento u oportunismo— es peligrosa. Hay un escenario, hay un actor que tiene bien estudiada las formas de su personaje, las líneas que tiene que repetir, todas frases carentes de sentido que, de tanto decirlas, las convirtió en muletillas. El tipo tiene estudiados los movimientos que, pensará él, marcan un estilo. Digo yo que es lo que complementa su conversión en marioneta. Es el gobierno de la contradicción. Censurar para hacer exactamente lo que denuncian: imponer un relato unificado, sin nada que los cuestione. Es el gobierno de la apariencia: montar numeritos perfectamente producidos, con luces, cámara y acción. Y cuando la cosa no sale como se espera, viene el reclamo: sonrían, aplaudan… cállense las dudas y las críticas. Y, sin embargo, sigue habiendo razones para no reír, para no aplaudir, para no cejar en las dudas, para criticar. Porque vuelve el inquisidor Alejandro Ordóñez quien, además de anteponer sus creencias personales sobre los derechos de los demás y querer gobernar con la Biblia por sobre la Constitución, ha demostrado ser un hombre que es capaz de ofrecer lo que no es suyo para quedarse con el poder que se le ha prestado. Porque vuelve la también reaccionaria Viviane Morales, ahora para ponerle paso firme al desmonte de la fallida Paz Total y darle rienda suelta a otro capítulo de esta guerra colombiana que dirán que es otra, pero que se parece tanto a las que ya han pasado, la misma en la que pierden siempre los mismos. Porque los alfiles de la mal llamada batalla cultural —que no es otra cosa que un retorno a la oscuridad de los libros sagrados, los rezos y la negación de todo aquello que no se ajuste a lo que creen ellos que mandan sus santas escrituras— están desatados y deseando esparcir su virus de la intolerancia en más y más lugares. No está la cosa para ser falsamente amables. No nos podemos quitar la cara de seriedad, señor presidente, porque no se nos acomoda la risa cómplice que, sospecho, le devuelve a usted el espejo.
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El ministerio sacrificado Por: @Migueevam Desde 1997 el Ministerio de Cultura ha servido para coordinar, regular y emitir las disposiciones que tienen que ver con la preservación y la promoción de las artes, saberes, tradiciones y culturas de Colombia. Entre sus dependencias hay organismos como el Instituto Caro y Cuervo, el Archivo General de la Nación, el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, la Biblioteca Nacional y el Museo Nacional. Aunque este ministerio es una entidad clave para preservar distintas tradiciones y manifestaciones del país, su gestión y sus aportes suelen pasar desapercibidos. Son pocas las iniciativas que recuerdo del Ministerio de Cultura, así como a pocos de sus ministros. Me acuerdo de la Economía Naranja promovida por el expresidente Iván Duque, que buscaba impulsar la producción cultural y creativa del país —cine, música, libros, diseño, moda, software— con incentivos tributarios y la meta de elevar su peso en la economía del 3% al 5% del PIB. Una política de Estado que terminó quedando corta ante la expectativa de lo que buscaba alcanzar. Otro caso destacado fue el del nombramiento de ministra de Patricia Ariza en el comienzo del Gobierno Petro, la cual hablaba del sector cultural para generar un cambio social de las comunidades a través de la cultura como un agente movilizador. Sin embargo, Patricia Ariza fue de las primeras ministras en salir del gabinete, y pasaron por él otras figuras que parecían figurar sólo para apoyar al presidente más que por una dirección destacada. El Ministerio de Cultura, lastimosamente, parece siempre quedar relegado a un segundo plano frente a otros Ministerios como el de Hacienda, Interior o Defensa, tal vez por la manera en la que vemos la cultura en Colombia, como algo a lo que somos ajenos, que parece ser una cosa estética y no algo que busquemos entender o disfrutar. Yo soy uno de los que les apuesta a las artes. Estoy a un mes y medio de graduarme como Profesional en Literatura, y si le apuesto a esta profesión no es solamente porque ame leer y escribir, sino porque creo que el arte y la memoria, en sus múltiples manifestaciones, tienen mucho poder y pueden generar muchas salidas laborales y profesionales. Sin embargo, estas dependen de estímulos y de protección, los cuales en este momento se están viendo fuertemente amenazados. Bajo el liderazgo de Paola Holguín, nuestra actual ministra, ha habido una serie de casos preocupantes dentro del sector, como el de la actual directora de la Biblioteca Nacional. Julia Cristina Daza Noguera es comunicadora social y periodista; hasta antes de ser nombrada para este cargo se había enfocado en comunicaciones y asesorías políticas, pero no tenía experiencia en el sector del libro. Además, funcionarios de la Biblioteca han denunciado que ha habido malos tratos de su parte, y un desconocimiento generalizado del sector, ignorando las funciones de una biblioteca y confundiéndolas con las de una editorial, proponiendo medidas que ya se vienen implementando o mostrando un abierto desconocimiento de archivo o hasta de autores emblemáticos como José Eustasio Rivera. El caso de Daza es particularmente indignante para mí porque, viendo en noticias cuales son algunos de sus vacíos, me di cuenta que yo, como egresado no titulado, soy una persona más competente para el cargo que ella, así como mis amigos, mis profesores, mis colegas y los egresados de programas similares como filólogos, bibliotecólogos, promotores de lectura, museógrafos, antropólogos y demás, personas que nos hemos formado en este sector estamos siendo abiertamente ninguneados por una institución gubernamental que debería proteger y darle visibilidad a estas profesiones. Y no podemos olvidar la puñalada final, la que una semana después sigue desangrando a Colombia en todos los rincones. La mañana del viernes 16 de octubre despertamos con la noticia de que habían mandado a recoger varias obras del Museo Nacional. Una de las obras más polémicas es un retrato del excandidato presidencial asesinado Carlos Pizarro Leongómez, el cual fue comandante del M-19 y después de que el grupo armado se desarmara fue candidato presidencial. Este cuadro fue descolgado junto con el de Bernardo Jaramillo Ossa, otro excandidato presidencial de tendencias de izquierda, pese a que él nunca empuñó un arma. Ambas pinturas eran parte de una exposición de candidatos presidenciales asesinados, de la cual Luis Carlos Galán Sarmiento afortunadamente no fue descolgado. Si bien es válido cuestionar y condenar las acciones delictivas de Pizarro, no es válido violar la independencia de una entidad con autonomía técnica y administrativa como el Museo Nacional y exigir el retiro de obras de arte que no se alineen a los principios de un gobierno de turno. Es todavía más preocupante saber que en esa gran purga se retiraron obras y emblemas de la historia nacional como la séptima papeleta, el bolígrafo del Acuerdo de Paz, la cédula de una mujer trans, y demás creaciones y símbolos de resistencia de minorías que han sido históricamente vulneradas y perseguidas como las personas LGTBIQ+. Y tal vez lo más preocupante sea el discurso del presidente De La Espriella para justificar el acto, en el cual afirmó que “El Estado tiene el deber moral, insoslayable y político de impedir que los espacios culturales sean captados por el socialcomunismo ateo”. Loable discurso, sobre todo sabiendo que esa declaración implica saltarse por encima la Constitución, amenazando principios como la libertad religiosa, la libertad de expresión y el respeto del pluralismo. Y del mismo modo es loable la trayectoria de Holguín en su cargo, sabiendo que su experiencia en el sector cultural se limitaba a declarar el carriel patrimonio nacional, y que en estas semanas su hoja de vida ha sido noticia, porque según reportes de prensa no terminó dos maestrías. Paola Holguín es una digna representante de los Nunca, porque al parecer nunca ha terminado un posgrado. Debo decir que celebro que esta decisión haya sido tumbada por una tutela que ordenó conservar y mantener todas las piezas retiradas, así como celebro que la ministra de Cultura haya sido citada a control político por todas estas acciones, pero no por eso dejo de tener preocupación al ver a mi sector tan precarizado. Veo algunas comunicaciones, declaraciones y actos del Ministerio de Cultura y pienso que se está convirtiendo en un Ministerio de Propaganda, que su gestión parece que llevaran una vaca al matadero, y que con lo que fuera quedando de la memoria del país, se va construyendo un relato a la medida del gobierno de turno. Un relato basado en el adoctrinamiento contra el que dicen luchar. Pero cuando se analizan y se entienden sus acciones se ve que es el Ministerio de Cultura el que activamente lo promueve priorizando una imposición ideológica sobre una gestión competente. El arte merece más. Merecemos más que funcionarios incompetentes, descarados y cínicos sin ningún mérito o aptitud para sus cargos, mientras se pasa por alto la formación de tantos profesionales capaces de gestionar estos campos. Espero que la resistencia que está habiendo por parte de varios sectores (museos, bibliotecas, etc.) impida que volvamos a sufrir por algo así, que las funciones del Ministerio tomen la relevancia pública que merecen, y que se mantengan condiciones dignas para los que tenemos la ridícula idea de hacer del arte un oficio. Espero que se nos haga el milagro.
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Ganar era lo fácil Por: @ncalleh El miércoles nos enteramos de que el presidente de la República había apartado de su cargo al ministro del Interior, Rodrigo Lara. En su reemplazo llegaría el exprocurador Alejandro Ordóñez Maldonado, el mismo que, en su momento, destituyó a Gustavo Petro de la Alcaldía de Bogotá en medio del escándalo de las basuras. Lara nunca me pareció un ministro del Interior particularmente destacable. Cometió errores impropios de quien ocupa una de las carteras más importantes del Gobierno y sufrió derrotas políticas contundentes que, en apenas dos meses, han contribuido a erosionar significativamente la confianza que muchos ciudadanos, entre ellos yo, depositamos en este Gobierno. Por eso, su salida no me sorprende en lo más mínimo. Por el contrario, me parece una consecuencia bastante previsible de una gestión que, en muy poco tiempo, acumuló más desaciertos que resultados y terminó por hacer insostenible su permanencia en el cargo. Por su parte, al exprocurador se le conoce por diversos atributos: la firmeza de sus posiciones, su actitud implacable frente a la oposición y su capacidad para defender sus convicciones hasta las últimas consecuencias. No pretendo hacer un juicio de valor sobre estas características; sin embargo, considero que el cargo de ministro del Interior exige otras cualidades, especialmente la capacidad de construir consensos, tender puentes y mantener abiertos los canales de diálogo, incluso con quienes piensan distinto. Hoy, más que nunca, el Gobierno necesita un ministro del Interior capaz de conciliar, alcanzar acuerdos y tender puentes; alguien que, llegado el momento, tenga la altura política suficiente para hacer concesiones a la oposición cuando estas contribuyan al bienestar del país. Porque gobernar no consiste únicamente en defender las propias convicciones, sino también en reconocer que, en una democracia, ninguna fuerza política tiene el monopolio de la razón. El Ministerio del Interior no puede convertirse en una trinchera desde la cual se profundicen las diferencias, sino que debe ser un espacio de interlocución en el que estas puedan tramitarse. Al fin y al cabo, la capacidad de un gobierno para sacar adelante su agenda no depende exclusivamente de la firmeza con la que defienda sus posiciones, sino también de su disposición para escuchar, negociar y construir consensos sin renunciar a sus principios. Como bien se dice en Hamilton, uno de mis musicales favoritos, escrito por Lin-Manuel Miranda: "Winning was easy, young man; governing is harder" (Ganar fue fácil, joven; gobernar es más difícil). Y hoy el Gobierno nacional parece estar descubriendo el significado de esas palabras de una manera que dista mucho de ser la ideal. Porque una cosa es conquistar el poder y otra muy distinta es ejercerlo con la responsabilidad, la prudencia y la capacidad de diálogo que exige la democracia. La llegada de un nuevo ministro del Interior debería representar una oportunidad para corregir el rumbo, reconstruir las relaciones con el Congreso y recuperar la confianza perdida. Sin embargo, me preocupa que el Gobierno esté confundiendo la necesidad de recuperar autoridad política con la de endurecer sus posiciones. La firmeza puede ser una virtud, pero cuando se ejerce sin disposición al diálogo corre el riesgo de convertirse en intransigencia. Al exprocurador, como a todos los que llegan a un cargo en el gobierno, le deseo el mayor de los éxitos, total, si le va bien al gobierno, indefectiblemente nos irá bien a los ciudadanos. Pero ojalá esta nueva etapa sirva para entender que las diferencias políticas no se resuelven simplemente imponiendo posiciones ni convirtiendo a los contradictores en enemigos. Gobernar exige saber cuándo defender una postura y cuándo ceder en ella. Porque, al final, el verdadero éxito de un gobierno no debería medirse por la cantidad de disputas que gana frente a sus opositores, sino por su capacidad para, a través de sus políticas, mejorar las condiciones materiales de sus ciudadanos.
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Cuento de terror Por: @SantiHenaoC Para escuchar leyendo: Dernière Danse, Indila. A la vuelta de la esquina tenemos Halloween, ¿cómo anda este añito, ah? En fin, ya los niños andan puliendo el disfraz y calculando qué cuadras dan mejores dulces. Pero queridos paisanos, quiero aprovechar que aún estamos con tiempo para advertirles sobre una entidad espectral que no sale en las películas, pero que ronda nuestros barrios desde hace décadas. Tengan cuidado con ella cuando salgan a pedir dulces, y sobre todo cuando vayan a dar el voto el año entrante. Nadie sabe bien de dónde salen. Unos dicen que de las sedes de campaña vacías, otros que de los salones oscuros donde se firman los avales. Se les ve deambular cada cierto tiempo, antecitos de las elecciones, persiguiendo a ciudadanos incautos con lemas vacíos y ahora con imágenes de IA baratas. Uno los reconoce por los detalles. Sonríen un segundo de más, extienden una mano tibia y saludan como si lo conocieran a uno de toda la vida, aunque el resto del tiempo ni se acuerdan de que el barrio existe. Repiten siempre la misma letanía: que ahora sí, que esta vez sí. Dicen “vamos a” y nunca dicen quién paga. Aquí en Medellín, por ejemplo, usan siempre la misma camisa celeste de manga larga, se peinan igual, y adoptan un sonsonetico tan maluco que, además de insultar el hablao paisa, lo hace a uno preferir oírle los lamentos a la Llorona misma (Ojalá la de Chavela). Dejan rastros, paisanos, pendones desteñidos en los postes, volantes en el suelo mojado, un jingle que no se le sale a uno de la cabeza. Ahora fabrican abuelitas sonrientes con seis dedos y ciudades relucientes que no están en ningún mapa. Parecen sacados de un mal sueño y solo sirven para que uno siga dormido. En Medellín y Antioquia ya los empezamos a ver. Aparecen al caer la tarde bajo los guayacanes y los yarumos, midiendo los troncos con la mirada y hablando de progreso. Repiten orgullosos que hay que tumbar árboles para abrir más vías, que a la Regional hay que ponerle un segundo piso, y lo dicen sobre un valle que cada marzo se asfixia en su propio humo. No es que no les de vergüenza ¡Es que les da orgullo! Esos espectros no recuerdan la sombra que dan los árboles ni el aire que nos queda. Solo ven cemento y la cara de incautos a quienes les creen. Lo más escalofriante es que no hacen daño enseguida. Esperan. Cuando uno les entrega el voto, la entidad se instala en un despacho con aire acondicionado y se desvanece. Las promesas se pudren despacito: la obra a medias, el contrato torcido, el presupuesto que se evaporó. O peor, cumplen las malevas ideas para asfixiarnos más. Por eso, queridos paisanos, les quiero dejar este cuento con el cariño de vecino: huyan de los politiqueros con promesas baratas y dañinas, de sus hordas de zombis pagados con contratos, porque pueden hacer realidad la peor de las pesadillas. Pidan propuestas con cifras y desconfíen del que solo llega cuando hay votos de por medio. Que los pelaos pidan dulces tranquilos. El verdadero truco nos lo hacen cada cuatro años. ¡Ánimo!
