En Cuba, el castrismo te robó hasta el alma. Eso está ampliamente documentado.
Y aunque es cierto que mucha gente se la desquitó robándole al Estado, también es cierto que el mayor robo era de cubano a cubano. Uno en el piso queriendo joder a otro más en el piso.
A nadie le importaba, era sálvese quien pueda.
Lo mismo te vendían cajetillas de cigarros llenas de poliespuma, sacos de cemento rellenos con piedras, aceite de avión como aceite comestible... las barbaridades son interminables. Hay que ser muy hijo de puta para hacerle eso a otro cubano.
Robarle al Estado se convirtió en una moda, un estilo de vida, un modus operandi, una diversión, un propósito diario. La dictadura te arrancó el alma, pero el robo sigue siendo robo, y es por ello que la sociedad cubana está deshecha, sin patrones ni valores, sin límites ni civilidad. Y es por eso que escuchas los casos de una bandita de cubanos en los Estados Unidos robando aguacates, robando palomas, robando gasolina.
El ADN del robo lo replican en las sociedades libres y llenas de oportunidades. A la dictadura cubana, toda la culpa que le toca, pero al cubano ladrón, miserable y mala gente, sobre todo contra otros paisanos, no se le puede aplaudir su delincuencia disfrazada de revancha contra el sistema. Las cosas como son.