Han sido semanas muy difíciles para todos los venezolanos.
Vivo afuera desde hace años, pero estaba en Caracas para el cumpleaños de mi hermano cuando, el día anterior, ocurrieron los terremotos.
Por fortuna, mi familia y yo estamos bien. El daño fue psicológico, no físico. Nunca había estado tan consciente de lo afortunada que soy de estar viva y tener a los míos bien.
Ver el nivel de tragedia y saber que todo lo que intentamos hacer para ayudar será poco en comparación, es doloroso.
Ver mi ciudad llena de refugios, de personas que lo perdieron todo y edificios caídos, saber que La Guaira, que me ha dado tantos recuerdos hermosos, mi lugar favorito para aterrizar, para pasar días en familia, sufrió tanto, es demoledor.
Y aun así, no puedo dejar de sentirme orgullosa de ser venezolana. No hay amigo cercano que no se haya levantado a ayudar: donando dinero, siendo voluntario, aportando como puede.
Dentro de toda la incertidumbre, lo único que sé es que somos gente muy buena. Gente que no va a dejar que La Guaira sea olvidada, que no va a dejar que el país se quede en ruinas.
La esperanza me la da mi gente, porque dentro o afuera del país, no abandonamos a los nuestros.