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Vírgenes y payasos como rebeldía Por: @catalinafrancor “El cinismo es hoy el último refugio de los que temen comprometerse”. Elvira Lindo. Hablaba Nuria Labari en su columna sobre las jóvenes que llevan vírgenes y cruces como accesorios por moda, por rebeldía. Jóvenes que crecieron en familias laicas pero a quienes, según ella, las generaciones que las preceden les han fallado, así que no encuentran lugar en el mundo y finalmente les queda “tal vez la Virgen. O la revolución”. Se refería a esa porción de la juventud cada vez más religiosa y más de derecha. Una juventud que pesa en el cambio que vive el mundo, definiendo el futuro de países, sociedades y de la humanidad. Este domingo se votará la segunda vuelta en Brasil. Recurro a Eliane Brum que, instalada valientemente en plena Amazonía para escribir desde dentro de la catástrofe, lleva insistiendo semana a semana desde hace años sobre la gravedad de lo que sucede: “No son unas elecciones normales y quien las trate como si lo que estuviera sobre la mesa fueran dos proyectos compatibles con la democracia está desinformando a los lectores. No hay neutralidad posible cuando lo que está en juego es la propia democracia, la supervivencia de la Amazonia y la vida de muchos”. Y dice el periodista brasilero Joan Royo Gual que los votantes “tendrán en sus manos el destino de la mayor selva tropical del mundo (…) reguladora del clima y dique de contención clave frente al calentamiento global, con las mayores reservas de agua dulce del mundo y unas riquezas naturales que aún se desconocen en muchos casos”. Recordando también que “en los cuatro años del Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva la deforestación en la Amazonía ha caído un 71%, hasta llegar a los niveles más bajos desde 1988. Con Bolsonaro padre subió un 60%”. La Amazonía morirá si gana el candidato de extrema derecha, hijo de un criminal que trató de quedarse en el poder con un intento de golpe de Estado. Muchos supuestos amantes de los animales y la naturaleza miran para otro lado. Así como con la democracia: resulta desolador pensar en aquellos que tanto la defienden, a no ser que la amenaza venga de la derecha. Que buena memoria hay en España, en donde tantísima gente recuerda el horror del fascismo y habla en voz alta para recordarlo e impedir su regreso. "La filósofa Judith Shklar advertía que la frontera entre la desgracia y la injusticia no la traza la naturaleza sino la política, y que solemos llamar desgracia a aquello de lo que no queremos hacernos cargo", escribió Máriam Martínez-Bascuñán. Percibimos el humo en un mundo en llamas. Las tremendas noticias diarias han perdido cualquier capacidad de asombrar proporcional a su gravedad. Hemos dejado de hacernos cargo, sintiendo que nos han fallado, así que millones se rebelan aferrándose a payasos que prometen a los gritos, intentan desafiar a quienes les producen ira, supuestos culpables de todo, y entonces van por ahí exhibiendo su afinidad a las caricaturas artífices de la oscuridad. Ojalá no estuviéramos tan seguros de todo, fuéramos más capaces de dudar. Escribió Juan José Saer en El entenado: “Pero ahora que soy un viejo me doy cuenta de que la certidumbre ciega de ser hombre y sólo hombre nos hermana más con las bestias que la duda constante y casi insoportable sobre nuestra propia condición”. Hubo una vez un año remoto en el que el triunfo de un magnate zanahoria para liderar la democracia más poderosa del mundo pareció un chiste malo. Aquella pesadilla se ha convertido en la norma. Bien lo dijo Antonio Muñoz Molina: “La templanza es menos fotogénica que la ira”.
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Petro, el lastre de la oposición Por: @MateoGrisalesC7 Después de cuatro años marcados por una estridente forma de gobernar, Petro reclama ahora su lugar como líder único e indiscutible de la oposición, la izquierda y las causas progresistas. Sin embargo, el peso de su figura parece ser más un estorbo que un impulso para quienes deberían estar concentrados en ejercer control político y construir una alternativa al actual gobierno. Cada semana, el expresidente vuelve a ser noticia por las secuelas de los desastrosos resultados de su administración en materia fiscal, seguridad o salud; por las graves denuncias de corrupción que rodearon su gobierno o por los escándalos relacionados con su vida privada. Y cada día que la opinión pública concentra su atención en estas controversias es un día menos de escrutinio sobre las decisiones, los errores y los abusos del gobierno actual. Petro fue un mal presidente. No solamente por sus resultados, sino por una forma de ejercer el poder marcada por la megalomanía, el egocentrismo y, sobre todo, la falta de método y rigor. Su liderazgo en la oposición parece ser una prolongación de ese mismo estilo: mucho protagonismo, demasiada confrontación y poca capacidad de organización. La oposición del Pacto Histórico lleva dos meses con un supuesto gabinete a la sombra, pero sin una ruta clara, sin una agenda reconocible y en medio de duras disputas internas. Le entregaron a Petro el protagonismo de las réplicas al presidente y el resultado produce más pesar que interés. Mientras tanto, sus alfiles más experimentados dedican más tiempo a defender lo indefendible de su legado que a ejercer control político sobre quien llegó al poder prometiendo destruirlo. Es una oposición atrapada en la profunda vanidad de su líder. Incapaz de pasar la página, de renovar sus liderazgos y de comprender que defender las causas progresistas no debería significar defender a Petro a cualquier costo. Y ese es quizás el mayor daño que el expresidente le está haciendo a su propio sector político: convertir las causas que dice representar en una extensión de su personalidad. La defensa de la justicia social, la igualdad, el medioambiente o las libertades no puede depender de la lealtad incondicional a un dirigente, mucho menos de la obligación de justificar sus errores. Colombia necesita una mejor oposición. Una que investigue, cuestione, proponga y ejerza un control político serio. Una que entienda que oponerse al gobierno no consiste en protagonizar toda polémica, sino en ofrecerle al país alternativas creíbles. Mientras Petro siga siendo la principal contracara del actual gobierno, y no aparezcan otras opciones viables, los extremos seguirán alimentándose mutuamente. Cada uno encontrará en los excesos del otro la justificación perfecta para los propios. Así, la polarización dejará de ser una consecuencia de nuestra política para convertirse en su principal mecanismo de supervivencia. No confío en que el Pacto Histórico sea capaz de romper ese círculo. Hasta ahora, parece incapaz de organizarse alrededor de un proyecto que no dependa de la figura de Petro. La pregunta es si otros sectores políticos tendrán la capacidad de construir una oposición digna, rigurosa y concentrada en los problemas del país. Porque una democracia no solamente necesita un buen gobierno. También necesita una oposición a su altura.
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¿Cuánto les cuesta la verdad? Por: @Tania_Torres___ La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) enfrenta una reducción de $181.402 millones en el presupuesto de 2027. Aunque el Gobierno anunció que expedirá el presupuesto por decreto, tomando como base el texto aprobado en primer debate, la discusión sobre los recursos del tribunal dejó algo claro: hay sectores políticos que siguen cuestionando su existencia y sus resultados. Me conflictúa la facilidad con la que personas que no han tenido que buscar a un familiar desaparecido, que no han tenido que reconstruir sus vidas después de la violencia o que no han tenido que convivir con las consecuencias del conflicto se sienten autorizadas para reducir una institución de esta naturaleza a una discusión sobre cuánto cuesta. Como si la paz pudiera liquidarse en una hoja de Excel y la reparación de las víctimas fuera un gasto prescindible. La JEP nació del Acuerdo de Paz de 2016, durante el gobierno de Juan Manuel Santos, para investigar y juzgar los crímenes más graves cometidos durante el conflicto armado. No es una institución improvisada ni un capricho político. Su creación responde a la necesidad de esclarecer una violencia que durante décadas dejó a miles de familias sin respuestas y a un país acostumbrado a enterrar a sus muertos sin saber quiénes los había asesinado ni por qué. Hablemos de los falsos positivos. Durante años, la cifra que conocimos fue de 6.402 víctimas, pero la investigación de la JEP amplió el periodo analizado y llegó a identificar 7.837 víctimas de ejecuciones extrajudiciales entre 1990 y 2016. La cifra crece porque aparecen nuevos elementos y se reconstruyen hechos que durante años permanecieron ocultos. No son números para alimentar una disputa partidista. Son personas asesinadas ilegítimamente y presentadas como bajas en combate, familias que merecen saber qué ocurrió y responsables que deben responder por sus actos. A la fecha, los macrocasos y las investigaciones abiertas por el tribunal abarcan alrededor de 840.000 víctimas del conflicto armado. Detengámonos un momento en esa cifra. La JEP ha recibido más de tres billones de pesos desde 2018, según los datos presentados en el debate presupuestal. Si dividiéramos esa suma entre esas 840.000 víctimas, hablaríamos de aproximadamente 3,57 millones de pesos por víctima durante todo ese periodo. Es un ejercicio ilustrativo, no una fórmula para distribuir el presupuesto ni una medida de reparación individual. Pero sirve para preguntarnos algo: ¿cuánto vale recuperar a un hijo desaparecido?, ¿cuánto cuesta devolverle la tranquilidad a una familia que lleva décadas buscando respuestas?, ¿cuánto dinero repara una vida arrebatada? Ni siquiera esos billones alcanzarían para responder al dolor que dejó la violencia. Y, aun así, hay quienes pretenden que la discusión se agote en cuánto cuesta mantener la institución que busca esclarecerla. Que la JEP deba rendir cuentas no está en discusión. Sus contratos, desplazamientos y gastos deben ser transparentes, y sus resultados tienen que evaluarse. Lo que me cuesta entender es que algunos congresistas presenten sus cuestionamientos como si el tribunal no hubiera producido resultados, desconociendo el trabajo de investigación, reconocimiento y búsqueda que ha desarrollado. La justicia restaurativa no consiste en perdonar a los responsables y dejarlos seguir con sus vidas. Exige verdad, reconocimiento de responsabilidades, reparación y garantías de no repetición. La justicia ordinaria tampoco ha conseguido esclarecer por sí sola todos los crímenes de una guerra que atravesó generaciones y territorios enteros. Las audiencias de reconocimiento, los procesos restaurativos y la búsqueda de desaparecidos no son paseos ni actividades innecesarias. Son parte de una justicia que intenta responder preguntas que durante décadas quedaron abiertas. En el caso de Casanare, por ejemplo, las investigaciones sobre personas desaparecidas y presentadas como bajas en combate muestran por qué es necesario reconstruir los hechos, establecer responsabilidades y escuchar a las familias. Para quienes llevan años buscando a sus seres queridos, conocer la verdad no es un resultado menor. Y esta discusión no se puede separar de lo que está pasando con la memoria en Colombia. Las controversias alrededor del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación y las decisiones políticas sobre qué expresiones artísticas deben permanecer en el espacio público me preocupan porque parecen partir de una misma pregunta: ¿quién decide qué debe recordar el país y qué puede borrar de su historia? El monolito del Centro de Memoria no está ahí para decorar una ciudad. Es un memorial que representa el duelo de miles de víctimas y la necesidad de reconocer nuestra historia violenta. ¿También vamos a demolerlo porque nos incomoda lo que representa? La JEP utiliza las instalaciones y plataformas del Centro de Memoria para desarrollar audiencias, transmisiones y diálogos pedagógicos relacionados con la verdad, el reconocimiento de responsabilidades y la no repetición. La memoria y la justicia transicional están conectadas: sin preservar lo ocurrido, sin escuchar a quienes sobrevivieron y sin reconocer a quienes fueron asesinados, difícilmente podremos construir una sociedad que no repita su historia. Esto no se trata de traer a Álvaro Uribe al banquillo de los acusados, como pretenden simplificar algunos la discusión. Se trata de que ninguna persona esté por encima de la obligación de esclarecer los crímenes y responder ante la justicia cuando corresponda. Tampoco se trata de darle a la JEP un cheque en blanco. Se trata de entender que una institución puede y debe ser vigilada sin desconocer el propósito para el que fue creada. La JEP fue concebida para funcionar durante quince años y lleva ocho. No podemos exigir que resuelva en ese tiempo todas las heridas de una guerra que duró décadas, aunque sí debemos pedirle resultados y cumplimiento de sus obligaciones. Mientras discutimos sus costos, hay madres que siguen buscando a sus hijos, niños y niñas que crecieron con familias destruidas y comunidades que hoy enfrentan nuevas formas de violencia y reclutamiento. ¿De verdad creemos que debilitar las herramientas para esclarecer el pasado nos ayudará a resolver esas heridas? Entiendo a los congresistas que exigen explicaciones sobre los recursos públicos. Lo que me cuesta aceptar es que la preocupación por el presupuesto termine pesando más que la obligación de escuchar a las víctimas. Todos los días convivimos con dolores que no sabemos cómo perdonar y, aun así, tenemos el atrevimiento de decidir cómo deberían repararse los demás, cuánto deberían costarnos sus heridas y cuándo tendrían que dejar de hablar de ellas. En un país con tanta violencia, la JEP es necesaria. Podemos discutir su gestión, exigir transparencia y corregir sus fallas, pero no podemos convertir esas discusiones en una excusa para desconocer su papel restaurador ni para cerrar los ojos ante las verdades que todavía faltan por conocer. Hay futuro si hay verdad.
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¿Y el periodismo? Por: @MariantoniaRG “El periodismo, el buen periodismo, debe iluminar, ayudar a entender y decantar en medio de la incertidumbre.” Yolanda Ruiz A la periodista no se le olvidó cómo hacer preguntas. No quiso incomodar a la primera dama, eligió sonreír e, incluso, reforzar las palabras de la entrevistada. El episodio de Vanessa de la Torre entrevistando a Ana Lucía Pineda es una perfecta imagen de lo que acontece entre los periodistas y medios tradicionales con el gobierno de Abelardo de la Espriella: los primeros asumieron la decisión de no incomodar al poder. Y el segundo insiste en señalar cuál es el “periodismo verdadero, el que sí le sirve al país”. Y buena parte de los periodistas de medios tradicionales se mantienen en silencio. Es oportuno recordar las palabras de la periodista Yolanda Ruiz al recibir el “Gran premio a la vida y obra de una periodista” en el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar: “Las sociedades están cimentadas en la confianza y es grave que se pierda. Algunos están interesados en que se pierda esa confianza en la prensa. Para los líderes autoritarios el periodismo independiente es un peligro, una piedra en el zapato, por eso cazar peleas con la prensa está en el manual de todo populista y aprendiz de autócrata, sin importar en qué orilla esté alineado. Para hacerlo se tiende un manto de duda sobre todos en nuestro oficio.” Ruiz describe lo que hoy acontece en Colombia. Que el presidente defina cuál es el periodismo que sí le sirve al país es trazar, sin resistencia, una línea entre los periodistas que le convienen y los que le estorban. El silencio de los medios tradicionales tiene explicaciones. Dependen de la pauta, del acceso a las fuentes oficiales y de mantener una buena relación con quienes gobiernan y cuando ese vínculo pesa más que la pregunta, se nota. Volviendo al discurso de Yolanda Ruiz: “Este trabajo, reitero, es un ejercicio de resistencia pacífica porque nos obliga a ser veedores de todos los poderes. Y todos, absolutamente todos los poderes, quieren en algún momento interferir con la información. Incomodar es parte de nuestra tarea, como preguntar y cuestionar.” Esa tarea exige preguntar lo que la ciudadanía no puede preguntar y contrastar lo que el gobierno dice con lo que hace, sin importar quién gobierne. Un medio que renuncia a esta por acomodarse deja de cumplir su razón de ser, aunque siga llamándose periodismo. Por eso quiero cerrar con un llamado a los periodistas independientes: sé que corren un alto riesgo, pero, por favor, no claudiquen. Serán señalados, probablemente más que los otros, pero la distancia que mantienen frente al poder es lo que les da autoridad y hoy esa distancia está menos contaminada que la de los medios tradicionales. Como sociedad nos corresponde custodiarlos. Un periodista que investiga sin respaldo queda expuesto. Leerlo, compartir su trabajo, apoyarlo económicamente cuando sea posible y no dejarlo solo cuando lo ataquen es lo mínimo que podemos hacer para que la investigación continúe.
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Confiar en el vecino Por: César Herrera De la Hoz El país sabe cuántos homicidios hubo ayer. Casi nunca se sabe cuánto confía una persona en quien vive al lado, y de ello depende, en parte, lo que ocurre antes de que algo se convierta en delito. En Colombia, esa confianza se queda en el círculo cercano. En la octava ola de la Encuesta Mundial de Valores, la confianza en la familia es altísima y en los conocidos sigue siendo alta. Pero cae rápidamente a medida que la persona se vuelve menos cercana y, frente a quien se acaba de conocer, es muy baja. La confianza no es lo mismo que la tolerancia. En Bogotá, la misma encuesta muestra que el rechazo a tener como vecinos a personas de otra raza o a personas homosexuales cayó con fuerza respecto de 2018, aunque persiste en algunas localidades. Se acepta más al otro, pero eso no implica que se confíe más en él. La tolerancia evita el conflicto abierto. La confianza permite la cooperación. Para la convivencia hacen falta las dos. Esto importa para la seguridad por una razón que la academia ha estudiado durante décadas. En un trabajo clásico sobre barrios de Chicago, los autores llamaron eficacia colectiva a dos cosas juntas: que los vecinos se tengan confianza y que estén dispuestos a actuar cuando algo anda mal. Es el vecino que interviene para evitar una pelea en la calle o que reclama por daños en un espacio público del barrio. Los barrios con más de ella registraron menos violencia. Y la diferencia no se explicaba por quiénes los habitaban ni por la violencia que ya habían sufrido. Lo que cuenta no es solo confiar. Es estar dispuesto a hacer algo. Esas acciones pequeñas son el primer nivel de la convivencia y se apoyan en una confianza mínima de que el otro hará lo mismo. Cuando esa confianza falta, el conflicto cotidiano tiene dos caminos. Escala hasta volverse violento, o se resuelve ante un tercero que impone su ley. Y quien desconfía del vecino y de la policía tampoco denuncia, así que el problema no llega a ninguna estadística. Conviene cierta cautela. Los resultados de Chicago no se han replicado de la misma manera en todas las ciudades. Además, la causalidad puede ir en la dirección opuesta, ya que la violencia también destruye la confianza. No es seguro cuál pesa más. Aun así, los indicadores de seguridad casi nunca miden la confianza entre vecinos ni la disposición a intervenir, y una política que no los considera trabaja con solo una parte del cuadro. Medir la confianza no la crea, pero permite saber en qué barrios la convivencia se sostiene por sí sola y en cuáles depende por completo de la autoridad.
