Pepito: «Disculpe, señor. ¿Podría hacerse pasar por mi papá durante cinco minutos?»
Levanté la mirada de mi café, desconcertado.
Yo: «¿Perdón?»
El pequeño tendría unos diez años. Vestía el uniforme de su escuela y llevaba una mochila que parecía pesar más que él.
Pepito: «Se lo ruego. Mi maestra está a punto de llegar y necesito que me ayude.»
Antes de que pudiera preguntarle qué estaba pasando, una mujer de unos treinta años entró apresuradamente al café y lo reconoció.
Mujer: «¡Pepito! ¡Llevo buscándote por todas partes!»
El niño se ocultó rápidamente detrás de mi silla.
Me levanté, sin entender nada.
Yo: «Disculpe, ¿usted conoce al niño?»
Mujer: «Sí, lamentablemente. Soy su maestra. Debería estar en la escuela ahora mismo.»
Pepito me sujetó de la manga.
Pepito: «¡Por favor, no deje que me lleve de vuelta!»
La mujer soltó un suspiro de frustración.
Maestra: «Se escapó durante el descanso del almuerzo. Sus padres están trabajando y llevo una hora intentando comunicarme con ellos.»
Miré al pequeño.
Yo: «Pepito, ¿por qué huiste de la escuela?»
Bajó la cabeza y comenzó a jugar nerviosamente con los dedos.
Pepito: «Porque mañana tengo que hablar delante de toda la escuela y no soy capaz de hacerlo.»
Miré a su maestra, sorprendido.
Yo: «¿Te escapaste por tener que dar un discurso?»
Maestra: «Llevamos dos semanas preparándolo. Cada vez que le toca hablar delante de sus compañeros, se bloquea.»
En ese momento, Pepito levantó la cabeza y me miró fijamente.
Pepito: «Usted no lo entiende. Si me equivoco, todos se van a burlar de mí.»
Aparté la silla que tenía a mi lado.
Yo: «Entonces hagamos algo. Quiero escuchar lo que tienes preparado.»
Su maestra me observó con curiosidad.
Pepito abrió lentamente su mochila y sacó una hoja de papel arrugada.
Cuando leí la primera frase, mi sonrisa desapareció.