Hay algo profundamente triste en la vida que casi nunca pensamos: la mayoría de las últimas veces llegan sin avisar.
Un día tu madre te cogerá de la mano por última vez. Y probablemente ninguno de los dos será consciente de ello.
Un día saldrás de casa de tus abuelos después de una comida familiar. Te despedirás con un beso, como tantas otras veces. Sin imaginar que aquella sería la última sobremesa juntos.
Un día jugarás por última vez con ese amigo de la infancia con el que pasabas tardes enteras. No habrá una despedida. Simplemente, la vida os llevará por caminos diferentes y ninguno sabrá que aquella tarde terminó una etapa que jamás volvería.
Un día tu hijo dejará de pedirte que lo cojas en brazos. Y tú, que tantas veces estabas cansado, no recordarás cuál fue la última vez que lo levantaste del suelo.
Un día alguien te abrazará por última vez. Alguien te dirá «te quiero» por última vez. Alguien se sentará a tu lado por última vez.
Un día hablarás por última vez con esa persona que tanto te gusta. Te contará cómo le ha ido el día, os reiréis de alguna tontería y volverás a casa pensando en lo feliz que te hace alguien que ni siquiera imagina cuánto significa para ti. No sabrás que aquella fue la última vez que buscaste una excusa para verla, que escuchaste esa risa que tanto te gusta o que te ilusionaste al ver su nombre en el móvil. Y quizá nunca llegue a saber que, mientras para ella eran momentos normales de su vida, tú estabas guardando recuerdos que jamás olvidarás.
Y lo más desconcertante es que casi nunca sabemos que estamos viviendo un momento que algún día echaremos de menos.
Nos pasamos la vida esperando.
Esperando al viernes. A las vacaciones. A terminar los estudios. A conseguir un trabajo mejor. A tener más dinero. A que llegue alguien. A que las cosas cambien.
Siempre parece que la vida de verdad empezará un poco más adelante.
Y mientras esperamos, la vida está ocurriendo.
Está ocurriendo cuando tu madre te pregunta si has comido. Cuando tu abuelo te cuenta por tercera vez la misma historia. Cuando un amigo te escribe simplemente para saber cómo estás. Cuando alguien que te quiere te pide cinco minutos de tu tiempo.
Esos momentos que hoy parecen insignificantes serán, probablemente, los recuerdos por los que mañana daríamos todo lo que tenemos.
Por eso, llama a tus padres. Escucha a tus abuelos, aunque repitan sus historias. Abraza a tus amigos. Haz esa visita que llevas meses posponiendo. Perdona cuando puedas. Di «te quiero» aunque te dé vergüenza.
Y, sobre todo, no trates como una molestia aquello que algún día podrías echar terriblemente de menos.
Hay una frase del Evangelio que encierra una verdad inmensa: «Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).
Quizá nuestros verdaderos tesoros no sean las cosas que tanto nos esforzamos por conseguir, sino esas personas a las que a veces dedicamos las sobras de nuestro tiempo.
Dios nos ha regalado algo extraordinario: la posibilidad de amar hoy a quienes tenemos cerca.
No sabemos cuántos mañanas nos quedan juntos.
Pero sí sabemos que hoy todavía podemos llamar, escuchar, abrazar, acompañar y querer.
Que nunca tengamos que perder a alguien para comprender lo afortunados que éramos de tenerlo.
Y que, cuando llegue la última vez, aunque no sepamos reconocerla, al menos nos quede la paz de haber amado todo lo que pudimos.