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¿Debe el Estado financiar el arte y la cultura? Por: @TrujilloUrrea El mago Kandú volvió a los escenarios esta vez como analista social. El actor Robinson Díaz declaró en una entrevista para el Tercer Canal que rechazaba la afirmación popular de que “hay que apoyar el arte”. Díaz fue enfático en señalar que, si el arte es bueno, las personas van a estar dispuestas a pagar por él como hacen con Bad Bunny o Shakira. El video inundó los perfiles de personas que se oponen a que el Estado financie el arte y la cultura. En tiempos de déficit fiscal, de necesidad de un ajuste al gasto público, los discursos del Estado mínimo ganan cierto brillo. El argumento de aquel que interpretó a Saul en “La Pena Máxima” —una de las mejores películas hechas en Colombia— es, si se quiere, neoclásico en términos económicos. Díaz acepta en su análisis que el sistema de precios es el mejor mecanismo de valoración social. En ese sentido, si una obra es buena los espectadores van a pagar por ella. Lo bueno, en este caso, está dado por la generación de valor económico. Si el público paga, entonces eso habla de la genialidad de la creación artística. El buen arte será aquel que es valorado con dinero. ¿Qué pasa entonces con aquel arte por el que no se paga? ¿No tiene ningún valor y debería desaparecer? Una posible respuesta a esa pregunta la encontramos en la obra de Michael Sandel, el célebre profesor de filosofía moral de Harvard. Sandel plantea que muchas cosas no pueden ser apreciadas por el sistema de precios pues estaríamos efectuando una falsa valoración. Pensemos por ejemplo en uno de los casos más extremos. No permitimos que se establezca un mercado de compra y venta de niños porque estaríamos valorándolos falsamente. Un niño no es un bien de consumo. No creemos que los buenos niños valen más que los niños malos.  En ese mismo sentido, no permitimos que los ciudadanos vendan su voto porque consideramos que hay un valor asociado al ejercicio de la ciudadanía que no puede ser estimado por el dinero, y que, de hacerlo, estaríamos corrompiendo ese bien, convirtiendo un deber cívico en un asunto transaccional. Con el arte y la cultura sucede algo similar. Cuando aceptamos que el precio es el único modo de valorarlo estamos realizando una falsa valoración. El arte y la cultura tienen también valor patrimonial y social. Cuando consideramos que su valía está dada solo por la lógica del mercado lo reducimos a mero objeto de intercambio. ¿Si nadie paga por una canción hecha en nukak makú debería desaparecer como patrimonio colombiano? ¿Si las mochilas Wayuu dejan de comercializarse deberíamos permitir que desaparezcan? ¿El Estado no debería invertir recursos para garantizar el mantenimiento del patrimonio cultural? ¿Solo el arte por el que se paga es el que tiene valor?
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¿Qué sigue, Abelardo? Por: @Martinposadam ¿Prohibir la consulta y venta de libros sobre la violenta y truncada historia de Colombia, no en provecho del olvido (¡qué tal!), sino en favor de algunos principios universales y de la voluntad general? ¿Eliminar, por ejemplo, Cien años de soledad de todo plan lector escolar por ridiculizar la utilidad de la guerra? ¿Prohibir la lectura generalizada de La Vorágine por supuestamente revelar los demonios de la ambición? ¿Censurar la reproducción de Las Razones del Lobo de Marta Hincapié Uribe por hacer apología del terrorismo, revelando desigualdades ficticias y glorificando el solapado trabajo de los defensores de derechos humanos? ¿Cubrir La Violencia de Alejandro Obregón por ser demasiado explícita para un niño? ¿Cerrar la exposición El Testigo de Jesús Abad Colorado por los motivos expuestos, pero en especial para evitar que se traumen los niños? ¿Instalar un criterio fijo de lo que sí se entiende como arte y lo que no (sugiriendo, quizás, un necesario retorno al renacimiento italiano)? ¿Propiciar las expresiones artísticas que dignifiquen a los héroes de la guerra, al desarrollo, a la familia, a la belleza de Colombia y a la palabra de Dios? (Priorizar obras que aborden la historia de Rafael Núñez, la gloriosa Constitución de 1886, la salvaguarda del Palacio de Justicia, la independencia de Israel, el éxito del Plan Colombia…). ¿Censurar la reproducción de toda Audiencia de Reconocimiento de la JEP por no dar cuenta de cómo deben funcionar de verdad los juicios penales? (Es necesario enfocarse en la importancia del Pathos, el Logos y el Eros, por completo ausentes en estas wanna-be audiencias). ¿Prohibir la mención, la promulgación y toda suerte de expresión relacionada con el número 6.402 por tratarse de una expresión vengativa e injusta? ¿Prohibir el Carnaval del Diablo de Riosucio por hacer apología al demonio y atentar contra el mandato divino de Cristo Rey? ¿Prohibir la composición, grabación, escucha y canto del rap por su tendencia revolucionaria y disidente? (Incluyendo las canciones de Bad Bunny, abiertamente mamerto). ¿Prohibir los pogos en el rock por atentar contra la vida, la salud y la dignidad? ¿Y, en paralelo, todos los festivales y discotecas con música electrónica por ser lugares de consumo de drogas? ¿Prohibir la venta del nuevo y ansiado Grand Theft Auto VI por incitar al terrorismo y la violencia entre niños y jóvenes? ¿Borrar todos los grafitis de todas las calles del país por mantener la memoria de las masacres cometidas por el Estado? ¿Prohibir los recitales de poesía y clubes de lectura (salvo de la Biblia o del Libro de la Verdad del ilustre vicepres(ia)dente) por ser nichos del wokismo? ¿Prohibir las barras bravas en el fútbol por tratarse de focos de delincuencia y drogadicción? ¿Censurar y cerrar la página web del legado de la Comisión de la Verdad en atención a su parcialidad y nulidad fundacional? ¿Cerrar el Congreso de la República para evitar las desgastantes trabas de las representantes de la izquierda? ¿Desfinanciar y reducir progresivamente las carreras de humanidades (salvo Derecho, pero recortando clases de derecho constitucional e internacional) por no ser más que nichos del terrorismo propio del pensamiento sesgado por libros y profesores parcializados? Muy predecible… ¡Es necesario acudir a medidas más novedosas! Como si la memoria del pasado no nos advirtiera sobre estas situaciones nuevas y sin embargo análogas… «Lejos de seguir siendo prisioneros del pasado, lo habremos puesto al servicio del presente, como la memoria —y el olvido— se han de poner al servicio de la justicia», diría Tzvetan Todorov en otro libro para la lista de censurables.
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Miren, estamos censurando Por: @slondonouribe Escribo esta columna días después del desmonte de treinta obras del Museo Nacional.  En un discurso de cerca de diez minutos, con su estilo sobreactuado de sheriff valeroso y entre aplausos y vivas de sus subalternos, el presidente de la república le ordena a la ministra de cultura (culturas, artes y saberes), a quien llamó una “generala” para dar “la batalla, la contra revolución cultural”, que enfrente al “socialcomunismo ateo” y desaparezca toda expresión de “wokismo” y toda “oda al terrorismo” del museo. La ministra, sonriente y emocionada con la misión, muy seguramente recordando su tesis de maestría (de la que no se graduó) titulada “Hacia una definición estratégica del terrorismo”, encarga al secretario general del ministerio para que se traslade al museo y “proceda de conformidad”.  Se imagina uno que el profesional en leyes caminó por cada sala señalando las obras que, de acuerdo con su vasta experiencia curatorial, encajaban en la directriz presidencial y el equipo del museo, resignado y sorprendido, iba desmontando. La censura suele tener un efecto inicial contrario al buscado -lo que se conoce como el efecto Streisand-. Afortunadamente varios columnistas, twitteros y medios han publicado cada una de las obras censuradas permitiendo que llegaran a cientos de miles de personas que nunca habían entrado, y probablemente nunca entrarían, al Museo Nacional. Bajaron el afiche de campaña de Pizarro (que el presidente mencionó con nombre propio), pero también el Bernardo Jaramillo Ossa (quien fue un crítico abierto de la lucha armada y quien jamás portó un arma). Retiraron la bandera LGTBIQ+ y publicaciones feministas. Retiraron afiches contra la violencia a mujeres y escondieron un instrumento de percusión (Yembé) que perteneció a un colectivo lésbico. Por lo del “sonido homosexualizador”, sin duda. Retiraron la Séptima Papeleta porque para este gobierno la Constitución del 91 es la raíz del “wokismo”. La suya es la de Núñez, Caro y Monseñor Builes. En un hilo de Twitter, María Paz Gaviria, gestora cultural y conocedora de la colección del museo (quien votó por @abdelaespriella), no solo menciona las obras retiradas, sino que muestra, tanto la incapacidad del gobierno felino de cumplir sus propias directrices, como las contradicciones resultantes de sus decisiones. En una sala llamada Fuerza, fe y sustancia el sábado 18 de octubre, un día después del paseo censor del abogado, todavía se podían encontrar algunas fotografías de Carlos Pizarro L. y una obra de Carlos Castro titulada La gran narco arca en la que Pablo Escobar, montado en un hipopótamo, supervisa el desembarque de varias especies para su zoológico privado de un avión de carga. “No es apología del terrorismo, es reconocimiento al emprendedor y al protector de las especies”, nos dirán desde la manada. Cabe preguntarse por el siguiente paso de esta “contra revolución cultural” haciendo preguntas, por ejemplo, ¿va la ministra a mandar a bajar el cuadro de Fernando Botero en el que aparece, de camuflado, toalla y fusil, Tirofijo y que está en la colección del Banco de la República?  ¿Van a presionar al Museo de Antioquia para para que esconda los cuadros del mismo autor en donde aparece la inmensa figura de un Pablo Escobar abaleado en un tejado de Medellín? ¿Qué va a pasar con los cuadros de Débora Arango que critican a la iglesia católica o que retratan la prostitución? La censura es grave y puede desembocar en persecuciones y violación a más derechos, pero creo que este acto contra la cultura es una estrategia de este gobierno para desviar la atención de grandes problemas que lo desnudan y de cuestionables proyectos que promueve. Esta semana se conocieron los datos del desplazamiento interno del mes de agosto. En un mes pasamos de 1711 a 5976 compatriotas desplazados. Estos se suman a los más de 9.2 millones que hacen parte del registro único de víctimas.  ¿Volvemos a una estrategia de seguridad que victimiza a la población civil? Después de dos meses del terremoto que afectó a 490 mil personas en 501 municipios y 16 departamentos, el gobierno nacional no ha puesto en marcha una respuesta articulada y coordinada y el Fondo Milagro solo existe en el papel.  No hay avance en las demoliciones y en la recuperación de infraestructura esencial y un porcentaje muy bajo de los damnificados han recibido los subsidios de arrendamiento y los bonos económicos. Los microempresarios y tenderos en su mayoría han tenido que cerrar y unos pocos han recibido ayudas del sector privado. Lentos, para decirse tan ejecutivos. El gobierno presentó ante el congreso un Estatuto antiterrorista (otra vez el tema de la ministra de cultura) que tiene algunos aciertos (persecución de bienes y rentas), pero que amplía la definición de terrorismo de tal forma que desfigura el concepto, propicia generalizaciones peligrosas y pone en duda principios constitucionales. El ejecutivo, sin participación de la justicia, puede, por ejemplo, catalogar a un ciudadano a o una empresa como terrorista congelando todo su patrimonio. En territorios con fuerte presencia criminal en donde la diferencia entre colaborador y víctima es nimia, esta medida va a generar tremendas injusticias. El gobierno quiere rehacer este país de espaldas a la Constitución y a los derechos que esta contiene. Está sin plata, aun no tiene un ajuste fiscal estructural y no ha iniciado el proceso de reconstrucción post terremoto. El presidente está perdiendo popularidad.  Por el desmonte de las obras del museo no podemos perder de vista el “gran cuadro” y los inmensos retos que enfrenta el país y que este gobierno pareciera querer sepultar lejos de la mirada de la ciudadanía detrás de animados discursos presidenciales y de pírricas victorias culturales.
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Populismo, polarización y posverdad Por: @Juanmigo08 El mundo nunca había tenido tantas herramientas para conocer su propia realidad y, sin embargo, parece cada vez más empeñado en deformarla. La tecnología, el acceso a la información y la exposición mediática no volvieran a los ciudadanos más informados, sino más convulsos, contagiados e irritables. Tres elementos suelen señalarse como pilares de estas transformaciones: populismo, polarización y posverdad (las 3P, como suelen llamarlas algunos faltos de gusto). La política electoral se ha desplazado hacia los extremos. Algo que, aunque previsible en medio de la frenética volatilidad política, tomó a más de uno por sorpresa. El ataque rampante es hoy la mejor estrategia. La política del espectáculo ha terminado por llevar a los bufones al trono y relegar a los estadistas a un papel sombrío considerándolos demasiado aburridos (siempre será más apasionante llamar a alguien ladrón que demostrarlo). La verdad, tan alabada y glorificada por las personas de antaño que incluso llegaban a mancillar en su lengua, parece estar reconfigurando su existencia. Lejos de la vocación de objetividad, del rigor demostrativo o de la veneración científica, hoy reina como verdad aquello que se comparte, se cree y se interioriza colectivamente. La cuestión ya no es tanto sacar a relucir la pureza de un hecho observable a través de un método, sino hacer creer que un hecho, aunque distorsionado a la luz de la ciencia, puede ser aceptado en masa. Y, en la medida en que se cree y se repite, termina por convertirse en verdadero, pues produce efectos reales sobre las percepciones y las acciones de las personas. Así, una fantasía se asume como un acuerdo colectivo y, de inmediato, deja de ser justamente eso, una fantasía. Y sucede que algunos se suelen indignar, dedicándole gritos y agravios al aire. suelen leer esa transformación como una advertencia, y ahí yace un grave error. Porque mientras algunos se quedan gritando, caverna adentro, que existe un mundo exterior y que las sombras no son más que imágenes distorsionadas de la realidad, otros aprovechan ese juego para proyectar sombras más grandes y reforzar narrativas que terminan siendo creídas e, irremediablemente, verdaderas. Si la polarización, la posverdad y el populismo gobiernan, pues habrá que aprender a jugar el juego del gobernado. La única forma de mitigar los efectos negativos de esas fuerzas en nuestra sociedad es derrotarlas en el mismo juego que ellas mismas han impuesto.
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El déficit institucional de Medellín Por: @palaciotamayo Hacer una transformación no es cambiar un adoquín por otro. Tampoco consiste en quitar unas pirámides para hacer un jardín que luego sea cloaca. Esta Alcaldía ha estado bastante obsesionada con el ornato de la ciudad, hay cuadrillas que corren a pintar cualquier atisbo de grafiti en un muro, pero no han podido con el olor nauseabundo de esta esquina y aquella otra. Transformar a Medellín exige ir mucho más allá del barniz estético. Implica entender que la prostitución no se erradica con redactar un artículo en el Plan de Ordenamiento Territorial (POT), ni que la ‘cultura ciudadana’ puede seguir utilizándose como ese comodín conveniente para lavar las manos de la administración ante su propia incapacidad institucional Si evaluamos la gestión de este periodo de gobierno, en clave del presupuesto, Medellín lo que tenía era un problema de falta de espacios recreativos y deportivos: inversiones millonarias para refaccionar el estadio, construir más piscinas y hacer estudios públicos de grabación musical. ¿Vivienda?¡nu ahg!¿Atención al habitante de calle? ¡pues cómo! ¿Adaptación al cambio climático? ¡ña! Pero esas decisiones políticas son apenas el síntoma de lo que viene pasando en Medellín. En los últimos 12 años, unas once personas han ocupado la Dirección de Planeación; el Isvimed se ha medido en subsidios entregados, mientras el déficit habitacional crece; la secretaría de Control Territorial vio cómo el jardín del morro de Moravia desapareció, cómo las casas y edificios —que no ranchos— se treparon en la montaña del cerro Manzanillo en Belén. Y así la ciudad va mutando mientras nos vamos entreteniendo con videos en Tik Tok de operativos contra jíbaros. Medellín presume un robusto aparato burocrático pero, ante los verdaderos retos urbanos, sus capacidades siguen estando atadas de manos: en la periferia son los combos criminales los que lotean y venden los servicios públicos; el control del ruido es una utopía y la renovación urbana se convirtió en un mito. Medellín hace unos años —discutiríamos si por convicción u por obligación— decidió transformarse en un Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación, pero aún hay que solicitar un certificado a una entidad por medio de un correo electrónico, mientras al otro lado un funcionario revisa en un sistema obsoleto, redacta el correo de vuelta y aprieta el botón enviar unas 36 horas más tarde, si le va bien. Hacer grandes transformaciones implica sacudir las raíces, por ejemplo, quitarle espacio al vehículo particular para dárselo al peatón cambia un paradigma que por mucho tiempo ha estado arraigado de tener el vehículo en el centro. Pero hacer cualquiera de esas transformaciones es costoso políticamente y hay líderes que prefieren no mirar para donde les resulta incómodo.
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El machismo político antioqueño Por: @jfsuescun En Antioquia las mujeres dirigen empresas, gremios, universidades y municipios enteros. Lo que todavía no han conseguido es dirigir la Alcaldía de Medellín (@AlcaldiadeMed) o la Gobernación (@GobAntioquia). Parece que, para ciertos cargos, el liderazgo femenino sigue teniendo techo y el poder, testosterona. A un año de las elecciones locales y regionales de 2027, las primeras conversaciones sobre los relevos en Medellín y Antioquia invitan a preguntarse por qué ninguna mujer ha ganado por voto popular algunos de los dos principales cargos políticos de la región. No parece tratarse de ausencia de liderazgos femeninos. En 2023, Antioquia eligió 22 alcaldesas entre sus 125 municipios. Sin embargo, apenas 2 de las 26 curules de la Asamblea Departamental (@asambleadeant) quedaron ocupadas por mujeres. La paradoja es evidente: las mujeres participan, compiten y gobiernan, en escenarios menores, pero su presencia disminuye considerablemente en los principales espacios de poder. El problema tampoco es exclusivamente antioqueño. Según la Registraduría (@Registraduria), en las elecciones territoriales de 2023 solamente el 13,3% de las alcaldías y el 18,8% de las gobernaciones quedaron en manos de mujeres. Peor todavía: 469 municipios colombianos no tuvieron una sola candidata a la Alcaldía. Anne Phillips, en ‘The Politics of Presence’ (1995), cuestionó que la representación democrática pueda reducirse a las ideas, sin considerar quiénes ocupan efectivamente las instituciones. No significa que las mujeres gobiernen mejor por ser mujeres. Significa que una democracia debe interrogarse cuando el poder permanece históricamente concentrado en un mismo grupo: los hombres. Bogotá eligió a Claudia López (@ClaudiaLopez); el Valle del Cauca, a Dilian Francisca Toro (@DilianFrancisca) y Clara Luz Roldán (@DilianFrancisca); y Barranquilla y Atlántico, a Elsa Noguera (@elsanoguerabaq). Medellín y Antioquia siguen esperando su primera Alcaldesa y Gobernadora. Aquí cabe una pregunta incómoda para el establecimiento de Antioquia: ¿cuánto del tan celebrado ‘progreso antioqueño’ ha transformado realmente nuestra cultura política o, al menos, las estructuras políticas? Los partidos hablan del liderazgo femenino de puertas para afuera (no hacerlo sería un suicidio electoral), pero los avales, las alianzas, la financiación, las sucesiones, etc. siguen condicionados por estructuras históricamente masculinas. Ahora, las mujeres con trayectoria, reconocimiento y capital político que hoy ocupan cargos de poder dentro de sus partidos, tampoco pueden evadir su responsabilidad sobre quiénes disputarán las Alcaldías capitales o las principales Gobernaciones en 2027 y bajo qué condiciones. El machismo político no necesita prohibir candidaturas femeninas, porque de hecho las necesita para cumplir la cuota de género. Basta con normalizar que los hombres encabecen las apuestas políticas (las cabezas de listas y las candidaturas a los principales cargos uninominales) y que las mujeres con posibilidades reales de llegar al poder, deban justificar sus aspiraciones. Todavía falta un año. El panorama electoral puede cambiar. Porque si algo necesitan Medellín y Antioquia, ahora, es una competencia de nuevos liderazgos políticos, ojalá femeninos, que representen proyectos con ideas que cuestionen las viejas y obsoletas certezas sobre las que fue construido el masculino ethos antioqueño. Sería lamentable que una ciudad y una región tan orgullosa de su modernidad terminase la tercera década del siglo XXI, ofreciendo toda una exhibición de testosterona como la que ofrecen los precandidatos actuales y ni una sóla alcaldesa o gobernadora electa popularmente en toda su historia.
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Que me empiece a resbalar Por: @danysernam El miércoles cumplí 33 años. Este año me empezaron a salir canas. Tengo manchas en la cara y mi piel ya no se ve como en las fotos de hace unos años. Confieso que me las arranco. Que cuando voy al baño, a veces hundo la barriga. Que en las fotos trato de posar derecha. Que hago zoom en el diente que no está del todo alineado. Hay días en los que me miro al espejo y encuentro cosas que quisiera cambiar, incluso cuando sé que no deberían importarme tanto. También me cuestiono las vidas perfectas que veo en redes. Me pregunto cuánto hay de verdad en todo eso. Pero, aun así, a veces me comparo. Y ahí estoy, cuestionando una cosa y cayendo en ella al mismo tiempo. Me conflictúa buena parte del contenido que encuentro por y para mujeres. No quiero hacer hipopresivos. Me resbala el restaurante de moda. No quiero pensar media hora qué ponerme. No quiero ver más videos de mujeres maquillándose frente a una cámara mientras hablan de su día, de la pestañina que usan o de cómo comer sin calorías y con más proteína. Me choca esa forma de hablar lenta, pausada y dócil que tantas veces parece venderse como el ideal femenino. Quisiera que todas esas cosas ocuparan menos espacio en mi cabeza. Poder ver una foto sin compararme, encontrarme una cana sin arrancármela y salir de mi casa sin pensar demasiado en cómo me veo. Quiero que me importe un pepino. Pero todavía me importa. Y me pasa algo parecido con el resto de mi vida. Me cuesta disfrutar lo que tengo sin pensar en lo que me falta. Estoy agradecida por lo que he construido, pero al mismo tiempo siento que debería haber hecho más, aprendido más, viajado más, leído más. Estudiado más, aprovechado mejor el tiempo. A veces me pregunto en qué momento empecé a vivir con la sensación de que siempre voy tarde, de que debería estar haciendo algo más, aunque no siempre tenga claro qué. Quisiera que, en lugar de pasar horas viendo el desfile de Victoria’s Secret, comparándonos con los cuerpos que durante años nos vendieron como el ideal de belleza, habláramos más de las mujeres que admiramos por sus ideas, sus decisiones y lo que han construido. De las veces que se han equivocado y han tenido que empezar de nuevo. Que nos inspirara parecernos a alguien por su criterio, su valentía, su curiosidad o su manera de tratar a los demás. Me gustaría que dejáramos de medir el valor de una mujer por su cuerpo, su edad o su capacidad de parecer siempre joven. Que una cana fuera una cana y no una derrota. Que pudiéramos envejecer sin sentir que estamos perdiendo una carrera en la que nunca decidimos participar. Tal vez cumplir 33 me está haciendo pensar en el tiempo de otra manera. No sé si es que ahora pasa más rápido o si soy más consciente de que no alcanza para todo. No puedo leer todos los libros, conocer todos los lugares, construir todas las cosas ni convertirme en todas las versiones de mí que imagino. Y quizás tampoco tengo que hacerlo. No sé muy bien cómo se consigue eso. Mañana probablemente vuelva a arrancarme una cana o a hundir la barriga cuando pase frente al espejo. Pero quisiera empezar a darme cuenta de por qué lo hago y recordar que hay muchas otras cosas en las que quiero gastar mi tiempo. Cumplí 33 años. Me están saliendo canas y siento que el tiempo no me alcanza. Quiero que me importe más la vida que estoy viviendo que la imagen que intento dar de ella.
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¿Y Pablo Escobar qué, Abelardo? Por: @juancarbolivar En una rueda de prensa convocada para justificar su orden de retirar del Museo Nacional las fotografías de Carlos Pizarro, @abdelaespriella sentenció: “No acepto la apología al terrorismo”. Perfecto, Colombia debería tomarse muy en serio esa discusión. Pero, si de verdad queremos darla con coherencia, convendría empezar por la glorificación del peor terrorista que ha tenido el país: Pablo Escobar. De la Espriella reaccionó con vehemencia ante la presencia de fotografías de Carlos Pizarro en el Museo Nacional. Su indignación plantea una pregunta: ¿muestra la misma contundencia frente a la glorificación cotidiana de Escobar? En Medellín, Cali, Cartagena y más ciudades del país se venden camisetas, llaveros y toda clase de recuerdos con el rostro de Escobar. También se ofrecen recorridos turísticos por los lugares asociados con su vida. Su imagen se ha convertido en mercancía, disfraz y atractivo para visitantes. El jefe del Cartel de Medellín aparece reducido a personaje pintoresco, como si hubiera sido un bandido extravagante y no el responsable de una campaña terrorista contra el Estado y la sociedad colombiana. Estamos hablando del hombre que ordenó asesinatos de jueces, periodistas, policías y dirigentes políticos; del narcotraficante que hizo estallar un avión comercial y convirtió las bombas en un instrumento de presión pública. Sin embargo, ante ese negocio de la nostalgia mafiosa, el discurso contra la apología al terrorismo suele sonar bastante más tímido y nunca “firme”. La diferencia importa porque un museo y una tienda de recuerdos no cumplen la misma función. Los museos existen para conservar, contextualizar, explicar y confrontar la historia, incluso sus episodios más dolorosos y sus protagonistas más controvertidos. Exhibir una fotografía no equivale automáticamente a rendir homenaje. De ser así, ningún museo podría mostrar a un dictador, un criminal de guerra o un jefe guerrillero sin convertirse en su apologista. Carlos Pizarro fue comandante del M-19, una organización armada responsable de acciones criminales como la toma del Palacio de Justicia. Esos hechos deben examinarse sin idealizaciones ni complacencias. Resulta legítimo y necesario condenar sus acciones, cuestionar su trayectoria y discutir críticamente su legado. Recordarlo, sin embargo, no significa absolverlo. Pero la historia de Pizarro tampoco termina en la guerrilla. El M-19 firmó la paz, entregó las armas y participó en la vida política legal. Pizarro fue asesinado en 1990, cuando era candidato presidencial, durante la misma época de violencia política en la que fueron asesinados varios candidatos y se produjo el exterminio de la Unión Patriótica. Todo eso forma parte de la historia nacional. Una institución como el Museo Nacional no solo puede contarlo: tiene la obligación de hacerlo. La alternativa sería construir una memoria mutilada, organizada según las simpatías políticas del gobernante o del candidato de turno. Además, la indignación selectiva convierte “la lucha contra la apología del terrorismo” en una herramienta partidista. Si una fotografía histórica de Pizarro resulta intolerable, ¿qué deberíamos decir de la comercialización sonriente de Escobar? ¿Qué es más cercano a la apología terrorista: una exposición que permite discutir el conflicto armado o una camiseta que transforma a un asesino en ícono de la cultura popular? La comparación internacional nos da luces del argumento: en Alemania, la exhibición pública de símbolos de organizaciones nazis está severamente restringida, aunque existen excepciones para fines educativos, históricos y científicos. La distinción es clara: una cosa es estudiar el horror y otra convertirlo en propaganda o mercancía. En Colombia parecemos haber invertido esa lógica. Ahora les escandaliza que un museo muestre a un protagonista de la historia política, pero aceptan la imagen de Pablo Escobar como recuerdo turístico. La memoria crítica provoca polémica mientras la banalización del narcoterrorismo produce ganancias. Por eso, si Abelardo de la Espriella quiere encabezar una cruzada coherente contra la apología al terrorismo, tiene un buen lugar por donde comenzar. No borrando fotografías ni decidiendo qué personajes pueden aparecer en un museo, sino enfrentando la industria que convirtió al mayor narcoterrorista de nuestra historia en una celebridad. La historia de nuestro país ha sido cruda y dolorosa, pero esconderla debajo del tapete solo demuestra la pequeñez del gobernante de turno.
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Dejavú: ¿De regreso al siglo XX? Por: @GouffrayMaria El presidente @abdelaespriella anunció su campaña contra el “wokismo” y, en su primera cruzada se fue, lanza en ristre, contra la sala del Museo Nacional “Hacer Sociedad” que contenía archivos históricos de diversos movimientos sociales y de los actores que participaron en procesos de paz en el pasado. El argumento del Presidente y la Ministra de Cultura es que las piezas (ojo: era material histórico, fuentes primarias, inalteradas, tal y como existieron en su época) servían para “adoctrinar”. ¿De verdad? Presentar piezas de archivo que nos ayudan a comprender las motivaciones, causas y la Historia misma de diferentes movimientos de la sociedad civil, o que nos permiten comprender cómo se gestaron los tantísimos procesos de paz que hemos vivido… ¿es adoctrinar? ¿Acaso la exposición hacía propaganda de estos movimientos con frases como: ¡Adopta el feminismo! o ¡Tú puedes! ¡Vuélvete gay!? ¿Quizás era una alegoría de alguna de las guerrillas que en décadas pasadas firmaron acuerdos de paz? ¿Promovía la adhesión a algún grupo armado? Me temo que no. ¿Qué es más doctrinario entonces? ¿Eliminar la evidencia histórica y construir narrativas de la Historia parciales y amañadas, convenientes para el gobierno de turno? La guerra cultural de Abelardo, por todo lo demás, no debe sorprendernos. Estamos atravesando una época muy similar a la que vivieron nuestros antepasados hace un siglo. En aquel entonces, la inestabilidad económica, la anarquía del sistema internacional y los cambios culturales derivados del lento proceso de democratización de Europa (entre otros factores) sirvieron como caldo de cultivo para el surgimiento de grupos políticos radicales que iniciaron guerras sangrientas contra amplios sectores de la sociedad en sus propios países o contra países vecinos. Hoy, la pandemia, las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos, el giro al proteccionismo económico iniciado por Trump, la crisis inflacionaria y la creciente incertidumbre producto del avance de la IA, nos han puesto en una situación muy similar. Los movimientos políticos radicales, que tan bien se nutren de las crisis sociales, pues crean la falsa ilusión de que pueden solucionar problemas complejos con recetas simples, crecen y crecen, nutriéndose de los miedos y la incertidumbre global. Recordemos además que, por lo general, estas “soluciones” implican atacar a poblaciones y grupos sociales específicos: los ricos, la izquierda, los gays, etc. Entre 1915 y 1947 muchos de los partidos y movimientos radicales, liderados por figuras “antiestablishment”, que durante las primeras décadas del siglo habían sido aplacados por el liberalismo, cogieron fuerza, tanto en América Latina como en Europa. El comunismo en Rusia, el fascismo en Italia, el gaitanismo en Colombia, el franquismo en España, el peronismo en Argentina, el nacionalsocialismo en Alemania… Todos tenían en común su naturaleza colectivista y su rechazo a los principios de la democracia liberal. Hoy, cuando democracias fundamentales como Turquía e India atraviesan profundos procesos de erosión institucional, los populismos de izquierda y derecha amenazan con acabar las pocas democracias que aún permanecen en pie. Sus ataques a las instituciones, los derechos humanos y los mecanismos de cooperación internacional han puesto a tambalear el orden político que intentamos construir tras la segunda guerra mundial, para impedir que se repitieran las guerras y las atrocidades cometidas contra la población civil por los regímenes autoritarios. Hoy, con la guerra cultural de Abelardo de la Espriella, que se ha traducido en la suspensión de la participación de Colombia en la Coalición por la Igualdad de Derechos (ERC), en el Grupo de La Haya, la ya mencionada intervención del gobierno en el Museo Nacional, su crítica al concepto jurídico del Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre «salud y derechos sexuales y reproductivos» y su solicitud de derogar la política nacional de educación sexual y reproductiva, el gobierno entra a formar parte del selecto grupo de la derecha populista, radical y conservadora de nuestra era, encabezada por Trump, Bukele, Milei y otros tantos que buscan imponer su ideología, castigar y reprimir… Tal y como en el siglo XX, llegan al poder disfrazados de demócratas, o más bien, usan el juego democrático para llegar al poder. Desde allí, tal y como lo hicieron sus antecesores, arremeten contra todas las libertades individuales, y no descansan hasta conseguir limitarlas o eliminarlas, tal y como lo hizo Trump con el derecho fundamental al aborto en Estados Unidos.
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De fanfarrón a censor Por: @MachadoRold Las primeras imágenes que guardo de Abelardo de la Espriella (@ABDELAESPRIELLA) son de 2018. El algoritmo, que tiene sus caprichos, me lo puso en la pantalla vendiendo ropa y sombreros. Recuerdo las pintas excéntricas, la vida de sibarita entre Miami y alguna campiña italiana, los viajes y los cuadros de fondo, siempre los cuadros. Opinaba con estridencia sobre asuntos que entonces sonaban a exageración y que hoy son programa de gobierno. Era una exhibición pretenciosa, a ratos grotesca, pero inofensiva. Uno pasaba el dedo y seguía. El mundo se descuadernó. Aquel abogado estrambótico que posaba de antipolítico es hoy presidente. Y el jueves pasado, el mismo día en que anunció desde el Ministerio de Cultura (@mincultura) una “contrarrevolución cultural”, su gobierno descolgó una treintena de piezas del Museo Nacional (@museonacionalco). Se fueron la pluma hecha con una bala con la que se firmó el Acuerdo de Paz, el tarjetón de la Séptima Papeleta, los afiches de Pizarro y de Jaramillo, Minería de Antonio Caro y buena parte del muro de la diversidad. Quedaron rectángulos pálidos en las paredes. Y una prohibición de tomar fotos, para que nadie documente el vacío. El esteta resultó curador. El curador resultó censor. La ministra Paola Holguín (@PaolaHolguin) explicó que el museo no debe servir como “instrumento de adoctrinamiento político”. Tiene toda la razón. Por eso sorprende que la primera decisión curatorial del gobierno se haya dictado desde un atril presidencial, entre diatribas contra el wokismo y el socialcomunismo ateo. Adoctrinar, parece, es lo que hacen los otros. La historia ofrece precedentes, todos incómodos. En 1937 los nazis montaron en Múnich la exposición de “arte degenerado”: Kirchner, Klee, Chagall y hasta Emil Nolde, que era militante del partido, colgados de mala manera y con letreros burlones para que el pueblo aprendiera a despreciarlos. Fue un éxito de taquilla. Más de dos millones de visitantes, muchos más que la muestra oficial de arte ario inaugurada a pocas cuadras. Goebbels quiso humillar a esos pintores y terminó haciéndoles la mejor publicidad de su vida. La censura tiene esa ironía cruel: amplifica lo que pretende callar. Media Colombia que no sabía quién era Antonio Caro está hoy buscando su obra en internet. Mussolini creó un ministerio de cultura popular para decidir qué podían leer y oír los italianos. Stalin borraba de las fotografías a los camaradas caídos en desgracia; Yezhov desapareció de una imagen junto a un canal como si nunca hubiera existido. La junta argentina quemó en 1980 un millón y medio de libros del Centro Editor de América Latina en un baldío de Sarandí. Los talibanes dinamitaron los Budas de Bamiyán. Todos invocaban los valores y el alma de la nación. Ninguno se creía bárbaro. Heine lo advirtió en 1821: donde se queman libros se termina quemando gente. En Bogotá nadie está quemando nada. Pero el gesto es el mismo, y los gestos enseñan. De la Espriella ha hecho cosas iguales o peores. Ha metido la mano en gremios y medios, y el país, con su célebre talento para acostumbrarse a todo, apenas parpadeó. Lo del museo fue distinto por pura torpeza. Tocó algo que muchos consideran sagrado sin importar el espectro. La Séptima Papeleta la empujaron estudiantes de todas las tendencias, y de ella salió la Constitución que hoy le permite gobernar. Hay liberales indignados y uribistas incómodos, centristas que firmaban comunicados tibios y ahora firman los duros, conservadores que se acordaron de Burke y de que conservar significa, precisamente, no destruir. Un hombre que se presentaba como coleccionista y mecenas decidió que la memoria nacional necesitaba curaduría presidencial. Eso tiene un nombre viejo y feo. Que el Estado decida qué puede recordar una sociedad, y en nombre de la patria descuelgue lo que estorba, es la gramática del fascismo. Con sombrero italiano, eso sí.
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Invisibilizar, ocultar, tapar, negar, desaparecer Por: @mariod2118 He estado pensando en cuál es el mejor verbo para definir lo que está ocurriendo en este gobierno con eso que denominamos cultura (museos, bibliotecas, centros de pensamiento, academia). He probado con varios: invisibilizar, ocultar, tapar, negar… Luego, el propio presidente @AbdelaEspriella usó el verbo preciso: desaparecer. Lo hizo en el discurso de poco más de 10 minutos que ofreció desde el Claustro de Santa Clara, sede del Ministerio de Cultura, donde volvió a exhibir la actitud carcunda que ha marcado sus setenta y un dos en el poder. Lo dijo así: «Le he dado instrucciones a la señora ministra para que toda esa oda al terrorismo en la que aparece Pizarro y demás terroristas, sea desaparecido de los lugares públicos». Esa oda al terrorismo, dijo. Pizarro y demás terroristas, dijo. La señora ministra a la que se refiere es, cómo no, la funesta ministra de Cultura, Paola Holguín, a quien el presidente denomina como una generala. Ella, por supuesto, procedió «de conformidad, como corresponde» y desapareció más de 30 obras que estaban en tres diferentes salas del Museo Nacional. Cosas peligrosísimas que estaban poniendo en riesgo el «alma de la colombianidad». Bajaron de las paredes de la sala Hacer sociedad los afiches de las campañas presidenciales de Carlos Pizarro Leongómez, Bernardo Jaramillo Ossa y Luis Carlos Galán. Porque no puede ser que los colombianos recordemos que aquí se han silenciado voces desde siempre y que a dos de estos tres candidatos los mataron grupos paramilitares en alianza con sectores del Estado que vieron mal entonces —y parecen seguirlo viendo ahora— que existan otras formas de entender nuestros problemas y de buscar soluciones. Al tercero de ellos lo mataron los narcos con la permisividad del entonces director del DAS, Miguel Maza Márquez. También de esa sala desaparecieron peligrosísimos objetos como un brazalete de la Alianza Democrática M-19, un plegable sobre el también asesinado Jaime Pardo Leal y un cartel donde se podía leer «El genocidio contra la Unión Patriótica es un crimen de Estado». No vaya a ser que sea contagioso ese virus de la memoria histórica. Dios nos guarde, se habrán dicho los improvisados curadores museográficos que, a dedo, señalaron que había que retirar todo eso que estaba expuesto bajo el nombre Reivindicación de Nación – De la Constitución de 1991 al Proceso de Paz de 2016, que incluía un tarjetón de la llamada séptima papeleta, ese voto popular que permitió convocar a la Asamblea Constituyente de donde salió la Constitución de 1991, que tanto dijeron querer proteger durante la pasada campaña presidencial. Todo, por supuesto, cumpliendo la línea indicada por el presidente De la Espriella con su dedo índice derecho, que tanto le gusta utilizar: ofrecer, por ahora por medio de una pared gris repleta de las cicatrices que dejaron las obras desaparecidas, «una interpretación correcta de la historia, no una permeada por la ideología», porque esa censura y esa persecución contra lo distinto, creen los aplaudidores del gobernante, es una lectura vacía de sesgos, creencias o prejuicios. Clamó el presidente por una «lucha patriótica contra el wokismo», y los censores que fungieron como curadores desaparecieron más y más obras y objetos: el yembé de la Batucada Lésbica, no fuera a ser que al ritmo de los golpes sobre los cueros del instrumento sucumbieran las frágiles identidades de quienes les temen a los distintos y se desatara en ellos el rayo homosexualizador que los atormenta cuando duermen. Desaparecieron un afiche de un ciclo de cine rosa y uno que recordaba que existió una Jornada Internacional No a la Violencia contra la Mujer. Además, seguros de combatir lo que el presidente llamó relativismo moral y de señalar la existencia en las colecciones del Museo de una corriente liberticida (hace menos de un siglo, otra gente de infame recordación hablaba de arte degenerado), habrán metido quién sabe dónde para que nadie vuelva a verlas, las piezas que representan fenómenos sociales y políticos que sucedieron entre los años cincuenta y setenta en ese país de injusticias y reclamos. Cayeron en la purga, también, unos zapatos diseñados para mujer trans, porque en este gobierno de retardatarios no se les ocurre de ninguna manera la otredad, no son capaces de ponerse en la piel de otros que no sean ellos mismos con sus miedos incomprensibles y atávicos de lectores de un solo —y sagrado— libro. Y, vaya uno a saber por qué, también la camiseta que vistió Lucho Herrera cuando quedó campeón de la montaña en el Tour de Francia de 1985. Tal vez la devuelvan pronto a su sitio si alguien les recuerda que la vieja gloria del ciclismo anda enredada en líos con paramilitares. Así marcha la protección de la identidad cultural de la nación, atravesada por la misoginia, el racismo y la homofobia de quien termina siempre sus alegatos desplegando invocaciones divinas de un dios castigador al que desea imitar. Quisiera creer que esta contrarrevolución, como la llaman, la perderán ellos. Pero sé que de ese hoyo oscuro al que nos están llevando tardaremos en salir.
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La siembra de Uribe y la cosecha de ADLE Por: @pablomunera Vivimos en un mundo demasiado acelerado, en el que el tiempo se siente cada vez más corto y fragmentado. Lo urgente se devora lo importante y quedan pocos momentos para la pausa: para revisar la historia y hacer balances, análisis y síntesis. En política no es la excepción. Por eso no entendemos que muchas de las medidas estructurales y de fondo de un gobierno se reflejan en los gobiernos posteriores. En medio de tantos análisis coyunturales –necesarios también y acertados muchos– del corto pero intenso y polémico gobierno de Abelardo de la Espriella (ADLE), me permito una pausa para conectar –y recordar– esta presidencia con los dos gobiernos de @AlvaroUribeVvel, sobre todo porque Abelardo cosecha y replica bastante de lo peor que, en términos democráticos, sembró y cultivó Uribe. Como dije anteriormente, no es solo el mandatario, ni siquiera los poderes públicos, sino casi todas las instituciones y la sociedad las que sembraron parte de lo que hoy cosechamos. No podemos olvidar que la unanimidad en torno a Uribe era tal, que se hizo famoso su “teflón”, en alusión a que no importaba si se equivocaba, porque el establecimiento y casi toda la sociedad lo aprobaba y hasta lo aplaudía. No obstante, sí hago énfasis en Uribe porque, sin duda, ha sido el presidente más popular que hemos tenido en los últimos 50 años –de los que tengo consciencia y conocimiento político–, porque concentró el poder en el Ejecutivo como ningún otro. Además, porque hoy el espejo retrovisor del gobierno de ADLE está focalizado y saturado de Petro –que por supuesto también tiene mucho que ver– y poco o nada se dice de la influencia de los gobiernos de Uribe sobre el actual y es mucho más de lo que parece. Reitero aquí que soy un antiuribista radical, pero no irracional ni visceral. Tampoco tengo aversión, a priori, por los uribistas, que son mayoría entre mis familiares y amigos. Pero en mi juicio político, como persona de centro que soy, considero racionalmente –más allá de si tengo o no la razón– que Uribe ha sido el presidente que más ha debilitado la democracia en el último medio siglo del país y que Colombia, con ADLE, está cosechando gran parte de esa siembra. Veamos. No puedo decir que Uribe lo hizo todo mal –nadie lo hace– pero aquí me centraré en tres de los tantos daños que le hizo a nuestra débil democracia y que veo que corren el riesgo de repetirse y agravarse. Entre otras razones, porque parte de la derecha abelardista –la más extrema– fue la que apoyó incondicionalmente el proyecto uribista y ahora lo hacen con ADLE, con la ilusión de que tenga una mano aún más dura y un corazón más pequeño. El principal fue permitirle a sus secuaces la compra de la aprobación de la reelección. De facto, ha sido la principal reforma constitucional que hemos tenido: no fue solo “el cambio de un articulito” como se vendió. Ahí se resquebrajó el equilibrio de poderes en el país y el balance institucional. A partir de entonces, los demás presidentes han tenido, con diferentes niveles de intensidad, esa misma tentación y han querido cambiar las reglas de juego constitucionales e institucionales para reelegirse. Hasta Duque dijo que si aún hubiera reelección, lo reelegirían. Esta actitud lleva implícito un mensaje mesiánico y caudillista: si no son ellos, los elegidos, no existe nadie más que pueda hacerlo bien. En eso se parecen mucho Uribe, Petro y ahora ADLE. He aquí el germen de los autoritarismos. Si alguna vez tuvimos exceso de presidente y tuvimos tintes de dictadura fue con Uribe. Menos mal la Corte Constitucional –que se equivocó aprobando la primera– negó la aprobación del referendo para la segunda reelección, que, según la tesis de José Obdulio Gaviria, ideólogo del Centro Democrático y principal promotor de la misma, debía aprobarse porque “el estado de opinión” debía primar sobre el Estado de derecho. ADLE, que se considera un ungido de la Providencia, no ha dicho que reelegirá, pero en apenas dos meses ha demostrado un talante personalista y autoritario similar o superior al de Uribe. La inquietud, más que de tiempo en el poder, es de talante. La segunda deriva autoritaria de Uribe es que, aun cuando tenía un alto índice de aprobación, popularidad y respaldo de prácticamente todo el establecimiento público y privado de Colombia, se dedicó a estigmatizar y criminalizar a la oposición, así esta no fuera genérica ni sistemática sino en temas puntuales como la aprobación de los TLC. Desde Belisario Betancur para acá –que es de donde tengo mediano uso de razón política– los ciudadanos de a pie podíamos discutir en público de lo público sin temer por la integridad personal, familiar o por la estabilidad laboral en el sector privado, como lo padecimos muchas personas que fuimos despedidas o perseguidas en nuestros trabajos por antiuribistas. Capítulo aparte merecen los genocidios militantes como los de la Unión Patriótica y los de los líderes sociales, ambos casos más visibles. Sobre dos acérrimos rivales, como Pastrana y Samper, uno podía discutir a pulmón abierto en cualquier plaza pública, sin temor a mayores represalias. Uribe, en cambio, perseguía cualquier atisbo de oposición y luego, para posar de demócrata, si el perfilado era un personaje famoso, le ponía un generoso esquema de seguridad. Con esa artimaña ha defendido las supuestas “garantías democráticas” que le dio a la mínima oposición que tuvo, especialmente en su primer gobierno. Ahora que De la Espriella es cuestionado por la censura a medios, periodistas y hasta gremios, vale la pena recordar que casi todos los principales medios de este país, empezando por El Tiempo y Semana, que eran los más prestigiosos, se fueron degradando sistemáticamente desde el gobierno de Uribe, que contó con un “unanimismo” sin precedentes en la historia del país: las voces disonantes eran pocas y mediáticamente irrelevantes. En tercer lugar, pocas cosas pueden menguar tanto la democracia, la institucionalidad y el Estado de derecho como la connivencia del Estado con grupos y prácticas al margen de la ley –casi todos, además narcos–. Aunque Uribe no está condenado por eso, muchos de sus subalternos y alfiles más cercanos sí terminaron condenados por paramilitarismo o parapolítica y resulta ingenua e inverosímil la versión de que todo fue a sus espaldas. Entre los hechos más conocidos está ese capítulo negro de nuestra historia conocido como “los falsos positivos”, en el cual perdieron la vida miles de jóvenes inocentes, a cuyos familiares Uribe respondió con la indolente e infame frase de que "no estarían recogiendo café”. También es tristemente célebre el momento del 28 de julio de 2004, cuando las excongresistas Rocío Arias y Eleonora Pineda, uribistas purasangre, facilitaron la entrada al Congreso de la República de los exjefes paramilitares Salvatore Mancuso, Ramón Isaza y alias Ernesto Báez (Iván Roberto Duque) para justificar durante 45 minutos el accionar de las AUC: un hecho que, de forma deplorable, fue ovacionado por casi todos los congresistas, y contó con la anuencia y justificación del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez, bajo el argumento de ofrecerles "unas pruebitas de democracia" a esos angelitos. Una prueba más del cinismo de Uribe y su complacencia con el paramilitarismo ocurrió el 29 de noviembre de 2006 en el marco del Congreso Cafetero, cuando era de conocimiento público el tema de la parapolítica. Allí le pidió sin ningún recato a sus congresistas que “mientras no estén en la cárcel voten nuestros proyectos de ley”. De modo que si la complacencia de Uribe con el paramilitarismo –y todo lo que de allí se ha derivado– está en duda ante la ley, no lo está ante la historia y ante sus propias palabras, que lo autoinculpan. Un verdadero demócrata sabe y defiende el monopolio de las armas por parte del Estado y no hace pactos explícitos ni implícitos con fuerzas oscuras al margen de la ley. No se puede negar que Uribe menguó a las Farc, pero también que, directa o indirectamente, su gobierno terminó fortaleciendo otros grupos armados y delincuenciales que alimentan nuestra guerra intestina. La cercanía histórica de ADLE con grupos y personas al margen de la ley (Alex Saab, David Murcia Guzmán y varios paramilitares y narcotraficantes de peso, algunos “amigos personales”) está suficientemente documentada y publicada, y el argumento de que era propio de su rol de abogado no alcanza para justificarlo y menos para desestimarlo en quien ostenta la dignidad de presidente. Pero como no hay mal –ni teflón– que dure cien años ni sociedad que lo resista, Uribe terminó, por reacción a sus abusos, fortaleciendo a la izquierda política en Colombia, hasta facilitar su llegada, por primera vez en un siglo, a la presidencia. Casi nadie discute que, sin Uribe, la izquierda no hubiese puesto presidente. Infortunadamente para una democracia con verdaderos contrapesos, el decepcionante gobierno y el mal “liderazgo” de Petro la han debilitado de nuevo, pero el péndulo no volvió al uribismo, sino a Abelardo, catapultado, sobre todo, por los errores de estos dos anteriores. No se debe criticar a ADLE –y, sobre todo, a sus excesos– sin criticar a Uribe y a Petro que lo potenciaron. Como elegido que se cree, el expresidente no dejó florecer nuevos y fuertes liderazgos, porque siempre ha querido gobernar en cuerpo ajeno y para ello lo único que busca es docilidad y lealtad incondicional a él como mesías. El resultado: salvo con Duque y Andrés Julián Rendón en Antioquia, ha perdido todas las elecciones nacionales y regionales que ha promovido. Como dice el refrán, hay que conocer la historia para no repetirla y a Abelardo le convendría tomar nota de quien dice que fue su inspiración, el “maestro” Uribe. Las diferencias están en que ADLE no posa de demócrata y, aunque ahora cuenta con cierta unanimidad de todo el establecimiento, tiene a la ciudadanía más dividida y polarizada; más informada y, en algunos casos, hasta mejor informada. Porque si ADLE y sus adeptos, empezando por su asesor Carlos Suárez, siguen sembrando vientos, terminarán él y toda Colombia cosechando tempestades, como las que estamos pagando por sus antecesores, especialmente por Álvaro Uribe Vélez.
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Mi abuelo cumple cien años hoy Por: @CamilaAvril Cien años son muchos años cuando uno los pone juntos. Yo voy en el cuarenta por ciento de su edad y ya me duele la espalda, pero cada rato pienso que la vida es una cosa de tres parpadeos: uno parpadea y el abuelo ya tiene cien años, él que ha visto crecer a todos los de su familia, que ha respondido, cada vez que lo vemos, y como un mantra, Dios la bendiga. A él también lo hemos visto crecer, sobre todo desde que llegó a los noventa, que es casi lo mismo que decrecer: ahora es más bajito que cuando yo era niña y lo veía con su zurriago arriando vacas. Mi abuelo fue un campesino que se levantaba temprano a ordeñar, a alimentar a los marranos, a hacer panela o a manejar el carro verde —que es el que me tocó a mí, y el último que tuvo— en el que cargaba ganado atrás y mercados los domingos. Todo hasta que el cuerpo le dijo no más y él se sentó en una silla a ver pasar gente desde el balcón: se había vuelto viejo. O gato. Qué es ser viejo. La mamá cuenta la historia de una viejita que vivía cerca a su casa y que siempre estaba en la ventana, y cuando le preguntaba cómo estaba, ella decía: aquí, mijita, esperando la muerte. Quizá solo es eso: sentarse a esperar. Porque el abuelo fue un campesino que solo estudió hasta tercero de primaria, por lo que aprendió a escribir y a leer solo lo suficiente para sobrevivir a su vida diaria. Un día estaba leyendo un libro de oraciones y yo le pregunté si alguna vez había leído un libro de literatura. No, dijo, este es el único libro que he leído, pero ya me lo sé. Lo único que hacía era sostener el libro en la mano y mirar. Parecer que lee. Una vez le enseñé a sonreír para las fotos. Abuelo, sonría pues, y él pelaba los dientes de leche, en una sonrisa fingida. Pero desde hace un tiempo ya no volvió a sonreír. El abuelo está cansado, pero su Dios no se ha acordado de él. O eso me dijo un día: aquí, esperando que mi Dios se acuerde de mí. Hay dos recuerdos de los últimos años que se han estampado en mi memoria del abuelo: la vez que estaba viendo misa en alemán, por una extraña razón el televisor se había cambiado de idioma, y yo le dije, abuelo, y es que usted sabe alemán o qué, y él, con la parsimonia con la que siempre ha hablado, me miró y dijo: qué importa, si es que siempre dicen lo mismo. Y nos reímos, porque el abuelo puede ser muy rezandero, preocupado porque Dios lo reciba en su gloria y le perdone los pecados, pero sabe que rezar es un acto de repetición. El otro momento importante es cuando me contó que no se llamaba Beltrán, pero decidió cambiarse el nombre. Cómo te llamabas, le dije, y él lo soltó tranquilo: Efrén Elías. ¿Efrén?, dije sorprendida, qué había de malo en ese nombre, pregunté, pensando sin decirle que a quién se le ocurría cambiarse un nombre más o menos feo por uno casi feo del todo, y él soltó, otra vez con la parsimonia con la que siempre ha hablado, que como todo el mundo lo llamaba Beltrán, pues era mejor llamarse Beltrán Elías. También nos reímos esa vez, y me pidió que no le dijera a nadie y yo no le he dicho a casi nadie, salvo excepciones. Menos mal el abuelo es casi sordo, o sordo por conveniencia. La verdad es que don Beltrán me ha parecido un nombre muy bonito por una razón simple: así se llama mi abuelo. Así también le llamaba mi abuela, con tanto cariño: Beltrán ya viene a comer, y le servía fríjoles y el mejor chicharrón. Cuando uno tiene cien años ha vivido noventa y nueve navidades si nació en octubre. El abuelo creció en un mundo muy distinto al mío. No sabe qué es Whatsapp ni redes sociales. Le tocó el teléfono, pero nunca tuvo celular. Todavía recuerdo las boletas que él y la abuela nos mandaban: razones en papeles de cuaderno con su letra cursiva, casi un garabato. Una vez le pregunté qué se acordaba del 9 de abril de 1949. Dijo que no mucho, y lo que se acordaba yo ya lo olvidé. No pude preguntarle si su mundo le causaba indignación o desesperanza, a ver si es normal tener esta desazón y desesperanza por el mío. Pero el abuelo está cansado hace tiempo y por eso no sonríe ya en las fotos. Ya no quiere levantarse ni a orinar. Esta mañana se despertó enfermo. Ya no sale al balcón ni escucha misa en alemán. Desde hace rato se quiere ir, pero está ahí, esperando. Mi mamá me dice que no diga eso, o que no la oigan sus tías —se refiere a las mías, sus hermanas. Lo que le dije es que para la celebración de los cien escribí una carta pensando en no gastarme todas las anécdotas por si me toca pronto escribir el obituario. Pero sobre todo pensé: ojalá Dios se acuerde de él pronto. Escribo del abuelo para decirle que lo queremos y que se puede ir tranquilo. Que lo perdonamos, si es lo que necesita, porque cien años son muchos años y él es un ser humano y no un santo. Por eso tampoco voy a desearle muchos años más, porque me preocupa que su longevidad, con este dolor de espalda, signifique mi longevidad. Pero sobre todo porque la vida no es vida si uno ya no quiere vivir —si ya vivió. Deberíamos aprender a relacionarnos mejor con la muerte. Morir es también un derecho fundamental. Y porque quiero al abuelo. Eso también es el amor. Le digo gracias cerquita al oído, y felices cien, abuelito, para que me escuche mejor.
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El espejo en la calle Por: @catalinafrancor “…estaba sin escudo cara a cara con la existencia y la existencia depende de la belleza. Al final. La existencia no parará hasta que alcance la belleza y entonces ahí seguirá con todas las consecuencias hasta el final”. Anne Carson. Estuve un mes siguiendo el rastro de la belleza en Turquía. Quien conozca ese país sabe que es territorio de gatos. Que los gatos son los dueños de sus calles, pero que eso no los hace abandonados, hambrientos, sucios ni enfermos. Así como en la India uno encuentra pequeñas ofrendas de flores y alimentos en escaleras y entradas, en Turquía se camina entre montoncitos de cuido y vasos de agua. La gente adora a esos animalitos de pintas diversas y los alimenta, los acaricia, les abre sus puertas de manera permanente, así que restaurantes, hoteles, tiendas y casas ven entrar, dormir y salir a su antojo gatitos como la normalidad. Precisamente en las calles, los gatos —y sus cuidadores invisibles— dejan las postales más hermosas: acurrucados y redondos sobre las sillas de las motos, en los techos o las llantas de los carros, en las raíces de los árboles y las estanterías de los bazares… Cada postura y cada montoncito de cuido, cada vaso de agua (nunca derramado), fueron una especie de tregua con la vida. Venden cuido para gato en los sitios más insospechados porque me atrevería a decir que cualquier persona está dispuesta a comprarlo en cualquier momento para proteger a quienes embellecen y llenan de ternura y particularidad su territorio. Lo de siempre: cuánto dice de una sociedad el trato que les da a sus animales. Viajando traté de esconderme de la oscuridad del mundo, de refugiarme en el hallazgo de lo descomunal, que lleva años siendo mi motor. Se filtraron gotas que amenazaron la burbuja, pero la burbuja resistió para sanar un poco antes de regresar. Aun así, al volver, la oscuridad está. Así como la dificultad de hablar porque hoy hacerlo en voz alta es poner el pecho ante la daga. Escribió Anne Carson en un poema: “Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre; tiene que desenrollarse en algún lado (...)”." Tengo un compañero de viaje que es también mi compañero de jardín y de vida. Compartimos los vacíos. A veces leemos en silencio en un sofá, cada uno con la cabeza en una esquina, y él me busca con el pie, lo estira, adapta la planta perfectamente a algún pedacito de mi pierna y ninguno dice nada, pero es un contacto calentito, el silencio tibio del amor, tan urgente. El pie enroscado como los gatos mientras contemplamos los pájaros bañándose en las piscinas que ponemos para ellos. Eso es volver cuando se comparte la vida con alguien que sabe mirar. Me impresionó leer que el cineasta premiado por el famoso documental de cuatro letras teme regresar a su país no tanto por lo que puede hacerle su gobierno, sino sobre todo la propia sociedad. Qué estamos construyendo. Qué mundo para vivir dónde. Escribió Máriam Martínez-Bascuñán que "hay una medida mínima de la decencia de una sociedad, anterior a cualquier ideal de justicia, que la ética política lleva décadas recordándonos y consiste en que sus instituciones no humillen a quienes deberían proteger". Las calles del mundo están llenas de respiración urgida de vida. Hay que posibilitar el encuentro con la belleza en esas calles de la manera más cotidiana, más elemental, y que el reflejo de esa belleza —nuestro espejo— no nos devuelva monstruos, sino ríos que fluyan limpios. Que estemos a la altura de la existencia, que depende de la belleza y no parará hasta alcanzarla.
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En esta sala no queda más na’, dijo Abelardo Por: @salobeyer En el segundo piso del Museo Nacional quedaron colgados los letreros. En la sala “Hacer sociedad” los muros grises conservan la sombra rectangular de lo que estuvo ahí, la red de luces que lo iluminaba, y una ficha técnica que le sigue explicando al visitante qué debería estar mirando. “Esta sala presenta condiciones históricas de organización social y política del país. Hace referencia a procesos de convivencia, resistencia, y reivindicación. Relata casos relacionados con la manera como se ha tejido la sociedad en Colombia.” Y ya no hay diez obras de historia LGBTI y feminista que estaban el lunes. Otra: “Reivindicación de Nación – De la Constitución de 1991 al Proceso de Paz de 2016.” En esa no queda nada de nada. Una bandera del orgullo. Una revista. Un impreso sobre derechos reproductivos. Un afiche de la campaña presidencial de Bernardo Jaramillo Ossa, candidato de la UP asesinado en 1990 por grupos paramilitares en alianza con el Estado. Nada. El Museo Nacional es el más antiguo del país, fundado en 1823, y funciona en el edificio que fue el Panóptico, una cárcel. Sirvió para encerrar gente, y después lo convertimos, juntos, en el lugar donde Colombia guarda lo que decidió recordar. Ayer volvió a su primer oficio. Mientras el presidente Abelardo de la Espriella visitaba el Ministerio de Cultura para anunciar una “contrarrevolución cultural” y una lucha patriótica contra el wokismo, el secretario general del ministerio, Julián Sterling, llegaba al museo con la directora encargada. A La Silla Vacía en su reportaje fuentes internas que pidieron anonimato por miedo a represalias contaron que escogieron a dedo y a puerta cerrada las piezas que saldrían. Odas al terrorismo, dijeron. Quisiera saber cuál de esas piezas disparó un fusil. En qué renglón del impreso sobre anticoncepción estaba la apología al terrorismo. León Zuleta fue asesinado en Medellín en 1993 por ser quien era y por decirlo en voz alta en una ciudad donde eso costaba la vida. Treinta y tres años después, un gobierno lo vuelve a sacar de la historia, pero con destornillador. Y Bernardo Jaramillo no fue victimario de nadie. Fue un candidato presidencial, y antes sindicalista, víctima de un exterminio por el que la Corte Interamericana condenó al Estado. Descolgar ese afiche bajo la bandera de la lucha contra el terrorismo deja ver la verdadera vara: el problema es cualquier memoria que le recuerde al Estado lo que hizo, y a quiénes dejó por fuera. No es casualidad que también haya caído el muro de la Constitución del 91, con el tarjetón de la Séptima Papeleta y la pluma hecha con una bala con la que se firmó el Acuerdo de Paz. Ni que en “Memoria y Nación” se hayan desmontado casi todas las fotos del muro de la diversidad. Esa, nuestra Constitución, es el texto que obliga al Estado a reconocer y proteger la diversidad étnica y cultural de Colombia, y que consagra que mujeres y hombres tienen, en papel, iguales derechos y oportunidades. Todo lo que las mujeres y la población LGBTI hemos conquistado en Colombia tiene ese muro como punto de partida, por lo que quitarlo el mismo día que la bandera del orgullo y el impreso de Sí Mujeres es coherencia ideológica, por más que la vistan de curaduría. Los silencios en la historia no aparecen solos, dijo el antropólogo haitiano Michel-Rolph Trouillot. Alguien los produce, y uno de los momentos en los que se producen es cuando se arma el archivo, cuando alguien decide qué se exhibe y qué no. En Colombia hemos aprendido esa lección a las malas. Las mujeres víctimas del conflicto, por ejemplo, tuvieron que recoger sus propios testimonios, casi mil en el informe La verdad de las mujeres de la Ruta Pacífica, porque nadie más los estaba buscando. Esa memoria, en vez de regalarse por algún gobierno, fue recogida a pulso por aquellas que soñaban con una Colombia en paz, y que ayer fueron sacadas del museo. Admiran mucho a Estados Unidos y a Europa. ¡Tenemos un presidente con nacionalidad gringa e italiana, por Dios bendito! ¡Que sabe hablar inglés! Pero, entre todo lo que tienen esos países, lo más valioso es la memoria histórica, preservada cuidadosamente por manos bastante alejadas del poder presidencial. Archivos de la Guerra Civil digitalizados, con opción de enviar copias en braille por correo, y con pistas en audio que los narran. Así aprenden ellos sobre esclavitud, la Confederación, sobre Lincoln y Davis. O, en Italia, el municipio de Riccione compró la villa de Mussolini para que no terminara en manos de “nostálgicos del fascismo”. Así aprendieron ellos que un estado es un custodio de la memoria; no un dueño. No somos los únicos a quienes les intentan lavar el cerebro. En República Checa el gobierno de Peter Magyar, quien destronó al tirano Orbán, intentó cerrar la “Casa del Terror” hace un mes, un museo recordando las víctimas del totalitarismo. O, en Alemania, un concejo en Heidenau, liderado mayoritariamente por el AfD, prohibió las piedras de tropiezo, que honran a las víctimas del Holocausto en los lugares donde vivieron o trabajaron. La tentación de meterle mano a la memoria no tiene ideología. Sí la tiene cualquiera que llegue al poder convencido de que la historia le pertenece. El presidente dice que va a defender los valores, la tradición familiar y la identidad nacional. ¿De cuál identidad habla? Porque la nación que estaba colgada en esas paredes, la que yo conozco, también tiene lesbianas, mujeres que toman anticonceptivos, militantes de izquierda asesinados por pensar distinto, estudiantes que votaron con una papeleta que no existía. Esa también es la tradición de este país, y también es su familia, aunque no sea la que a él le guste para posar en la foto.
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Lo mejor que me pasó Por: @SantiHenaoC Para escuchar leyendo: Un regalo para Medellín, Varios artistas. Era la cumpleañera más hermosa que yo recordara. Todos, de alguna forma, teníamos que ver con ella, con su celebración y su felicidad. Medellín cumplía 335 años y la Alcaldía nos pedía a cada ciudadano darle un regalo, algo, cualquier cosita es cariño, nos decían a cada rato. Apenas ocho meses antes, la ciudad había organizado los Juegos Suramericanos, como ya lo había hecho con las Asambleas Generales de la OEA y el BID; al año siguiente lo haría con el Mundial de Fútbol Sub-20 y, en un par de años más, con el 7.º Foro Urbano Mundial. Era esa ciudad que le mostraba al planeta su milagro, la de los Cedezos, la de los Parques Biblioteca, la de los jardines infantiles de Buen Comienzo, la de Medellín Solidaria, la que pasó del miedo a la esperanza. Era la Medellín que me llenaba de orgullo, con la que encontré mi propósito de vida: servirle para verla mejor, cada vez mejor. Volvamos a los regalos. Un grupo de cuarenta artistas, representantes de cinco décadas de historia musical, se reunió junto al equipo de la Alcaldía para darle a la ciudad una serenata. Así nació la canción Un regalo para Medellín, lanzada ese 2 de noviembre como broche de oro de la celebración. Entre aquella carta de amor, uno de los pasajes más hermosos le decía a la ciudad ¿Cómo no decir a viva voz que eres lo mejor que me pasó? Y lo que hoy soy te lo debo a vos. Había orgullo, había propósito, había una Medellín que echaba para adelante. ¿Qué nos pasó? Hoy esa cumpleañera luce distinta. La ciudad que me hacía estallar de amor y de orgullo es ahora una preocupación que no se apaga, una ansiedad constante, como la que agobiaba a Gonzalo Arango cuando le hablaba a solas. Basta recorrerla para ver las cuentas pendientes como el plan parcial de Naranjal y el Pabellón del Agua, obras inconclusas que parecen monumentos a la promesa; el río y las quebradas, que siguen esperando soluciones; un centro que se deteriora a la vista de todos; habitantes de calle sin salidas reales; un costo de vida que asfixia y una vivienda cada vez más lejana; la prostitución y el consumo de drogas, que ya no se esconden en las esquinas. Son crisis aplazadas, que crecen en silencio hasta que ya no caben en el discurso. Como esa conversación a solas que uno evita porque sabe lo que va a escuchar, la ciudad nos está hablando y fingimos estar ocupados. Antes nos preguntaban qué regalo le daríamos, y hoy lo que nos pide es atención, ese de quedarse para arreglar lo que se nos rompió a todos. ¿Cierto, ciudad adorada? Por eso quiero cerrar con una invitación. El año que viene, antes de que otro cumpleaños nos pille con las manos vacías, elijamos un propósito para Medellín, uno solo, pero concreto: cuidar una quebrada, acompañar a un habitante de calle, exigir una obra hasta verla terminada, votar con la cabeza fría y la memoria larga. Que no nos toque preguntarnos otra vez qué nos pasó. Mejor responderle a la ciudad, con hechos, que lo que hoy somos todavía se lo podemos deber a ella. ¡Ánimo!
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Oponerse por oponerse Por: @ncalleh El miércoles, durante las marchas convocadas por la oposición, la senadora @JenniferPedraz hizo en la plenaria del Senado una advertencia preocupante: había militares apostados en el techo del Capitolio Nacional, apuntando hacia la plaza de Bolívar, donde se concentraban los manifestantes. Pocos minutos después, el presidente del Senado, @honohenriquez, señaló que la presencia de los uniformados respondía exclusivamente a una solicitud del esquema de seguridad del expresidente Gustavo Petro. Más allá de lo que, a mi juicio, fue una bochornosa intervención de la senadora Pedraza, este episodio revela una debilidad de la oposición colombiana: su dificultad para convertir el descontento en un ejercicio de control político serio, técnico y razonado. Parece más empeñada en propiciar una movilización social similar a la de 2021 que en tramitar con rigor los reparos legítimos que los ciudadanos puedan tener frente al Gobierno. Intervenciones como la de Pedraza, la convocatoria a una marcha a escasos dos meses del inicio del mandato y la insistencia en presentar opiniones como hechos refuerzan una impresión que, lamentablemente, tenía desde antes: la oposición y, en especial, la izquierda colombiana han perdido el rumbo. Se consumen en disputas internas, carecen de un liderazgo claro y muestran poco discernimiento para distinguir qué merece un cuestionamiento y cómo sustentarlo. El gobierno de Abelardo de la Espriella está lejos de ser perfecto y existen razones para cuestionar sus decisiones. Sin embargo, pretender que en dos meses haya resuelto todos los problemas del país es irrisorio. En primer lugar, el presidente no fue elegido con la promesa de resolver de inmediato todos los problemas nacionales. Su discurso y sus propuestas se concentraron principalmente en dos frentes: seguridad y economía, en los que, a mi juicio, ha avanzado en la dirección prometida. Eso no lo exime del escrutinio ni garantiza el éxito de su gestión, pero sí exige evaluar sus actuaciones con criterios claros y plazos razonables. En segundo lugar, los resultados que hoy la oposición presenta como retrocesos atribuibles al Gobierno deben examinarse teniendo en cuenta el tiempo que tardan en manifestarse los efectos de las decisiones económicas y de política pública. No todo lo que ocurre durante un mandato se origina en él. Parte de los problemas actuales puede deberse a decisiones y omisiones del gobierno anterior, cuya gestión esos mismos sectores defendieron con empeño. Atribuirle al nuevo Ejecutivo toda la responsabilidad, sin examinar la herencia recibida, resulta tan poco riguroso como eximirlo de responder por sus propias decisiones. La oposición tiene el derecho y el deber de fiscalizar al poder. Precisamente por eso, debería contrastar datos, sustentar sus denuncias y proponer alternativas. Si quiere invocar las cifras para cuestionar al Gobierno, también debe aceptar que esas mismas cifras sirvan para evaluar su paso por el poder. La memoria política no puede depender de quién ocupe la Presidencia. Hace más de una década, la izquierda colombiana contaba con referentes cuya gestión y labor podían merecer respeto, incluso entre quienes teníamos profundas diferencias ideológicas con ellos. Hoy parece haber reducido su discurso a gritar "me opongo" ante cualquier iniciativa del Gobierno, mientras olvida selectivamente que acaba de ejercer el poder y que debe responder por un balance que sus críticos consideramos lejos de ser favorable. Una oposición seria exige memoria, autocrítica y propuestas. También exige reconocer los aciertos del adversario y asumir los propios errores. Mientras la izquierda tenga que recurrir a las calles y a las protestas como proyecto político, demostrará que no cuenta con argumentos sólidos para sostener sus ideas en la arena democrática.
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¿Ustedes por qué marchan? Por: @Tania_Torres___ Ayer se movilizaron miles de personas en distintas ciudades del país. Una manifestación que, para mí, llegó un poco afanada. No voté por este Gobierno y tampoco he estado de acuerdo con sus anuncios, pero eso no significa que cualquier convocatoria de la oposición me parezca acertada. Entonces pregunto: ¿cuáles son los motivos de la manifestación? Porque, para muchos ciudadanos, no son tan claros. Y encontrarlos me resultó más difícil de lo que debería. Entre las razones están las decisiones del Ministerio del Trabajo de derogar 11 circulares y la intención de modificar otras disposiciones relacionadas con la negociación colectiva, la intermediación laboral y las funciones de los inspectores de trabajo. También están las preocupaciones por un nuevo estatuto del trabajo, la solicitud de aplazamiento de un año para la reforma pensional, las discusiones sobre el salario mínimo vital y el rechazo al estatuto antiterrorista. A esto se suman las advertencias de dirigentes sindicales sobre posibles retrocesos en derechos laborales y sociales. Son asuntos que merecen atención, discusión pública y explicaciones claras. Encontrar estos puntos me pareció un poco arduo. La información aparece dispersa entre declaraciones, comunicados y publicaciones en redes sociales. Por momentos, parece chismorreo político. Me recordó a las movilizaciones de la universidad pública, cuando escribíamos punto por punto los motivos de la manifestación. Tal vez nos hace falta un poco de esa pedagogía: explicar qué está pasando, qué se pretende cambiar, a quiénes afecta y por qué debería importarnos. No basta con decir que los derechos están en peligro; hay que contarle a la gente cuáles son esos derechos, cómo se amenazan y qué se propone hacer para defenderlos. No estoy diciendo que estos asuntos no sean preocupantes. Por supuesto que lo son. Pero una cosa es reconocer que existen amenazas y otra muy distinta es saber cómo responder ante ellas. Esta movilización también parece una reacción anticipada frente a un Gobierno que promete mucho y que apenas comienza a mostrar cómo pretende gobernar. No digo que debamos esperar a que ocurra lo peor para salir a las calles. Digo que la oposición necesita aprender a distinguir entre las batallas que debe dar y las energías que debe reservar. A Gustavo Petro, que hoy vuelve a liderar a la izquierda y parece sentirse muy confiado de las personas que lo siguen, le haría una recomendación: nada está asegurado. Muchos de sus electores ya se lo demostraron cuando la presidencia pasó a manos de un showman. La izquierda necesita una cara, una figura en la que creer y un liderazgo que la convoque. Pero las mejores jugadas no son las que agotan a todo el equipo por no haber planeado la estrategia. Una oposición que sale a las calles por cada anuncio, sin construir una agenda comprensible y sostenida, corre el riesgo de desgastarse antes de que lleguen las batallas más importantes. Las manifestaciones merecen seriedad. No solo por parte de quienes gobiernan, sino también de quienes hacen oposición. La protesta no puede convertirse en el capricho de un líder, en una demostración de fuerza para alimentar su protagonismo ni en un escenario utilizado para empezar a acomodar las fichas de las próximas elecciones territoriales. Si los derechos están en juego, la movilización debe tener razones claras, objetivos concretos y una ciudadanía que entienda por qué está marchando. De lo contrario, terminaremos confundiendo la capacidad de llenar las calles con la capacidad de transformar las cosas. Y mientras discutimos la pertinencia de esta movilización, el Gobierno expidió el Decreto 1525 del 13 de octubre, que modifica el protocolo de actuación de la Policía durante las manifestaciones. Uno de sus cambios establece que, ante hechos de violencia, la intervención individual contra quienes los cometan no tiene que esperar a que termine el diálogo con el conjunto de los manifestantes. Aunque la norma mantiene garantías para quienes protestan pacíficamente, el cambio abre preguntas importantes sobre la intervención policial, la protección de los derechos y las condiciones en las que se decidirá utilizar la fuerza. Que este decreto se expida precisamente en medio de una jornada de movilización resulta, cuando menos, provocador. Y con Abelardo de la Espriella ya conocemos una forma de hacer política que parece apostar por mantener a todo el mundo a la expectativa, mover las emociones y convertir cada decisión en un nuevo motivo de confrontación. No puedo afirmar que el propósito del decreto sea provocar a quienes protestan, pero sí creo que el momento de su expedición y sus implicaciones merecen un debate serio. El derecho a la protesta no puede quedar a merced de la interpretación más conveniente para quien tiene el poder, ni la oposición debería necesitar una provocación para recordar por qué es importante defenderlo. Por eso vuelvo a la pregunta del comienzo: ¿ustedes por qué marchan? Ojalá tengamos respuestas que vayan más allá de una consigna, de la confianza ciega en un dirigente o del rechazo automático a quien piensa distinto. No porque haya que justificar cada derecho que se reclama, sino porque defenderlo exige saber qué está en riesgo y qué estamos dispuestos a hacer para protegerlo. Guardemos energía. No para quedarnos callados ni para mirar hacia otro lado, sino para saber cuándo, por qué y cómo salir a defender lo que importa. Nos quedan años de temor e incertidumbre. Y si la oposición quiere estar a la altura de lo que viene, tendrá que entender que no basta con convocar a la gente: también hay que saber para qué se la convoca.
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Por más y mejores empleos: pensando fuera de la caja Por: @piedadrestrepor El BID promueve reformas en América Latina y el Caribe no solo con base en estudios basados en evidencia sino también entendiendo las restricciones de tipo político que impiden que muchas de ellas puedan salir adelante. En su último informe sobre mercados laborales muestra este proceder y nos habla de las narrativas dañinas que preceden a las reformas de los mercados laborales. Una de las más difundidas es la que ubica en dos extremos el tipo de reforma a realizar: por un lado, las que favorecen a los empleadores, por ejemplo, buscando aumentar las horas laboradas o las que pagan menos los horarios nocturnos y extendidos; de otro lado, las pro trabajador, que, por el contrario, buscan favorecer a estos en desmedro del empleador, con mayores beneficios laborales y extralaborales. Las primeras, supuestamente promueven la eficiencia por encima de la equidad, y las segundas hacen lo contrario. En la práctica, el BID deja claro que estas son dicotomías falsas  y que muchas políticas que aparentemente benefician a una de las partes pueden en realidad beneficiar a todos y producir  mejores  resultados en los mercados laborales. Por ejemplo, reducir los costos de contratación- entiéndase reducir beneficios para los trabajadores-  puede aumentar el empleo y los salarios, mientras que aumentos del salario mínimo pueden terminar favoreciendo el crecimiento económico. Lo interesante de poner las narrativas a jugar un papel en las reformas, es que en la práctica son las primeras las que terminan generando barreras reales para que las transformaciones en estos mercados efectivamente se den. Con base en información recopilada por el @BID se tiene que la región si requiere la adopción de un conjunto de políticas- que van más allá del mercado laboral- que impulsen el aumento de la productividad laboral, es decir, que permitan aumentar cuánto produce en promedio un trabajador en la región. Esa productividad ha estado estancada por décadas y rezagada frente a países desarrollados como  Estados Unidos; así, un trabajador en ese país produce cuatro veces más que un trabajador en América Latina y el Caribe. El ingreso laboral real -descontando el efecto de la inflación-creció menos de un 1% por año en los últimos treinta años. Específicamente, creció un 18%, menos de la mitad de lo alcanzado para el promedio de los países de la @OCDE. El diagnóstico de los mercados laborales en nuestra región muestra que son altamente complejos y segmentados. Una característica esencial en ellos es la alta informalidad- entiéndase como empleados que no aportan a un sistema pensional-. La mayoría del empleo se concentra en empresas pequeñas y de baja productividad. El empleo continúa estando fuertemente concentrado en empresas pequeñas y en sectores caracterizados por una baja productividad. La gran paradoja es que la mayoría de las reformas a los mercados laborales se concentran en los trabajadores formales. Por ejemplo, la última reforma laboral en Colombia concentró esfuerzos en reforzar garantías laborales para los empleados formales: una jornada laboral de menos horas a la semana, extensión del horario nocturno para reconocimiento de horas extras, mayor pago por horarios nocturnos y dominicales, entre otros. Con una productividad laboral estancada y con mercados laborales altamente complejos el desafío de que las economías crezcan a la par que los trabajadores mejoran ostensiblemente sus ingresos, permitiendo mejorar sus condiciones de vida es un desafío que entraña reformas en varios frentes, no solo el laboral.  Pero esta última es esencial y exige desmontar las narrativas que se muestran al inicio para con evidencia poder demostrar sus efectos para todos los trabajadores, las empresas y la economía con una visión no cortoplacista. El reto es muy grande, pero como afirma el BID, el peor escenario es la inacción. Los últimos veinte años han sido más que nada de estancamiento, el cual no le sirve a quienes hoy están más desprotegidos, ganan los menores salarios y tampoco a la economía como un todo. Ver este panorama completo exige un pleno compromiso con los desafíos tanto de crecimiento como de equidad. Que como bien señalan Melendez y Eslava,  equidad y crecimiento no son contradictorios sino codependientes (Nota Macro N, 65.  2026, Uniandes-Fedesarrollo). Salirse de la caja, o de la zona de confort, para pensar en otras formas de acción en el mercado laboral son indispensables. El BID propone varias rutas de acción para cada problema identificado.  Vale la pena que los hacedores de política se tomen en serio estudiar esas y otras formas posibles de reforma. Estamos acostumbrados a defender a ultranza lo que sentimos  o percibimos que funciona, pero usualmente ese “funciona” aplica para los trabajadores formales. No obstante, entre cuatro y cinco trabajadores de cada diez en Latinoamérica y el Caribe trabajan en la informalidad y es allí donde las reformas también deben tratar de irradiar. Lo anterior pasa, si o si, por los costos laborales. Es allí donde radican las apuestas más novedosas del BID. Ejemplos como desligar la atención de salud y su financiamiento de los contratos; la protección a la vejez -vía pensiones- dejarían de estar ligadas a un empleo o a una secuencia de empleos y pasarían a estar asociadas a las personas, con entre otras, una propuesta de subsidio a la vejez universal y, por último, solo la protección ligada directamente al empleo, como la de riesgos inherentes al oficio o trabajo serían financiados con contribuciones obligatorias entre las partes. No son reformas fáciles, pero empezar a poner la discusión en un terreno de posibilidades es ya una ganancia que Colombia debería apropiar a la mayor brevedad.
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Lo que mide el miedo Por: César Herrera De la Hoz Miedo y delito no se mueven al mismo ritmo. En buena parte de América Latina, la sensación de inseguridad en el barrio lleva casi una década bajando, mientras que la victimización apenas ha disminuido. La medición más reciente del AmericasBarometer, de este año, lo confirma. Ese mismo estudio muestra que, en el último ciclo, mejoraron a la vez la percepción de seguridad, la situación económica y la sensación de que los gobiernos responden. El miedo no parece reaccionar solo ante el delito. También es una lectura del estado de la vida cotidiana. Y esa lectura tiene efectos políticos. Quienes están menos expuestos al delito expresan mayor apoyo a la democracia, pero ese apoyo depende de que el gobierno entregue resultados concretos. En varios países, además, amplias mayorías asocian la democracia con un presidente que pueda actuar sin obstáculos. La seguridad se convierte así en una medida de legitimidad, y la paciencia con los contrapesos puede depender de ella. Una explicación frecuente atribuye esa brecha a la distorsión: el miedo se alimentaría de los medios, de las redes y de lo que se comenta, más que de lo vivido. Tiene respaldo parcial. En las encuestas, casi todos se sienten más seguros en su barrio que en su ciudad, y la ciudad se conoce más por lo que se cuenta que por lo que se vive. Pero la distorsión no agota el asunto. Hay una explicación más incómoda. El Estado mide lo que se denuncia, y la mayoría de los delitos no se denuncia. Las riñas, la extorsión, el hurto a personas y los delitos digitales están entre los que más se ocultan. Parte del miedo puede estar midiendo lo que las estadísticas oficiales no alcanzan a captar. Esa lectura tiene consecuencias. Si el miedo se descarta como una simple percepción, la respuesta suele ser más discurso o más dureza. Cuando muchas personas se sienten inseguras, aumenta la presión por resultados visibles y rápidos. Además, quien desconfía de la policía y de la justicia no denuncia. Así el delito sigue sin registrarse y el miedo sigue sin respuesta. Tomar el miedo como información cambia la tarea. Medir la victimización con mayor frecuencia y en mayor detalle a nivel local. Facilitar la denuncia para que lo que hoy no se ve entre en el registro. Y mirar con más atención los lugares donde la gente dice que se siente más expuesta: la vía pública y el transporte público. Cuando los indicadores mejoran y el miedo persiste, la pregunta útil no es por qué la gente no lo cree. Es lo que la gente ve que el indicador no.
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El laberinto Por: @MariantoniaRG Con una aerolínea el recorrido es este. Primero dan una línea de teléfono. Uno llama y le responde una máquina que dice que eso se hace por el chat. El chat manda a la página web. La página no tiene la opción que uno necesita, pero sí ofrece una salida: llamar a la línea telefónica. La misma del principio. Se da la vuelta completa y se termina donde se empezó, solo que más molesto. Y no es cosa de una empresa. Por mis responsabilidades familiares y laborales “me comunico” con bots de aerolíneas, de telecomunicaciones, de EPS, de IPS, de aseguradoras y en todos pasa más o menos lo mismo. Sirven para lo que casi nunca se necesita y, si la duda se sale del menú, es imposible encontrar solución por ese medio. Escribir "asesor" casi nunca funciona. Tampoco "persona", "humano" o "quiero hablar con alguien". El bot responde con las mismas cuatro opciones y pregunta si pudo ayudar. Se sale de ahí más por rabia o por agotamiento que por haber resuelto lo que uno vino a resolver. Con las entidades de salud es peor, porque lo que está en riesgo puede ser la vida. No sé cómo hacen los adultos mayores. Para pedir una cita o la medicina del mes, por ejemplo, hay que moverse entre menús, aplicaciones, claves y líneas que no contestan. Esos canales no son amables. Piden una destreza digital y una paciencia que no todo el mundo tiene y menos quien está enfermo. Que se trabe un trámite de una aerolínea es una molestia. Que se trabe la entrega de un medicamento es otra cosa. Cada empresa decidió invertir en esto. Busca “optimizar”, que es lo mismo que gastar menos. Pero esa cuenta no desaparece, la paga otro. La pago yo, en tiempo, explicando lo mismo tres veces, volviendo a llamar, esperando por horas una respuesta, o haciendo lo que finalmente toca, que es desplazarse hasta la oficina de la empresa a ver quién soluciona. Y ahí, otro problema: muchos asesores no están formados en atención, a veces son despectivos o, supongo, también están cansados. Ellos mismos tienen que recurrir a un formato o a un bot para dar una mediana solución. Y, entonces, estamos de nuevo en el laberinto. A la tecnología no le tengo mala voluntad. Un bot que resuelve lo básico y pasa a una persona cuando no puede es una buena idea. Lo que me parece indefendible es usarlo para que uno desista. Me temo que así lo miden: si el sistema "contuvo" al cliente, cuenta como éxito, aunque el cliente se haya ido sin respuesta. Los casos que no se parecen a ningún otro son los que más importan, porque ahí se ve si hay servicio o no. Ahí hace falta una persona que lea, entienda, traduzca y se haga cargo de lo que la empresa prometió. Todo lo demás lo puede hacer una máquina. Me sigue pareciendo absurdo que haya que pedir que a uno lo atienda un humano. Y más absurdo que, una vez logrado ese hito, el humano no esté en disposición de servicio. ¿Es mucho pedir o es lo mínimo?
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Una alianza por el sur global Por: @samuel_sarriaa El mundo que construimos es fruto del esfuerzo y de las diversas verdades que juntamos para estructurar una utopía permeada por nuestras propias imperfecciones. Hoy por hoy, tal como lo reflexiona Francis Fukuyama al estudiar la crisis del liberalismo, las nociones de cooperativismo, institucionalismo y el sueño de naciones caminando juntas persisten bajo una sombrilla agujereada de promesas incumplidas, tretas y pantallas mediáticas que abogan por la idea de sostener una humanidad equitativa. Pero es la idea, no la decisión. De tantos mártires que cayeron en el sueño de la autodeterminación de los pueblos, permanece una realidad: desde el sur del Mediterráneo hasta el cabo de las Agujas, y desde Mexicali hasta la isla de los Estados, la dependencia persiste. Siglos de conquista y subordinación, traducidos con el paso del tiempo a cooperación, ayudas y créditos internacionales, nos recuerdan que las relaciones entre las naciones no se construyen necesariamente entre iguales. La ley del más fuerte no siempre requiere de la fuerza. A veces basta con determinar las condiciones bajo las cuales los demás pueden participar, comerciar, financiarse y desarrollarse. La zanahoria y el garrote han adquirido nuevas formas. Ya no se trata únicamente del poder que somete, sino también de aquel que persuade; de las invitaciones simbólicas, las promesas de retribución, los reconocimientos y la posibilidad de conectar al mundo mediante relaciones que, aunque acercan a las naciones, no siempre distribuyen equitativamente sus beneficios. El problema no es la cooperación internacional, sino la desigualdad de condiciones bajo las cuales cooperamos. América Latina y el Caribe exportan al mundo cientos de miles de millones de dólares en materias primas. En 2023, estas representaron cerca del 32 % de las exportaciones regionales de mercancías. África, por su parte, registró en 2025 una participación de los productos primarios cercana al 77 % de sus exportaciones de mercancías, según UNCTAD. Dos realidades geográficas distintas, atravesadas por una pregunta semejante: ¿cuánto de la riqueza que sale de nuestros territorios se transforma en capacidades productivas, conocimiento e industria dentro de ellos? No se trata de desconocer la importancia del comercio internacional, ni de asumir que exportar recursos naturales constituye, por sí mismo, una condena económica. Se trata de reconocer que, cuando una región depende excesivamente de la venta de bienes primarios, mientras otros concentran mayores capacidades tecnológicas, industriales y financieras, las posibilidades de capturar el valor de esa riqueza no son necesariamente las mismas. La abundancia de recursos no garantiza el desarrollo, así como la inserción en los mercados internacionales no asegura, por sí sola, una distribución equitativa de sus beneficios. Y es allí donde las distancias comienzan a acortarse. América Latina, África y Asia no comparten una misma historia, ni responden a una sola realidad política o económica. Pero coinciden en ciertos retos: la necesidad de diversificar sus economías, fortalecer sus capacidades científicas, garantizar la seguridad alimentaria, financiar la transición energética y generar oportunidades para una población joven que no puede seguir esperando que el desarrollo llegue como una promesa importada. Las dificultades son compartidas, aunque sus manifestaciones sean distintas; y si los desafíos atraviesan fronteras, ¿por qué las respuestas habrían de construirse exclusivamente dentro de ellas? Una alianza por el sur global no significa levantar nuevas fronteras ideológicas, sustituir unas dependencias por otras o dividir al mundo entre adversarios irreconciliables. Significa entender que la cooperación también puede construirse desde nuestras propias capacidades. Que podemos intercambiar conocimiento, fortalecer cadenas regionales de valor, desarrollar infraestructura, ampliar nuestros mercados y establecer mecanismos de financiación que respondan a las necesidades de nuestros territorios. Que nuestra riqueza no tiene por qué limitarse a aquello que podemos extraer de la tierra, sino que también puede expresarse en aquello que somos capaces de producir, transformar e imaginar. Tampoco significa desconocer las instituciones que hoy articulan el sistema internacional. Significa preguntarnos cómo hacerlas más representativas, cómo equilibrar las condiciones de negociación y cómo conseguir que las decisiones sobre el futuro de nuestras economías no se tomen sin la participación efectiva de quienes asumirán sus consecuencias. La autonomía no se construye mediante el aislamiento, sino mediante la capacidad de relacionarnos con el mundo sin renunciar a determinar nuestro propio rumbo. Porque el sur global no necesita convertirse en un bloque uniforme para encontrar intereses comunes. Necesita reconocer que la cooperación entre sus pueblos puede ser una herramienta para ampliar sus posibilidades de desarrollo, fortalecer sus instituciones y construir alternativas allí donde las respuestas tradicionales han resultado insuficientes. Al final, la autodeterminación no consiste en dejar de caminar con los demás, sino en poder decidir hacia dónde caminamos. Y si durante siglos hemos intentado construir un mundo en el que las naciones puedan encontrarse bajo principios de igualdad, quizá ha llegado el momento de preguntarnos algo más elemental: ¿cómo podemos hablar de cooperación entre los pueblos si todavía no hemos conseguido cooperar entre iguales?
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¡Pogo! Por: @Martinposadam Se baila con o sin lluvia. El círculo se abre a la fuerza y se espera el momento preciso. Una guitarra como un aullido, como un llamado, como una campana. El círculo se convierte en huracán cuando la escucha. ¡A saltar! Patada va, patada viene. Brazos también se revolean. Alguien cae y otro alguien extraño, por completo ajeno, lo levanta. ¿Está bien?, pregunta y quien se levanta, todavía aferrado a la mano amiga, sonríe y continúa. A ambos los empujan y todo sigue. Hijueputa va, hijueputa viene. Gritos y risas. Risas y gritos. «¡Vamos! ¡Metámonos! ¿Por qué no unirse?», le pregunto. Si alguien no puede seguir, se lo evacúa, el círculo conoce, respeta y admite las salidas de emergencia para quien necesite un respiro (como los Protocolos de Ginebra, pero mejor). Es una burla a la guerra. Ahí nadie gana pero todos luchan. La causa es la música, las banderas se arrugan. Todos siguen hasta que cesen la guitarra, el bajo, la batería. Golpes se admiten, de eso se trata. Es un baile apretado, hecho de fuerza (como un abrazo). Es un tornado entre montañas que celebra el milagro de sobrevivir los golpes. «¡Vamos! ¿Qué te asusta?», le insisto. La canción se acaba. Los grupos se han diluido entre tanta gente. Queda una masa difusa, visión borrosa y aire agitado. No importa. Después de esto, quienquiera que esté al lado es un alguien sin nombre al que abrazo con la euforia propia del miedo derrotado: adrenalina hecha piel. Otra canción empieza y el círculo vuelve a formarse. Ahí van de nuevo. ¿Qué hace Winnie Pooh acá?, alguien pregunta y Winnie lo empuja para que se deje llevar. «Nunca hemos estado afuera», me responde.
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¿Qué mundo estamos dejando? Por: @danysernam Ahorramos, planeamos, hacemos cuentas y tratamos de tomar mejores decisiones pensando en el futuro. Sin embargo, no nos estamos deteniendo a mirar el mundo que estamos dejando para quienes van a tener que vivir en él después de nosotros. En 1950 el mundo producía cerca de dos millones de toneladas de plástico al año. En 2019 ya eran 460 millones: 230 veces más. Y de todos los residuos plásticos de ese año, apenas el 9 % fue reciclado. También compramos más ropa, desperdiciamos más comida y necesitamos cada vez más energía para sostener la forma en que vivimos. Las ventas de comercio electrónico crecieron casi un 60 % entre 2016 y 2022. Entre 2000 y 2015, la producción de prendas se duplicó, mientras que la cantidad de veces que utilizábamos cada una antes de desecharla cayó un 36 %. Plataformas como SHEIN y Temu llevan esa lógica al extremo, con precios bajos y novedades constantes que nos invitan a comprar cada vez más, incluso cuando no necesitamos lo que estamos adquiriendo. Detrás hay fábricas, transporte, energía y montañas de residuos. El problema no es una compra puntual: es un modelo que necesita producir y vender siempre más, mientras nosotros nos acostumbramos a consumir sin preguntarnos la real necesidad. En 2022 se desperdiciaron 1.050 millones de toneladas de alimentos en hogares, restaurantes y comercios: una quinta parte de lo disponible para los consumidores. Ese desperdicio genera entre el 8 % y el 10 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Cada alimento que termina en la basura desperdició también el agua, el suelo, la energía y el trabajo que se usaron para producirlo y transportarlo. Cuando multiplicamos todas estas decisiones por miles de millones de personas, produciendo más, usando más energía y generando más residuos, liberamos más gases de efecto invernadero que se acumulan en la atmósfera y calientan el planeta. Las emisiones mundiales de CO₂ de la energía pasaron de unos 17.000 millones de toneladas anuales hace 50 años a más de 37.800 millones en 2024. Más del doble. Ahora se suma la inteligencia artificial: los centros de datos necesitan cantidades enormes de electricidad y agua para funcionar y refrigerarse. La Agencia Internacional de Energía estima que su consumo eléctrico podría pasar de 485 teravatios-hora en 2025 a 950 en 2030: nuevamente, el doble. La inteligencia artificial es solo un ejemplo de algo más amplio. La tecnología avanza a ritmos que nos cuesta incluso asimilar, pero también necesita infraestructura, energía y recursos físicos. Nuestro modelo de producción y consumo alimenta las emisiones que calientan el planeta. Las consecuencias ya las vemos en los fenómenos climáticos extremos que afectan a comunidades enteras. Y cuanto más vulnerable es el territorio, más graves pueden ser las consecuencias. Naciones Unidas advierte que, con las políticas climáticas actuales, el mundo se dirige hacia un calentamiento cercano a los 2,8 °C en este siglo. Esto implica que tendremos olas de calor, lluvias extremas, inundaciones y sequías; más presión sobre el agua y la producción de alimentos; daños a los ecosistemas y comunidades obligadas a adaptarse o desplazarse. Nos hemos acostumbrado a hablar de conciencia ambiental en términos de reciclar, cerrar la llave y llevar una bolsa reutilizable. Pero más allá del deseo, ¿verdaderamente estamos cambiando hábitos? Y suponiendo que sí, ¿alcanza para responder a un problema que también depende de cómo producimos, de qué energía usamos y de los incentivos que mueven la economía? En Colombia, según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida de 2024, solo el 40,6 % de los hogares dijo clasificar sus residuos. El Departamento Nacional de Planeación informó en enero de 2025 que se aprovechaba únicamente el 16,9 % de los residuos sólidos del país. También necesitamos gobiernos capaces de tomar estas decisiones en serio y darles el peso que merecen. Al final, todo vuelve a una pregunta que nos hacemos en otros ámbitos de la vida: ¿qué queremos dejarles a quienes vienen después de nosotros? Trabajamos para darles educación, ahorramos y construimos un patrimonio pensando en que tengan un futuro mejor. Pero ¿de qué sirve prepararlos para ese futuro si no nos preocupamos también por el mundo en el que tendrán que vivir? No sabemos cuántos años nos quedan a cada uno. Lo que sí sabemos es que nuestras decisiones tienen consecuencias que van más allá de nuestra propia vida. Parte de la comodidad que disfrutamos hoy puede terminar siendo un costo para quienes no participaron en las decisiones que la hicieron posible.
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Las empresas que solemos llamar partidos políticos Por: @Juanmigo08 Desde hace meses he querido consolidar mi identidad partidaria en el país donde ejerzo mi cotidianidad política. Creo que eso hace parte del resultado de tener una larga trayectoria de discusiones internas, de enfrentamientos propios y de dilemas éticos a los que, de a poco, he ido encontrando acercamientos. No creo que exista ningún partido, así como no existe ninguna ideología, con lo que se pueda comulgar a ojos cerrados. Ni creando un partido propio se puede llegar a ese nivel de absolutismo identitario. Tampoco creo que llegar a esa respuesta sea una de las grandes preguntas que todo ser humano se debe responder antes de morir, como fantasean a menudo mis colegas de profesión con todo lo que incluya en una misma frase “posición” y “política”. Volviendo a lo anecdótico, he encontrado que esa misión es absolutamente inviable en Colombia. La política electoral es espantosamente personalista —en época de campaña uno ve una caras sonrientes con camisa blanca hasta en la sopa—, y el número de partidos es tan grande que no es de extrañar que en esto el Consejo Nacional Electoral le otorgue personería jurídica al “Partido Alopécico Colombiano”, basado eso sí, en una heróica acción afirmativa contra una población históricamente marginada y violentada. Pero más allá de eso, hay algo todavía peor dentro del sistema de partidos: su rampante clientelismo y constante incoherencia dogmática. En Colombia tenemos un partido liberal que en nada defiende los principios liberales, un partido conservador que se levanta un día con ganas de ser ambientalista, otro día progresista y al otro aleluyo, un partido verde que lo único verde que le gusta son los billetes, y así un largo etcétera. Tenemos partidos que no defienden principios, banderas o programas. Defienden, ante todo, rentas: políticas, económicas, clientelares. Tal como si fueran empresas electorales, pasando elección tras elección subastando avales y vendiendo apoyos. El espíritu democrático en ese sentido ha quedado desvirtuado. No se puede estar en desacuerdo con los principios de un partido cuando ni siquiera tienen principios. No hay margen de consenso ni pluralismo que sea posible porque no hay intención de concertación sino de transacción. A este paso me resultaría hasta tranquilizador terminar dentro de un partido completamente opuesto en términos programáticos con tal de poder hablar de ideas.
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La insólita alianza Por: @palaciotamayo Hay un aforismo certero “hay gente tan pobre que lo único que tiene es plata”. Y es por eso que cada uno tiene la libertad de hacer su propia definición de riqueza. Yo entiendo a quienes se limitan a hacerlo de acuerdo al número de ceros que tenga su cuenta bancaria; como también a quien la entiende como la posibilidad de vivir sin preocupaciones. Con lo que difiero es que se pretenda —como lo han querido hacer los fanfarrones— que el Estado adopte su definición privada de riqueza y que, como no lo hace, merece ser declarado el blanco de la ‘batalla cultural’. Pretender que el Estado trabaje bajo la lógica exclusiva del capital —y no del bienestar— es como pretender que todos nos persignemos con el signo pesos. El papa León XIV lo mencionó recientemente desde París: ‘se deben sumar fuerzas con el Estado al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello’. ¿Lo verdadero es el dinero?¿Lo verdadero es el mercado de capitales?¿Lo verdadero es el Bitcoin? Reconozco en los fanfarrones algo de inteligencia y creo que es bienvenida la conversación de un Estado más eficiente. Eso también se ha visto atravesado por temas que he expuesto en esta misma columna: no es posible que se destine presupuesto público a la refacción de un estadio, sobre todo cuando estamos en medio de una crisis de vivienda que sí merece la inversión pública, como bien lo dijo el concejal y profesor Luis Guillermo Vélez. Creo, como lo hacía Rawls, que la libertad formal es una abstracción inútil si no va acompañada de las condiciones materiales para ejercerla. Pedirle al Estado que adopte la visión fiscalista de la riqueza equivale a exigirle al árbitro que juegue a favor de los futbolistas que tienen guayos, en lugar de garantizar una cancha nivelada para todos; incluso para quienes arrancan jugando descalzos. Por eso, considero que deberíamos hablar de valor público que es todo aquello que la ciudadanía considera valioso y equitativo, allí están los resultados sociales sostenibles como la reducción de la pobreza, la reducción de algunas morbilidades, las mejores condiciones ambientales y de calidad de vida e, incluso, el fortalecimiento del tejido democrático. Me alegró que, a partir de mi columna anterior, se reconociera que sí hay generación de valor a partir de las acciones del Estado. Por ejemplo, la construcción de un metro en una ciudad se debe hacer generalmente con recursos públicos porque la tarifa difícilmente cubre su desarrollo y operación; pero esa inversión está cubriendo en el tiempo externalidades negativas con un impacto colectivo. Tan es así que una decisión como estas puede cambiar el valor del suelo y convertir de un día para otro en rico a un particular. Ahí hay riqueza en términos de billetes; pero también debería haber justicia. Lo que no deja de extrañarme es por qué terminaron alineados con los tolondros. Si ellos representan el pasado y su único mérito es fanfarronear con un futuro de papel, esa alianza no parece una muestra de inteligencia.
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